Un agente cubano infiltrado en Alpha 66

En las pantallas de los televisores ubicados en la sala del Tribunal pasan un breve documental con imágenes del entrenamiento militar recibido por integrantes de Alpha 66, en las afueras de Miami, con vistas a futuras acciones en Centroamérica y el Caribe. Sirven de preámbulo al testimonio de Armando Valdés Mercadé, agente de la Seguridad del Estado cubano infiltrado en esa organización durante cuatro años y medio en la década de los 80, y quien también, durante un breve período de tiempo (1981-82), trabajara supuestamente para la CIA.

Por intermedio de Elio González, un conocido suyo desde la infancia en su pueblo natal, conoció a los hermanos Rodríquez Sosa, quienes resultaron ser oficiales de la CIA. De ese dúo vino la propuesta de trabajar para la Agencia Central de Inteligencia. En un principio —contó— ellos se interesaron por recibir informaciones sobre las bases de lanchas torpederas y coheteriles, incluyendo sus operaciones tácticas y estado combativo, y acerca de las estaciones de radares y cohetes en nuestro país.

En esa etapa también hizo contactos con un fiscal de Miami, quien le propuso participar en acciones encubiertas dentro de los propios Estados Unidos para penetrar en casas y locales de supuestos agentes cubanos allí, con la garantía de mantener su integridad siempre cuando actuara en esas misiones.

Las estrechas relaciones de Valdés Mercadé con los cabecillas principales de Alpha 66, le llevaron a ocupar el cargo de segundo jefe de operaciones navales del grupo. Por esa posición, conoció de acciones de infiltración desde Estados Unidos hacia Cuba con el objetivo de atentar contra la vida de dirigentes y la economía nacional, participó en intimidaciones a personas que viajan a nuestro país y en entrenamientos militares en Miami.

Pero no solo eso, formó parte de la tripulación perteneciente al comando llamado Victoria, encargado de tirotear las instalaciones turísticas de Varadero y dejar explosivos en las costas, con propaganda subversiva.

De esto —explicó— tenían conocimiento los guardacostas norteamericanos. Cuando nos disponíamos a salir, ellos nos inspeccionaron y a pesar de ver el parque de guerra que traíamos a bordo, se limitaron a expresar si íbamos a matar a Castro. Al regresar de esa misión, solamente nos aplicaron una multa de 20 dólares por no haber hecho los trámites de Aduana. La operación se frustró por el previo conocimiento de la Seguridad cubana y la estricta vigilancia de nuestras naves guardafronteras en la zona.

Las acciones de Alpha 66 eran conocidas por la CIA, atestiguó: Yo fui visitado por un agente del FBI, quien trató de reclutarme para trabajar en función de Alpha 66 y ahí me explicó que ellos tenían pleno dominio de todas las operaciones contra Cuba, pero querían hacer otro tipo de confirmación conmigo.

Alpha 66 —relató— disponía de una planta de radio, que en sus comienzos trasmitía desde el propio local de la organización y luego, al ser multada por interferir las emisoras locales, pasó a una camioneta para poder trasmitir desde diferentes puntos de los cayos de la Florida. Mediante esta planta se daban mensajes con el fin de incentivar a los ciudadanos cubanos a cometer actos de terrorismo y de sabotaje contra la economía. En uno de sus espacios enseñaban cómo hacer explosivos caseros y la forma en que se podían realizar los sabotajes; incluso, Alpha 66 tenía como costumbre adjudicarse todos los accidentes de trabajo que ocurrían en Cuba como acciones propias de la organización.

(Publicado 29/2/2000)