
CARACAS.—A las ocho de la mañana de cualquier día del siglo XVIII, la céntrica plaza San Jacinto, de esta ciudad, debía ser un hervidero de personas y rumores de comerciantes, esclavos, soldados, caballos y carretas.
Con el alboroto urbano, no era posible que en la calle se escuchara el llanto del niño que nacía a esa misma hora del jueves 24 de julio —según testimonio de su hermano Juan Vicente—, en una de las portentosas casas mantuanas situadas en el corazón de la capital venezolana. Sin embargo, con aquel alumbramiento, la historia ya sabía que el 1783 era uno de esos años que se dan una vez por centuria.
De origen vasco, la familia Bolívar tenía una presencia de dos siglos en Venezuela, y dentro de la provincia ostentaba una altísima posición económica y social. El dueño de la mansión era el coronel don Juan Vicente Bolívar, que junto a su esposa doña María de la Concepción Palacios, tenían propiedades en la misma Caracas, La Guaira y los Valles de Aragua.
Por tanto, era de oro sólido la cuna en que naciera el cuarto de los hermanos, quien, por ser encomendado a la figura religiosa del retablo en la capilla de la casa, fue bautizado seis días después con el nombre de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad de Bolívar Palacios y Blanco.
Si hasta la naturaleza se desgarra en su interior cuando tiene estos partos de gigantes, doña María Concepción no sufrió menos. Tan delicada quedó, que no pudo siquiera amamantar al pequeño, por lo que ordenaron traer de la finca San Mateo, allá en Aragua, una esclava para dar el pecho al niño Simón: la muy querida negra Hipólita, considerada por Bolívar su segunda madre.
Sin embargo, un hecho muy curioso en torno al natalicio permite enaltecer el orgullo de los cubanos que pronto lo adoraron, hasta hoy. Y es que por tres meses, mientras llegaba a Caracas la negra, el bebé se alimentó del pecho de Inés Mancebo de Miyares, una cubana casada con un alto funcionario de la corona, que vivía justo al lado de la mansión de los Bolívar. Fue entonces antillana la primera savia que dio vitalidad al libertador de América, al padre de seis naciones, al héroe que lloró José Martí.
Versiones corridas con el tiempo, alegan que fueron otros sitios donde nació Simón Bolívar. Unos dicen que en Capaya, en los altos mirandinos (relativo a Miranda, hoy un estado que circunvala, de este a oeste por el sur, al distrito capital); otros que en la propia finca San Mateo, cerca de Maracay, en Aragua.
“Pero esto no es posible”, confirma a Granma el profesor Carlos Rodríguez, director de la Biblioteca Simón Rodríguez, de la Sociedad Bolivariana de Venezuela.
“Un viaje por cualquiera de las dos rutas, en las condiciones de la época, de caminos casi intransitables y sobre el lomo de caballos, mulas o el entablado de carretas, hubiera demorado hasta Caracas varias semanas.
“Sin embargo, la fe de bautismo indica que el sagrado sacramento aconteció el 30 de julio, apenas seis días después del nacimiento, en la propia catedral de la ciudad, a media cuadra de la casa; por lo cual ni les hubiera dado tiempo estar aquí para esa fecha, ni el estado de salud en que quedó la madre le habría permitido emprender tal travesía.”
EL NIÑO ADELANTADO
Por mucho que se investigue, ni el linaje, ni la educación, ni los valores que aprendió de los mejores hombres de su época, habrían sido suficientes para forjar las cualidades de redentor y figura ecuménica que fue Simón Bolívar. Algún extracto natural de alma impoluta, ingenio formidable y fuerza de titán, tuvo que acrisolar aquel humano, pequeño de estatura para tanta virtud. (Estudios anatómicos revelan que El Libertador medía entre 1.62 y 1.65 metros de alto)
“Simón era demasiado pequeño para entender casi como un pecado cualquier relación de afecto de un mantuano (clase alta) con los esclavos”, narra el profesor Carlos Rodríguez.
“Sorprendido una vez por su madre, mientras jugaba con los hijos de los negros de la mansión, fue castigado con el encierro en la habitación donde María Concepción coleccionaba sus preciadas aves vivas.
“Acompañado en el cuarto por el haya Matea, Bolívar rompe el silencio y le espeta: ‘Mi haya, si yo hice algo y por ese algo fui castigado; ¿por qué ellos, que no han hecho nada, tienen que estar encerrados?’, y abrió una por una las jaulas, liberando todos los pájaros.”
Pero como no hay vocación de libertad sin compañía de lo rebelde, también tuvo ocasión de demostrar su intransigencia temprana.
“Cuentan que una vez, sentados a la mesa para almorzar, el pequeño Simón no paraba de hablar mientras todos los discípulos del licenciado Sáenz, incluidos los hermanos Bolívar, los niños de las familias Ribas, Mendoza y otras que recibían lecciones en la casona, deglutían la comida.
“El maestro lo interrumpe, ordenándole ‘cerrar la boca un rato’, y cuando al final observa que el niño no había probado bocado, lo interpela, recibiendo la más lógica de las respuestas: ‘¿Cómo quiere que coma si usted mismo me mandó a cerrar la boca?’. Ese era el niño Simón”, apunta Carlos.
Con la infancia va descollando, incluso entre los hermanos mayores —María Antonia, Juana Nepomucena y Juan Vicente— pero nunca podrá apaciguar el ímpetu rebelde, acentuado por los golpes del crecer sin padre —fallecido cuando aún no cumplía tres años—, el encariñamiento casi filial con la negra Hipólita y la pérdida final de su madre, a los nueve de edad.
Al cuidado, primero del abuelo materno y luego del tío sesentón Carlos Palacios, el niño Simón huye de casa y busca amparo donde la hermana María Antonia y su esposo. Regresado por la fuerza, repite la fuga al día siguiente, y es cuando el tío, a sabiendas del espíritu indomable, lo encomienda a Simón Rodríguez mediante dictado notarial.
Con su maestro encuentra el cauce a tanto ímpetu, rebeldía y humanidad. Es este quien lo pone en el camino de la sabiduría, a partir del estudio de lo más relevante del pensamiento universal y la interpretación de la realidad. Rodríguez hizo brotar y abonó con su fértil pedagogía la semilla del niño que fue luego el gran libertador de América.
Se separan por ocho años, y al reencuentro en Europa, consolidan una amistad compartida en lecturas, conversaciones y viajes, que Bolívar sella sobre la cúspide del Monte Sacro romano en 1805, cuando, parado frente al maestro entrañable, sentencia: ¡Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por la Patria, juro por mi honor, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta no ver rotas las cadenas que oprimen a mi pueblo por voluntad de los poderosos!
Para ese punto, nada quedaba de la inocencia del niño, y empezaba todo el capítulo del luchador.
Justo en aquel lugar de Roma, donde la civilización presume de sus inicios, la historia, cual deidad grecolatina, tomó cuerpo de hombre y asintió con la cabeza su certeza.
El juramento fue una confirmación de que aquel jueves de parto, en julio 24, había nacido un hombre gigante, de esos que la naturaleza ofrece al mundo una vez por centuria.
*Con referencias del artículo, Simón Bolívar, El Libertador, de Manuel Pérez Vila, de la Sociedad Bolivariana de Venezuela













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Sergio D. Hdez Lima dijo:
1
24 de julio de 2015
05:47:09
Carlos Colón dijo:
2
24 de julio de 2015
06:58:12
TITA dijo:
3
24 de julio de 2015
15:22:24
Francisco dijo:
4
26 de julio de 2015
00:55:28
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