ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
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Foto: Tropic Air

San Salvador.–Dicen los lugareños que el motivo escultural que «acuña» con más arraigo el nombre de esta ciudad es el Monumento al Divino Salvador del Mundo, que en un pedestal de cuatro caras con dos cruces a relieve, muestra a Cristo sobre un globo terráqueo.

No hay riesgo en aventurarse a asegurar que, en la carrera por permanecer en el imaginario popular, esa escultura aprovechó su visibilidad para imponerse, pues ni la fecha de su inauguración (1942) ni su móvil primigenio (coronar la tumba de un expresidente de la nación) ayudan a asociarla directamente con los milagros del Santo Salvador que, desesperadamente, ha implorado muchas veces el pueblo cuscatleco ante el impacto frecuente de desastres naturales: terremotos, ciclones, deslaves…

Sin embargo, sí está claro que la profunda fe de una población muy religiosa la ha ayudado a superar las heridas hondas que tantas veces algún meteoro abrió en la piel del país y, más que eso, sorprende la buena vibra con que, en la recomposición tras la tragedia, contagia de optimismo incluso a quienes la observan.

De esta admirable resolución salvadoreña, es muy interesante que las memorias de los Juegos Centroamericanos y del Caribe guarden testimonio, con evidencias en dos de las tres ocasiones en que han organizado este evento deportivo regional; la primera, con el pueblo como refundador de sí mismo, luego de una tragedia puntual, y después como valiente «salvador» de una tradición que corrió el riesgo serio de suspenderse, al menos por un lapso sin precedentes.

Al cabo de la segunda edición de los entonces llamados Juegos Deportivos Centroamericanos, realizados en La Habana, del 15 de marzo al 5 de abril de 1930, en la propia capital cubana fue escogido San Salvador como sede de la cita que debía acontecer en 1934.

Sin embargo, el 7 de junio de ese año, el azote de un ciclón generó uno de esos terribles flujos de lodo, (denominados lahares), que arrastró rocas y escombros sobre la quebrada de El Amate Blanco, causa de grandes perjuicios y muertes entre la población de Tepetitán, en el departamento de San Vicente, vecino de la urbe capital.

Atravesados por la tragedia, los salvadoreños no renunciaron a acoger los Juegos, por lo cual solicitaron mover la fecha de competencias para el periodo entre el 16 de marzo y el 5 de abril de 1935.

Al cabo de cinco años de la cita en La Habana, San Salvador sería anfitrión de la edición que bautizó el nombre actual del evento plurinacional: Juegos Centroamericanos y del Caribe.

Coincidentemente, un nuevo alargamiento, de cinco años, y también provocado por una calamidad –la pandemia de la COVID-19–, volvería a preceder la condición de sede de la ciudad cuscatleca, aunque esta vez empoderada de todo el alto timbre de su nombre; pues con más optimismo que condiciones, las autoridades del país dijeron ¡nosotros!, y acudieron a salvar el certamen, cuando Panamá declinó.

En apenas un año y medio, un titánico esfuerzo puso a punto lo mínimo indispensable para que hoy Centroamérica y el Caribe tengan cita aquí; por supuesto, a fin de competir y confraternizar, pero también para reverenciar la lección de perseverancia que El Salvador ha dejado.

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