
La sanidad militar mambisa desempeñó una importante función durante la guerra independentista cubana por la atención médica a los soldados que resultaban heridos, a los prisioneros de guerra y a la población civil en donde estaban ubicados esos centros de salud.
Como no había suficientes médicos para cubrir toda la Isla, se establecieron los llamados hospitales de sangre móviles o asentados en intricadas regiones, que eran atendidos por enfermeras, comadronas u otras personas con elementales conocimientos de medicina.
Una de aquellas abnegadas mujeres cubanas que atendieron y fundaron en la manigua algunos de esos hospitales fue Rosa Castellanos Castellanos, cariñosamente conocida como Rosa La Bayamesa, quien dominaba ampliamente el uso de las hierbas medicinales y alcanzó el grado de Capitana del Ejército Libertador cubano.
Rosa nació en 1834 en un barracón de esclavos ubicado en el poblado de El Dátil, Bayamo. Sus padres de origen africano fueron Matías Castellanos y Francisca Antonia Castellanos, quienes tomaron los apellidos de sus amos.
El levantamiento armado de La Demajagua la sorprendió. Tenía 34 años de edad y posteriormente, cuando los bayameses incendiaron la ciudad el 18 de octubre de 1868 para evitar que cayera en manos españolas, Rosa ya liberada de la esclavitud como los del ingenio, marchó junto a sus antiguos amos en la ruta para lograr la independencia de Cuba. De momento se instaló en una prefactura en la zona de la Sierra Maestra.
Más tarde se trasladó para la ranchería La Manteca, en la región de Guisa. Allí colaboró con el Ejército Libertador en múltiples tareas: mensajera, cocinera y atención a los heridos en combate.

Rosa estaba familiarizada y conocía las características de las enfermedades más comunes que afectaban a la población. También conocía su tratamiento por medio de las hierbas medicinales, las que sembraba y cuidaba con esmero.
Con el tiempo y para identificarla mejor comenzaron a llamarla Rosa La Bayamesa. Se desempeñaba como una diestra enfermera y partera en ese entonces y además, combatía junto a las tropas mambisas.
En 1871 tuvo que refugiarse en Puerto Príncipe (hoy Camagüey) debido a la persecución de las fuerzas españolas. Como era habitual, en ella fundó un hospital de sangre en un intrincado lugar fuera del alcance del enemigo: en la cueva de la Loma del Polvorín, en la Sierra de Najasa.
Allí Rosa preparó unas rústicas pero confortables camas de cuje y colgó algunas hamacas para atender a sus pacientes. Las enfermedades infectocontagiosas y el parasitismo afectaban a las tropas mambisas. También los insectos y la mala calidad del agua tomada directamente de los ríos.
En época de lluvia eran frecuentes los catarros. Ella los combatía con una poción de yagruma caliente, servida en una jicarita de güira. El bejuco bí para las enfermedades del pecho, el reuma y las diarreas. Una de las plantas que más utilizaba por sus variadas propiedades era la hierbabuena.
También tenía conocimientos adquiridos cuando trabajaba como enfermera junto a los médicos, para suturar las heridas producidas por machetes o bayonetas, pero las más difíciles de tratar eran las provocadas por disparos de los fusiles Máuser españoles.
Cuando se presentaba un herido de bala, Rosa primero detenía el sangrado y limpiaba la herida con miel, cebolla, orégano o manzanilla, entre otras hierbas que tienen propiedades antisépticas.
Luego, con mucha paciencia extraía por el orificio de entrada los restos del cartucho o de las astillas de huesos, si había tocado alguno, y colocaba un drenaje. Un diente de ajo crudo dos veces al día eran suficientes para prevenir las infecciones.
La leyenda de Rosa La Bayamesa llegó al conocimiento del General en Jefe Máximo Gómez, por eso no es de extrañar que luego del victorioso combate de La Sacra, ocurrido en el mes de noviembre de 1873, en la zona de Najasa, Gómez decidiera en sigilo y sorpresivamente visitar el hospital de sangre en la cueva del Polvorín, cercano a donde se encontraba acampado.
Ramón Roa, uno de los que acompañaba al General, nos ofrece su valioso testimonio:
«—Rosa, yo he venido con mis ayudantes expresamente para conocerte —dijo el General—. De nombre ya no hay quien no te conozca por tus nobles acciones y los grandes servicios a la Patria...
«—No, General —dijo ella un tanto emocionada—, yo hago bien poca cosa por la Patria. ¿Cómo no voy a cuidar de mis hermanos que pelean? ¡Pobrecitos! Ahí vienen luego que da grima verlos, con cada herida y con cada llaga, y con más hambre, General... Yo cumplo con mi deber y de ahí no me saca nadie, porque lo que se defiende se defiende, y yo aquí no tengo a ningún majá; el que se cura se va a su batalla y andandito...
«—Bien, Rosa, si necesitas algo mándame aviso al campamento —repuso el General—».
Y sobre Rosa expresó Ramón Roa:
«Ella jamás se separó de aquellos heridos y enfermos a quienes curaba y protegía sin distinción de razas. Armada de una carabina de antiguo molde y unos cuantos cartuchos que su buena suerte le proporcionaba, exploraba el enemigo y al amenazar este el local y sus pupilos, disparaba al aire; la detonación daba la alarma y cada cual se internaba y se escondía. Ella trepaba al árbol, castraba la colmena cimarrona, recogía la miel, guardaba la cera; y de ahí que casi nunca le faltara la poción, el cocimiento, eI cerato y el alumbrado para sus enfermos.

«Ella mataba a tiros el ganado, descuartizaba la res y sus enfermos comían carne. Ella concentraba potasa de la leña verde y aplicaba este cauterio o el del fuego enrojeciendo la baqueta de su fusil. Con el mayor cariño lavaba las heridas y las úlceras con las lociones vegetales, que son sin cuento, experimentándolas al antojo del enfermo desesperado por el dolor, y ella cosía, cocinaba, remendaba y zurcía las escasas y raídas ropas, manteniendo vivo el espíritu de todos, sin descuidar jamás lo tocante a vigilancia. Era una verdadera hermana de la caridad, sin rezos ni escapularios, sin el temor al Báratro ni la aspiración al cielo, que mueven a los caracteres místicos».
Así las cosas, tras firmarse en 1878 El Pacto del Zanjón, que era una paz sin independencia, y que dio por terminada la guerra, comienza la Tregua Fecunda (1878-1895) y Rosa regresa a su hogar en Puerto Príncipe.
Su quehacer se desconoce durante todo ese tiempo, desaparece en las estrechas calles de esa colonial ciudad hasta que reaparece en la manigua en 1895 cuando se reinicia la guerra, al frente de un hospital de sangre. Tiene 62 años de edad y conserva el mismo espíritu combativo que mantuvo durante la guerra grande.
Ese año Gómez le pide a Rosa que organice en Najasa un amplio hospital de sangre. Ella cumple con la tarea y levanta uno con más de 60 camas de cuje.

De acuerdo con sus biógrafos, en 1896, mientras el general se encontraba acampado en Providencia de Najasa, conoció que Rosa se encontraba en la zona y la mandó a llamar.
Cuando el general en Jefe la tuvo frente a él, después de saludarla la abrazó cariñosamente y le otorgó el grado de Capitana del Ejército Libertador. Además, le pidió que levantara otro hospital similar al que había organizado al inicio de la guerra.
Rosa Castellanos Castellanos (Rosa La Bayamesa) falleció en Camagüey, el 25 de septiembre de 1907 a la edad de 73 años. El pueblo le rindió tributo a esta extraordinaria mujer que muchas vidas salvó en los hospitales de sangre donde atendía con celo a los soldados mambises heridos y a los campesinos.
Fuentes:
Rosa La Bayamesa, Ramón Roa, revista Bohemia, 18 de abril de 1969.
La Capitana Rosa La Bayamesa: unos de los mitos más fantásticos de la Historia de Cuba, Lázaro David Navarro Pujol.
Lamentablemente no se ha hallado el documento donde certifique que se le otorgue el grado de Capitana, tan solo apareció la propuesta de su ascenso.










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