Moralejas de Iván

HERIBERTO ROSABAL

"¡Libramos!", me dijo un amigo el domingo por la tarde, cuando comenzábamos a relajar ante las noticias de que Iván, "el terrible", se mantenía "por allá abajo", "corcoveando" rumbo al extremo de Pinar del Río, o al Canal de Yucatán, rondando a la Isla de la Juventud y amenazando de lejos a todo el Occidente y parte del centro.

Desde Camagüey hasta Guantánamo se desactivaba la movilización, y en la capital quedaban aún vecinos en las azoteas desarmando alguna antena de televisión, limpiando algún desagüe o asegurando alguna teja.

Iván ya se fue, pero hasta ayer vivimos pendientes de Rubiera, la Mesa Redonda y el periódico, de la radio y de los rumores del barrio, como radares humanos tratando de adivinar el rumbo de este huracán, el peor en muchos años.

Nadie quiere ni imaginar siquiera cuál habría sido "el paisaje después de la batalla" si además del Charley les hubiese tocado a las Habana este "ciclonazo". Nadie hubiese querido, y duele a todos, que le haya tocado otra vez a Pinar del Río, la provincia más golpeada por estos fenómenos últimamente.

Se fue Iván, pero no sin dejarnos evidencia de su furia y la confirmación de que los pronósticos acerca del curso de fenómenos de su tipo son harto difíciles y por lo tanto ninguna previsión sobra para protegernos de ellos.

Preocupaciones nos dio más que ningún otro ciclón, pero también motivos para el orgullo. Una vez más hemos sabido qué hacer y cómo hacer ante una amenaza natural de gran envergadura. Y hemos sabido, incluso, vernos los puntos débiles en la inminencia del "combate", y pensar para hoy y para mañana qué hay que mejorar en el plan de defensa frente a un enemigo con tanto poder destructor.

Ese análisis es desde "arriba" hasta "abajo", desde la superestructura hasta el simple ciudadano. Todos, creo, hemos reflexionado que a nuestra amplia experiencia anticiclónica tenemos que sumarle nuevas previsiones, cambios de tácticas, preparación todavía más precisa, más rigurosa.

Porque los descomunales categorías cuatro y cinco pueden multiplicarse, y hacerse más frecuentes en un clima mundial que continuamente se subvierte y en el que por minutos las tierras fértiles ceden ante el desierto, y las lluvias erráticas convierten de pronto a cualquier lugar del planeta en un Macondo de lluvias interminables.

Los cubanos, como se sabe, somos solidarios, todos los días y aún más en momentos difíciles. Compartimos techo y comida, ponemos el corazón en la mesa junto con el poco o mucho pan, partimos al medio la vela o prestamos la linterna o el farol para alumbrarle al que no tiene cómo ver por dónde camina en medio del apagón.

No rendimos lanzas, en ninguna batalla. Y hasta le añadimos humor a la contingencia. Mi amigo, el que me inspiró estas líneas, me contaba que su madre —de más de 80 años de edad, mujer de ánimos ciclónicos—en estos días se dispuso también para la pelea. Mientras él organizaba la protección de la vivienda común siguiendo las orientaciones de la Defensa Civil, ella le hacía la competencia "arreglando" su silla preferida, luego de intentar "arreglos", días atrás, en el Panda que "no se dejaba ver" y en el teléfono que "tenía un ruidito extraño".

"¡Te juro que le voy a esconder la caja de herramientas!", me dijo, con una risa fuerza cuatro.

15-9-2004