
San Salvador.–Que el deporte convoque a una fiesta multinacional en los límites del Caribe y el área de Centroamérica, independientemente de la nación que sea sede, siempre ha sido una garantía adelantada de que la fraternidad se cuente entre los más laureados campeones.
La vecindad geográfica de tierras, mares y climas compartidos; del mismo idioma predominante –que no lengua materna, porque hay muchísimas aquí verdaderamente madres, raigales, que no vinieron de Europa sobre el filo del sable–; del maíz como el oro que no se excarva en la tierra, porque brota de ella; de los dioses guerreros, tan parecidos entre sí; del espíritu telúrico y volcánico de esta franja tropical; del itsmo y de la insularidad… ofrece a esta región maravillosa un catauro de códigos comunes que le hace fácil convocarse para eventos como estos.
Tal vez por esas razones, al parecer más sanguíneas que históricas, es que los Juegos Centroamericanos y del Caribe han podido sostener, por casi un siglo, la condición de ser, en la era moderna, el concilio deportivo regional vigente con la más añeja edad. Por encima de las diferencias, la cita deportiva se ha hecho respetar; ha prevalecido, incluso, como puente entre los pueblos, que es exactamente lo que pasa cuando el competidor que vence estrecha la mano del vencido, sin exigirle siquiera que le repita el nombre.
Que dos de tierras distintas se hagan amigos, son semillas de dos pueblos que pueden serlo también.
Ahora mismo, para que fuese realidad la edición 24 que comienza en tres días, El Salvador se ha elevado por encima del volcán insignia que corona su ciudad capital.
La desoladora enfermedad que se hizo pandemia desencadenó otros padeceres para el mundo, más graves, por supuesto, para nuestros pequeños países, y esa herida en el costado que es una economía aún sin recuperarse forzó la renuncia de la sede panameña, cuando el tiempo que restaba para la fecha pactada decía que reorganizarlo todo sería, cuando menos, una aspiración imposible.
Pues eso exactamente procuró El Salvador, cuando levantó la voz sobre el silencio estupefacto de la naciones del área: realizar lo imposible.
¿Qué está pasando hoy? ¿Cuál es el saldo de su resolución? Al Aeropuerto Internacional San Óscar Arnulfo Romero, de San Salvador, ya van llegando las delegaciones deportivas, y en el avance hacia la ciudad pareciera que uno va entrando en un óleo, al pie de un volcán de fondo.
No hay poesía en la parábola, sí olor a pintura fresca y a hormigón todavía en fragua, de los trabajos que aún se ejecutan a toda prisa en varias instalaciones; pero lo cierto es que los Juegos Centroamericanos y del Caribe, gracias a ese empeño, volverán por sus fueros otra vez.
El Salvador se propuso un imposible… y lo va haciendo.





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