Que nos molestan los apagones. Claro que nos molestan. Que criticamos y tenemos opiniones acerca de todas las cosas mal hechas, eso es cierto. Que blasfemamos cada vez que vamos al mercado o a una Mipyme y nos espetan a la cara un precio muy alejado de las posibilidades de nuestro menguado salario, quién lo duda.
Aunque llevamos muchísimos años resistiendo las muchas carencias que entorpecen el normal desenvolvimiento de la vida; hechos motivados por una guerra que pretende cortarnos hasta el aire que respiramos, además de los errores cometidos en la conducción de nuestra economía, lo cierto es que estos últimos días han puesto a prueba, como pocas veces, nuestra capacidad de resistencia.
No contar con fluido eléctrico durante 30, 40 ó 50 horas, y en algunos lugares un poco más; tener que cocinar, para que no se echara a perder, el pedacito de carne adquirido a un precio elevadísimo; vernos obligados a recurrir después de muchos años, al carbón o a la leña para poder garantizar el sustento de la familia, o no disponer de una gota de agua en el hogar para solventar las necesidades básicas, es algo muy duro, capaz de ablandarle las piernas a cualquiera, menos a los cubanos.
Ante tales adversidades, a las cuales se unió la llegada inoportuna de un huracán a la zona oriental, que agravó aún más la situación, hubo desespero, lógicas tensiones y tal vez hasta algunas lágrimas de impotencia. Sin embargo, no fue eso lo que más se observó y aun se manifiesta en todas partes, si no las muestras de solidaridad entre los vecinos y amigos.
Conmueve ver a los que tienen una mejor situación, brindando el poquito de arroz, azúcar o el platanito, a los más vulnerables; o facilitándole la pastilla de la presión a la ancianita que vive sola en el vecindario. Reconfortaba saber que no faltó el buchito de café a quien no lo tenía o el huequito en la nevera, para aquel que necesitaba guardar el pedacito de pollo para el enfermo que tenía en casa.
También las instituciones estatales demostraron que no son insensibles cuando se les convoca ante una contingencia. Aquellas que disponían de electricidad abrieron sus puertas a la comunidad para que pudieran cargar los celulares; mientras otras elaboraron y vendieron miles de raciones de alimentos a precios módicos en los barrios y zonas más vulnerables. No importa si era croqueta, una yuca con mojo o una caldosa, lo importante era ayudar, y se hizo; como también, se confeccionó el pan nuestro de cada día, con leña o con lo que fuera a cualquier hora del día o de la noche.
Ahora, cuando se conoce los cuantiosos daños causados por Oscar en Guantánamo, una ola de solidaridad comienza a gestarse para ayudar a quienes lo han perdido casi todo. Ropa, zapato, aseo, comida. Todo vale en esta hora en que Cuba entera está a disposición de San Antonio del Sur, Imías y otros lugares afectados.
Razón tiene mi vecino, quien a pesar de no tener mucho que aportar, fue de los que más ayudó a los más desprotegidos del barrio en las horas más críticas, a quienes le expresaba una frase capaz de encerrar la grandeza de un pueblo que no se deja vencer por las adversidades: Arriba caballero, que esto es Cuba.







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alfredo dijo:
1
30 de octubre de 2024
06:46:55
pbruzon Respondió:
31 de octubre de 2024
12:09:45
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