
Apenas unas horas han transcurrido desde la confiscación de los tres barcos que se encontraban en el puerto de Fernandina, en la Florida, listos para zarpar hacia Cuba, con armas y pertrechos de guerra a bordo. José Martí analiza, en una desagradable y crítica reunión, en el hotel Travellers, en Jacksonville –donde se oculta bajo un falso nombre, junto a Mayía Rodríguez, Enrique Collazo y otros patriotas– los últimos movimientos de la expedición, para tratar de determinar con certeza cómo había llegado a las autoridades estadounidenses esa información.
El Delegado tomaba precauciones en sus actividades diarias, cambiaba de nombre, enviaba mensajes en la clave que él mismo había creado. Algunas veces se ocultaba varios días, y no descuidaba en mantener la discreción y la desconfianza.
Todo parecía indicar –aunque no se supo con certeza–, que el origen de la tragedia ocurrió por una serie de indiscreciones, de violaciones de la seguridad a la hora de transportar armamentos, y a otros incidentes de carácter doloso, además de cobardía, que involucraba al coronel Fernando López de Queralta, quien tenía responsabilidades en los preparativos de la expedición.
Habían sido casi tres años de arduo trabajo clandestino para recaudar los fondos con los que adquirir el lote de equipos bélicos, en medio del acoso de los agentes federales de la ciudad neoyorkina y de los espías españoles.
No todo se perdió. Una parte de la carga pudo salvarse y resguardarse. Cuando los inmigrantes cubanos se enteraron con detalles de esta operación clandestina para llevar a Cuba la expedición, conocieron que el principal responsable de reunir todo el dinero para comprar las armas, casi centavo a centavo, y de mantenerlas ocultas; de organizarlo todo en el más absoluto secreto, era José Martí; el literato, el poeta, el orador, el soñador.
En Cuba, Juan Gualberto Gómez reconoció que, después de Fernandina, no era posible demorar más la Revolución. En Costa Rica, el Mayor General Antonio Maceo estaba impaciente por iniciar la lucha.
El 29 de enero de 1895, en el más riguroso sigilo, Martí se reúne en Nueva York, en la casa de Gonzalo de Quesada, con José María Rodríguez (Mayía), en representación del General Máximo Gómez; Enrique Collazo, a nombre de la Junta Revolucionaria de La Habana, y Gonzalo de Quesada, como secretario.
Martí presidió aquella tensa reunión en la que, probablemente, se tocara otra vez el delicado tema del revés de Fernandina. Lo que no podían perder los patriotas cubanos era la fe en la Revolución y en su victoria. Por eso el Apóstol, luego de evaluar la situación en Cuba, apoyó la idea de continuar con los preparativos del levantamiento, del reinicio de la guerra independentista.
El Delegado propone y se acuerda redactar la Orden de Alzamiento, dirigida a Juan Gualberto Gómez, así como otras para enviarlas a los jefes de Las Villas, Camagüey y Oriente. Con el propósito de llevar la guerra a toda la Isla, se especifica en el documento que el alzamiento es simultáneo, es decir, en todas las regiones que lo puedan efectuar:
«I.—Se autoriza el alzamiento simultáneo, o con la mayor simultaneidad posible, de las regiones comprometidas, para la fecha en que la conjunción con la acción del exterior será ya fácil y favorable, que es durante la segunda quincena, no antes, del mes de febrero.»
Los reunidos firman los documentos y encargan a Juan Gualberto que se los haga llegar a los involucrados, y que fije la fecha del levantamiento.
Juan Gualberto recibió en Cuba los ejemplares de la Orden en los primeros días del mes de febrero, de manos del tabaquero Juan de Dios Barrios, quien había viajado desde la Florida, para llevárselos.
Para esa fecha, ya las autoridades españolas conocían que en Cuba se produciría un levantamiento armado. Conocían el santo, pero no las señas de por dónde ocurriría, tal y como lo muestran estos mensajes:
«16 de enero de 1895
«Del Capitán General
«Al: Gobernador Regional de Santiago de Cuba
«Ministro de Ultramar en cablegrama de anoche, dice que el ministro en Washington habla de inminente movimiento separatista de la región oriental. Encargue a las autoridades suprema vigilancia y diga urgentemente por telégrafo el fundamento que pueda tener tan alarmante noticia para contestar al ministro».
Ese telegrama estaba cifrado, y la contestación del Gobernador regional fue la siguiente:
«Desconozco el fundamento que pueda tener la noticia del ministro en Washington al ministro de Ultramar, referencia a inminente movimiento separatista en Oriente, porque en esta noticia, según mis informes, sólo existe un malestar general por la crisis económica, la lentitud en resolver el proyecto de reformas, pero como ciertos elementos aprovechan el malestar para propaganda, no cabe asegurar que el movimiento, en cualquier otro punto de la isla, deje de tener eco, aunque en pequeñas proporciones».
En tanto, Juan Gualberto, para darle cumplimiento a lo que se indicaba en la Orden, de escoger una fecha para iniciar el levantamiento, se reunió en La Habana con Julio Sanguily, José María Aguirre, y los doctores Antonio López Coloma y Pedro Betancourt. Luego de un riguroso análisis, decidieron que la fecha más conveniente sería la del domingo 24 de febrero.

Inmediatamente, partió el doctor Pedro Betancourt para Remedios, donde le entregó al General Francisco Carrillo la Orden. Juan Tranquilino Latapier la llevó a Santiago de Cuba y a Manzanillo, entregándoselas a los generales Guillermo Moncada y Bartolomé Masó, respectivamente.
A Salvador Cisneros Betancourt, en Camagüey, Juan Gualberto le avisó por otro conducto, y con la clave que ellos utilizaban para comunicarse.
Cuando llegó el día señalado para el alzamiento, el General Carrillo no lo hizo. Alegó que tenía instrucciones de Gómez de no hacerlo hasta que él no llegara a Cuba. Ese mismo día fue detenido en Remedios. Cisneros Betancourt respondió que no tenía condiciones para hacerlo el día acordado, pero que lo apoyaría cuando se efectuase. A Pinar del Río, la Orden no llegó a tiempo.
Aunque el alzamiento no se produjo de acuerdo con lo planificado, fue simultáneo. En cerca de 35 localidades de la Isla los patriotas se levantaron en armas. El éxito solo se logró en la provincia oriental, con los Generales Guillermo Moncada y Bartolomé Masó.
Se nombra erróneamente este alzamiento como Grito de Baire, pero los que se levantaron en armas allí no fueron los primeros en hacerlo, ni tampoco sus fuerzas las primeras en combatir al ejército español, ni en derramar la sangre en la lucha.
Además, los principales jefes orientales no se encontraban en Baire, sino dispersos por otras localidades de esa provincia.
En La Habana, el mismo día del levantamiento fueron detenidos el Mayor General Julio Sanguily y el Coronel José María Aguirre. En Ibarra, Matanzas, Juan Gualberto Gómez se alzó con un grupo de patriotas. La partida quedó disuelta y detenidos Juan Gualberto, el doctor Pedro Betancourt, Pedro Acevedo Villamil y otros rebeldes.
Fuentes:
Cuba, la forja de una nación, II y III, por Rolando Rodríguez.
Por Cuba Libre, Juan Gualberto Gómez.
La guerra de Martí, por Hortensia Pichardo, en Patria, Revista histórico-cultural del periódico Granma, enero-febrero 1995.










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