GUASDUALITO, Apure, Venezuela.—El diluvio es una historia mística universal contada en muchísimos idiomas. A pesar de las creencias, de las inconexiones geográficas, de las separaciones del tiempo, todas las culturas tienen al menos una versión del pasaje bíblico.
Ninguna, sin embargo, cuenta los días siguientes más allá de la barca y de la repoblación. Ninguna, por ejemplo, habla de hombres de blanco, como santos, que salieron a sanar y a refundar la vida donde el agua hizo daño, empujados por el sentimiento suficiente de la hermandad.
Guasdualito, una ciudad pequeña al borde occidental de Venezuela, está viviendo hace 11 días su propio episodio diluviano. De las montañas del Táchira bajaron aguas que la inundaron completa, empujando su gente a la supervivencia; pero pocos días después, bajó un torrente distinto que también la inundó: la avalancha de hombres y mujeres de blanco.
Los médicos cubanos no son santos, pero llevan consigo la carga natural de una bondad parecida. Cuando empezaron las aguas, 12 de ellos ya estaban.
Y, a la vez que ponían a resguardo la vida y los recursos, no dejaron de ser lo que hasta entonces: los doctores del pueblo.
Enseguida llegaron otros, 25 primero, de municipios vecinos del estado; luego una oleada de más de cien que se tomó la urbe por asalto.
Cualquier nombre les sirve, son los médicos cubanos: no importa si se llaman Yoel, Gabriel, Elizabeth o Yunier; todos son parte de la misma historia que se escribe en Guasdualito, a pesar de las aguas.
Ahora mismo, la ciudad parece que emerge, que se escurre de un hundimiento largo. Las paredes de las casas que ya salieron a flote muestran las marcas de la parte sumergida; mientras la gente vuelve donde el paso lo permite, porque en los terrenos bajos hay espejos tremendos de un agua putrefacta que aumentan los peligros.
Los cubanos conocen bien esos riesgos y aprendieron aquí de otros menos familiares. Conocen, por ejemplo, que hay caldo de cultivo para una epidemia grande, pero saben también cómo evitarla si el tiempo no se pierde. Por eso no esperaron a que las aguas secaran, y salieron antes a frenar el peligro.
LA REALIDAD
“Esto me parece familiar”, bromea Yunier González, mientras surca en canoa el lago poco profundo que en el barrio Limoncito aún tapa las calles.
Es médico en la Ciénaga de Zapata y ha visto el cieno, “pero no las culebras venenosas que abundan en estos lares, esto sí es nuevo”.
Con Yunier van la doctora bayamesa Elizabeth Sánchez y Alipsong Guerra, un neurólogo avezado que para esos días colgó la bata de especialista y se puso la de médico integral: “Me encanta la asistencia primaria, el trabajo en directo con la gente, aquí me siento extraordinariamente útil”.
Entre los tres atienden las casas de la calle que navegan, donde hay familias enteras que no fueron al refugio. Una a una las consultan, chequean los niños, revisan cada lesión, un asomo de fiebre, el más mínimo dolor.
“Poco ha pasado para el riesgo que se corre con tanta agua estancada. Lo importante ahora son las medidas de higiene que se tomen para evitar males mayores; para eso también estamos aquí”, apunta Elizabeth.
El mosquito es el riesgo mayor y contra él las medidas primeras. Ponen abate en cada depósito de agua y no se cansan de repetir, casa por casa, las providencias sanitarias que es preciso adoptar.
A la par de la pesquisa en canoa, sucede otra a pie, donde el agua cedió. Los manzanilleros Yoel Guerra y Yusbel Ballester saltaron a tierra para montar su consulta en la primera casa que les abrió.
Una pléyade de madres con sus niños salen al instante, “a atenderse con los cubanos, que vinieron a ayudarnos”, repiten, y la voz corre como pólvora en el vecindario. La calle afuera es puro fango, y la sala, con los pacientes, de pronto estará igual; “pero no importa, se limpia, la bendición es que ustedes estén aquí”, aclara Carmen, la dueña del hogar.
“Hemos visto lo que esperábamos; muchas lesiones de la piel, gripe, diarreas, debido a la humedad y la descomposición”, explica Yoel, mientras receta medicamentos que ellos mismos cargan y ofrecen, sin otro pago que las gracias recurrentes.
EL PREMIO
En este instante, la escena del barrio Limoncito se repite en todo Guasdualito, a veces con más agua, a veces con menos; algunos en canoa, en camionetas, en autobuses, a pie. Un ejército de jóvenes doctores y enfermeros aborda cualquier lugar donde haya gente, que se acerca, pregunta y se deja atender.
Unas 49 000 personas habitan la ciudad y de ellos 40 000 sufrieron la inundación. Las cifras dicen entonces que los muchachos de la isla caribeña van haciendo allí una obra colosal, pues casi 20 000 ya pasaron por sus manos, sea en los refugios, en consultorios, en tiendas de campaña, en sus propios hogares.
Cuando las aguas se hayan ido, todos aquí hablarán de los cubanos, incluso quien por su edad no guarde la memoria de estos días, como el niño que les nació entre las manos a Gabriel Hernández y Lisbet Sánchez, de guardia en las horas duras de la crecida.
Tanto al obstetra holguinero como a la joven intensivista tunera, la historia del parto y el agradecimiento familiar ya se les hizo el recuerdo mejor de Guasdualito, y como ellos, cada cubano aquí se marchará con el suyo.
Será el premio mayor que de Apure se lleven, este y la gratitud, pues la solidaridad no procura otros saldos cuando es sincera.















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Armando Ruiz dijo:
1
10 de julio de 2015
08:40:59
Vladimir Tenia dijo:
2
10 de julio de 2015
20:01:45
Hilda dijo:
3
11 de julio de 2015
11:21:19
Carmen Flores Canjura dijo:
4
11 de julio de 2015
19:42:59
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