ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
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A Cachón la sonrisa no se le va de la cara, porque la casa ya está arriba de nuevo. Foto: Pedro Pablo Chaviano

Santa Isabel, Guamá, Santiago de Cuba. –Uno se pone a mirar un jardín sobre las nueve de la mañana, a los pocos días del paso de un ciclón, y se pregunta dónde diablos atinan a esconderse las mariposas cuando el mundo parece que se va a acabar.

Y como las mariposas, la gente, que después de los vientos y del desastre, sale viva, sale… y empieza a hacer lo suyo, probablemente lo de siempre, más o menos lo de siempre, con tanta normalidad, sin tanto sobresalto a la vista, que transmite calma y angustia al mismo tiempo.

¿Qué tienen las mariposas que, después del ciclón, no están llorando? ¿Adónde vuelan a pasar la noche? ¿Qué hoja seca les quebró una pata? ¿A qué primo devoró un lagarto? ¿Les temen más a los niños que al viento?

Uno está al borde de la Sierra Maestra, y lo que escucha no son historias felices ni tristemente redondas; sino historias de gente, de sus vidas incompletas y en curso.

Gente que no conoció a su madre hasta los 18 años; gente que no pudo ponerle su apellido a un hijo; cuentos de amor que se terminan con un teléfono contra la piedra; hijos que, aseguran brujeros, llevan al diablo encima; las casas a medio terminar por cualquier cosa: la falta de materiales un día, la falta de dinero al otro o un arranque de orgullo al siguiente; el chisme rastrero que le jode en tres segundos la existencia a cualquiera.

Son los huracanes cotidianos, a veces categoría cinco, a veces meras tormentas, a veces ventoleras del norte con llovizna fina, que hacen a las mariposas de acá curtir sus alas, entender en carne propia la crudeza de empezar todo de nuevo en sus disímiles variantes, saber de memoria bajo qué piedra del monte es seguro ir a llorar…

Por eso, cuando parece que se va a acabar el mundo, la gente sabe, a dolor de golpes viejos, que el mundo en realidad nunca se acaba, o que quizá se acaba todos los días, un poquito todos los días, pero para quien se muere; pues morirse, según los viejos, es la única desgracia que no tiene remedio desde que la Tierra gira.

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En su pedazo de tierra a media loma, entre el Caribe y la Sierra, Héctor y Milayda han vivido de todo. Foto: Pedro Pablo Chaviano

Si hubiera tenido otra infancia, dice Milayda, a lo mejor no se hubiera casado a los 15 años. «A mí me criaron mis abuelos y nunca fui la niña linda. Crecí recogiendo café y limones por las lomas para ayudar en la casa y los 15 nunca me los celebraron. Me casé temprano para que los viejos, a los que les debo todo y quise como a nadie, no me siguieran dando golpes. Pero, cuando me fui, dejaron de darme trompadas mis abuelos y me las empezó a dar mi marido».

Al poco tiempo vino el parto, el primer niño, el divorcio, ser madre casi sola, nuevos maridos, nuevos golpes; 20 años más y otro hijo, el divorcio, ser madre casi sola otra vez, los juzgados para que al menos la pensión…, nuevos maridos, porque la soledad suele ser bastante insoportable, nuevos golpes; hasta que llegó Héctor, quien, dice Milayda, resulta la mejor persona que ha tenido al lado en sus 55 años.

A Héctor lo conoció en una funeraria como diez años atrás. «Es que yo no como nada dentro de un velorio», explica ella.

–Compañero, ¿me puede aguantar esta cartera para salir a comer algo?

«Y de ahí pa’ allá… cada vez que me veía era una seña distinta. Yo me enamoré, así que lo dejé todo y todo lo empecé con él, en la casita esta que ahora el ciclón descolocó por completo y que antes ni era casa, sino unos cuarticos de madera que mi hijo mayor ya había levantado».

Héctor la amplió, la hizo casa. Con sus propias manos comenzó a hacer ladrillos de barro y con sus propias manos también comenzó a levantar muros unos metros más adelante, que los años han dejado hasta el encofre, en espera del techo, aguardando en el tal vez mañana.

En este pedazo de tierra a media loma, entre el Caribe y la Sierra, Héctor y Milayda han vivido de todo: la esperanza de una finca en usufructo, montaña arriba, para levantar un poco; el niño que crece ante los ojos y de pronto ya no es niño; la mula que se vende para comprar un teléfono; la burra que se roban; el burro que le da una patada en la cabeza a la nietecita que empieza a dar sus primeros pasos y la desesperación porque no abre los ojos, la agitación del cuerpo diminuto para arriba y para abajo y el ¡despierta, niña!, ¡despierta, coño!, y el llanto de la niña y mira qué raro como el llanto de un niño a veces significa vida; y el pobre burro cogiendo luego los palos de Héctor, y Héctor con la cara desfigurada por el llanto y por el susto de que el santo burro casi le acaba con el mundo. Y la burrita naciendo y llegando a los pocos días a pie desde El Cobre, donde también trabajan una tierra.

Y ahora Héctor quiere regresar a su natal Guisa para arrancar otra vez con la tierra más o menos nueva, con otra casa cerca del padre viejo, con esa manía de estar volviendo siempre adonde todo empieza, que es la manía de resetear los mundos que se viven. Para allá, a empezar también casi de cero, se irá con él Milayda.

***

A Cachón casi se le acaba el mundo hace 11 años, cuando tuvieron que quitarle un riñón, y ahora por poco se le acaba con Melissa, porque la casa se les vino encima a él y a su compañera, al punto de que amanecieron guarecidos bajo la cama, que al fin y al cabo lo aguantó todo. En la madrugada, del susto, la mujer quería salir corriendo.

–No salgas, vieja, que está volando todo, que se está acabando el mundo.

–¡Déjame saliiiir!

–¿Adónde vas a ir, mujer?

–¡No sééé!

Pocos días después, ya tiene la casa levantada completa, como hace 40 años, cuando la hizo desde cero cortando palos con una sierra de aire: «¡A pulmón, papá!». En el proceso por poco se le vuelve a terminar la existencia, porque clavando tejas, rodó y cayó del techo.

Tiene 76 años y una sonrisa que no se le va de la cara, porque la casa ya está arriba de nuevo y el machete ahora en la mano, para ver cómo levanta el platanal, aunque sea a tajazos. «No hay miedo. Y no me voy pa’ ningún lado. Este es mi mundo, papá», y se sigue riendo.

Su cuñado está cerca, velando en el patio a unos gallos finos, y dice que el mundo casi se le acaba cuando hace poco le mataron una yegua de carreras que era su vida y que, a la nalgada, y al grito de ¡Dayamíííí!, quemaba con las patas el trillo.

Su otro cuñado, Ramón, nos lleva a su casa, que el ciclón también dejó quebrada. Habrá que creerle cuando, con sus 77 años en la carcasa, dice que esto va nuevo, pero hay que esperar a menguante para cortar madera, porque si la cortas con la luna nueva se pudre y se la come rápido el comején. «Vamos a levantar hasta la mata de frutabomba».

A Ramón, Héctor se lo quiere llevar a sembrar para las lomas y Ramón quiere irse a eso, porque su padre le enseñó que no se puede pasar hambre, menos cuando la tierra está ahí. También quiere armar una casita nueva para la yegua que tiene ahora, para cuidarla más, «porque a mí me gusta salir en ella como un pepillo y darme un trago».

***

No son exactamente dramas inconsolables, sino parte de la vida de las mariposas que uno ve y no sabe lo que están pensando, lo que pasan, de dónde vienen, qué les queda; como uno mismo, que un día está aquí y otro está allá, y al siguiente aquí de nuevo, víctima, como las mariposas, de los subibajas de algo tan complejo, doloroso, sublime e impredecible como la existencia.

Y cuidado con la cronología de los desconsuelos, que no hay tristeza que se pegue a la cabeza como pena eterna y bien lo conocen Héctor y Milayda, Cachón y sus cuñados, lo conocen las mariposas, lo conoce uno: antes, durante y después del vino agrio, todos sabemos darnos el tiempo para amar y, en la medida de nuestras dignidades, ser felices.

Y nuestras felicidades son tan complejas, profundas e insondables como los dolores de ocasión. Es parte de la belleza de nuestras alas y de la extrañeza de nuestros cuerpos.

Por eso viene un ciclón, uno de tantos, nos destruye lo que nos pueda; pero si no nos mata –otra vez no nos mata–, agárrate vida, que la Tierra sigue.

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