CARACAS.—No se puede pasar por alto la lección. La conciencia de los pueblos también madura, y hay termómetros que dicen mucho del crecimiento político al interior de ellos.
El de Venezuela, definitivamente, ha crecido en su conciencia, en su madurez política, y este domingo dio quizás la demostración más alta de lo que quiere para su futuro.
El Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) puso en manos de la gente la facultad de escoger sus candidatos a la disputa por el Parlamento, y más de tres millones respondieron con su voto, como el que dice: yo quiero decidir quien hable por mí, quien me defienda, quien firme en nombre mío las leyes justas.
Nunca antes las elecciones internas dentro de una misma corriente política habían pesado tanto en el concierto social de la nación sudamericana, tal vez porque tampoco se habían puesto con tal desenfado y transparencia a consideración de la mayoría; pero en Venezuela, el chavismo en el poder ha dado suficientes evidencias de que para ellos la democracia no es una figuración, sino un ejercicio, y el empeño de practicarlo con creciente frecuencia y puntería, tiene frutos elocuentes.
Las personas ya no están ciegas, ni la ignorancia política tiene aquí suficiente presencia como para no advertir que la convocatoria del Gobierno revolucionario es sincera, que se pueden palpar, medir físicamente las opciones que les da a la gente de participar en la construcción del modelo socialista que propone.
Este fue el razonamiento: Como partido tenemos el mismo fin, y nuestros representantes deberán hablar el mismo idioma; pero aun dentro del mismo idioma hay quien lo habla mejor, porque vive en la comunidad que lo elige, la camina, conoce sus problemas. Entonces desde la base habrá que proponerlos, y después, de todos ellos, escogerlos por sufragio individual.
Eso fue lo que pasó este domingo: escogidos antes por el pueblo de los 335 municipios del país —únicamente pautados por la norma incluyente e inédita de la mitad mujeres, y en la misma proporción menores de 30 años— los 1 162 precandidatos contendieron entre sí.
Pero es recomendable apreciar el éxito “histórico y extraordinario de la jornada” —subrayó Maduro que el resultado superó con creces cualquier elección primaria celebrada en el pasado— en dos miradas.
Hacia adentro, la mayor evidencia de madurez política fue palpable en los colegios, donde la gente, a pesar de optar por un candidato u otro, superó el sectarismo con la causa común de la izquierda, y a viva voz manifestó que si el suyo no ganaba, se afiliaría sin condiciones al triunfador.
Hacia afuera, la lección más colosal: muy pocos apostaron ciegamente a una victoria de tal magnitud, y ni la afinidad, la simpatía, o la militancia misma podrían convencer a priori de que un triunfo así sería posible, dadas las circunstancias adversas del clima cotidiano actual.
De un lado, una guerra económica promovida por la oligarquía nacional y alentada desde el exterior, que con las trampas del desabastecimiento y la especulación, fomentan el descontento ciudadano por medio del golpe sensible al modelo tradicional de consumo del venezolano.
Por otro, la efectos desmovilizadores que supuestamente podrían cobrar, en parte de los chavistas, la ausencia física del Comandante Eterno.
Al final, ni lo uno ni lo otro pesaron en la decisión popular de participar masivamente. ¿Cuántas lecturas pueden hacerse?
Primero: que el PSUV se consolida en su prestigio como la fuerza política creíble, incluyente, de verdadera ascendencia popular y por tanto, de mayor convocatoria en el clima social del país; líder dentro de la coalición revolucionaria que enfrentará a la opción derechista en la disputa por el Poder Legislativo, en diciembre venidero.
Segundo: que el legado de Chávez y la obra de transformación social liderada por la Revolución Bolivariana hace casi 17 años, han echado raíces en la conciencia popular e influyen, de manera real y determinante, en la actitud participativa y de respaldo al llamado del gobierno actual.
Tercero: que la escasez de productos básicos, el encarecimiento de bienes y servicios, así como el influjo psicológico de estos fenómenos artificiales y de la guerra mediática voraz por parte de la columna opositora, no han podido subvertir la afiliación política de la mayoría del pueblo, ni enturbiar su claridad meridiana sobre quiénes tienen la verdadera culpa de la adversa coyuntura nacional.
Cuarto: que la representatividad política demostrada en las elecciones primarias del PSUV ofrecen un anticipo del triunfo posible del chavismo en los siguientes comicios parlamentarios, a fin de ocupar la mayor parte de los 167 escaños de la Asamblea Nacional.
Por lo pronto, en tanto llega la fecha decisiva de la contienda, la derecha oligárquica y exclusivista, representada en la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD), delata con demasiada ingenuidad sus flaquezas políticas; al menos en los modos singulares de plantearse la democracia, vociferar sus propuestas y luego reaccionar a las demostraciones chavistas.
Primero monta el teatro de unas primarias en solo 33 circuitos —de los 87 que tiene el país—, anunciando una presunta cantidad de votos obtenidos que, solo en esos circuitos, el PSUV superó en apenas hora y media de sufragio dominical.
A 45 días, todavía no dice el nombre de sus “ilustres” nominados a dedo, quienes debieron abonar, cada uno, 150 000 bolívares por la candidatura. El PSUV anunció sus ganadores —libres de pago alguno— a seguidas del cierre de las urnas.
Luego las reacciones furibundas, que los hunden en el descrédito y la impotencia: que el PSUV cambió los votos por carne, que forzaron la asistencia de los funcionarios públicos, y hasta que la promoción de las mujeres era una franca deformación social y un síntoma agudo de “el miedo del gobierno”.
Lo cierto es que la jornada del domingo sorprendió para bien, y permitió un asomo visible a lo que podría ser la disputa de diciembre, gústele o no a la oposición revolcada.
Eso sí, deberá correr a cambiarse el eslogan electorero que reza: “Por un país sin colas”, con el cual apela a las filas de personas en los comercios, debido a las carencias que ella misma promueve.
El domingo hubo colas larguísimas para votar. De esas, la derecha no quiere saber. El eslogan ahora suena demasiado a desespero.















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