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(9 de mayo de 2003)
La lección militar
de Iraq
HEINZ DIETERICH
El gobierno de George
Bush pretende hacer creer a los pueblos del Tercer Mundo que su máquina
militar es irresistible y que, por lo tanto, ni intenten ofrecer
resistencia a la instalación del nuevo proyecto fascista del eje
Washington-Londres-Tel Aviv.
La evidencia empírica
de la futilidad de toda resistencia militar estaría en las guerras
del Golfo Pérsico, de Serbia, de Afganistán y ahora, en Iraq. La
verdad es, que si bien esas guerras han demostrado el terrible poder
de destrucción de los nuevos armamentos, han revelado, al mismo
tiempo, sus debilidades.
La guerra de agresión
contra Iraq ha dejado claro que la máquina bélica de Washington
tiene serias limitaciones en cuatro campos, que son decisivos para
el desenlace de un conflicto armado: el económico, el comunicativo,
el político y el militar.
En lo económico,
Estados Unidos no puede sostener una guerra de mediana duración
contra un Estado bien organizado, porque sus parámetros macroeconómicos
no lo permiten, mientras opere en condiciones de paz. En lo
comunicativo, la agresión mostró que el control mundial
neofascista de los medios se fracturó por las rivalidades
interimperialistas que están generando un sistema tripolar de la
sociedad global.
En lo político, la
ilegitimidad de la agresión se convirtió en la mayor hipoteca de
los guerreristas de Washington y Londres, pese al carácter
desacreditado del régimen de Saddam, y complicará toda futura
agresión que encuentre un escenario político y mediático no peor
que el de Iraq.
Lo más revelador de la
guerra de Iraq se encuentra, sin embargo, en el campo de lo militar,
cuyas lecciones para la defensa de los países tercermundistas son
vitales.
Para juzgar el
desarrollo del conflicto de Iraq hay que entender que la estrategia
militar iraquí fue absolutamente inadecuada, para enfrentar la
ofensiva estadounidense. Al igual que en la guerra contra Irán y en
la del Golfo, Saddam Hussein demostró una vez más que fue un pésimo
estratega militar.
En la agresión contra
Irán, con todo el apoyo del imperialismo estadounidense y europeo,
no pudo ganarle a las milicias de los guardias revolucionarios de
los ayatolas. Un millón de personas, más del 60 por ciento de
ellas iraníes, pagaron con su vida esa criminal operación al
servicio de Washington.
En 1991, la demencial
invasión de Saddam a Kuwait, provocó la guerra con las fuerzas
unidas de Occidente, a las cuales se enfrentó con una estrategia
militar copiada de las grandes batallas de tanques en las estepas
rusas, de la Segunda Guerra Mundial, sin darse cuenta que había
pasado medio siglo. De esa manera, el arquitecto de la "Madre
de todos los fracasos militares" llevó a sus fuerzas armadas
nuevamente a la destrucción: fueron hechas pedazos, con cien mil
muertos y más de trescientos mil heridos.
Doce años después, le
proporcionó al imperialismo estadounidense otra coyuntura para
establecer su dominio en Medio Oriente y, de nueva cuenta, su
conducción fue un desastre. Salvo la heroica resistencia de
unidades aisladas y fuerzas paramilitares en focos de combate en el
Sur, no apareció nunca un congruente plan de batalla, capaz de
derrotar la intervención.
Los pozos petroleros,
que eran la razón de ser de la agresión, cayeron virtualmente
intactos en manos de los invasores. Los puentes sobre los grandes ríos
no estaban minados, de tal manera que ofrecieron ninguna ventaja
militar a los defensores. Francotiradores y minas no jugaron ningún
papel importante en la defensa, pese a que cualquier principiante de
las artes militares sabe que, en ese tipo de conflictos, son las
armas principales.
Saddam, quien
despreciaba los consejos militares de Fidel Castro, nunca escuchó
la frase de Fidel, de que "con minas y fusiles le ganamos la
guerra a Batista". Nunca habló con el gran estratega para que
le explicara, cómo había ganado una guerra contra el ejército
sudafricano en Angola, pese a que se encontraba a noventa millas de
Miami y a 16 horas de vuelo del campo de batalla; pese a que el ejército
de los racistas sudafricanos contaba con siete armas nucleares
proporcionadas por los expertos de Israel; pese a que cerca de la
zona de combate existía una importante base militar de la
Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y pese a que
los militares soviéticos habían creado una peligrosa situación de
derrota estratégica en Cuito Cuanavale.
Tampoco se había
enterado de la guerra de guerrillas de El Salvador, que es uno de
los pocos casos de estudio, donde la guerrilla urbana nunca pudo ser
derrotada por la dictadura y donde el ejército de la oligarquía,
apoyado por los militares gringos, nunca logró desalojar a la
guerrilla (FMLN) del cerro de Guazapa, porque basó su defensa en
minas y francotiradores.
De la misma manera, la
defensa de Bagdad era prácticamente inexistente. En un caso
comparativo, los rebeldes chechenos habían convertido su capital
Grozny en un pequeño Stalingrado, cuya conquista la pagó el ejército
ruso con enormes pérdidas humanas, materiales y semanas de
encarnizados combates. En Bagdad, más allá de la propaganda y de
las palabras, no había nada.
El perfil de la
estrategia militar ofensiva estadounidense ha quedado claro en Iraq.
Fuertes columnas de tanques pesados, acompañadas por infantería
mecanizada —protegidas en tierra por artillería y, desde el aire,
por helicópteros de reconocimiento, helicópteros de ataque,
bombarderos tácticos y, si es necesario, bombarderos estratégicos—
avanzan en ataques nocturnos, aprovechando su superioridad tecnológica.
Frente a este patrón de
combate, el patrón de defensa exitosa de un país con tecnología bélica
inferior, es claro y no permite equivocaciones. Son cuatro
condiciones básicas que tiene que cumplir para alcanzar la
victoria: 1, la unidad interna; 2, un liderazgo a la altura del
desafío; 3, un apoyo sustancial internacional y, por último, cinco
tipos de armamento.
Las armas antiaéreas
son vitales, para impedir el uso de helicópteros del enemigo. Los
cohetes antiaéreos de largo alcance (30 km), serán destruidos con
cierta rapidez por Washington; pero cohetes antiaéreos de corto
alcance, organizados en grupos móviles de dos a tres combatientes,
son prácticamente indestructibles y, por lo tanto, un medio de
disuasión muy efectivo.
Cuando los tanques
pierden la inteligencia y protección aérea de los helicópteros,
se vuelven vulnerables a misiles y minas y pierden gran parte de su
efectividad, sobre todo en las ciudades. Minas contra personas,
equipos de visión nocturna y francotiradores completan el arsenal
de defensa indispensable.
Dado que el ataque
inicial de las fuerzas estadounidenses se dirige contra el Comando
central de operaciones y sus estructuras de comunicación, las zonas
de defensa tienen que estar organizadas de manera coordinada, pero
autónoma, antes del inicio de la confrontación bélica, para que
los objetivos tácticos y estratégicos, formas de lucha, logística,
etcétera, sean organizados conforme a las características de cada
región y el tipo de enfrentamiento que ha de esperarse.
La guerra popular
prolongada según la experiencia vietnamita o la guerra de todo el
pueblo, conforme a la doctrina cubana, sería la estrategia militar
dominante, en la cual tropas especiales, unidades irregulares y la
"topografía" de las ciudades juegan un papel central,
junto con el vector tiempo que refleja el patrón de una guerra de
desgaste prolongada.
"El enemigo es
fuerte en sus posiciones, pero es débil en sus movimientos",
sostiene la sabiduría militar de Fidel Castro, quien afirma en otro
contexto, que ocho combatientes bien entrenados son un "pequeño
ejército" que puede hacer un tremendo daño al enemigo.
Es ese tipo de guerra
que el ejército estadounidense no puede ganar. Y mucho menos bajo
un gobierno como el de George W. Bush, cuyos "tanques
pensantes" tienen mucho que ver con los tanques y poco con el
pensamiento.
En su mente simplista
cayeron víctimas de su propia propaganda, creyendo que serían
ovacionados como libertadores de la tiranía de Saddam. Cuando
despertaron, habían abierto la Caja de Pandora del nacionalismo
iraquí, de una posible teocracia chiíta al estilo de los ayatolas
iraníes y del panarabismo.
Cayeron en el clásico
dilema de una fuerza de ocupación extranjera, con diferente
fenotipo, cultura y lenguaje a los de la población nacional,
creando "anticuerpos" expulsores que empiezan a
organizarse a nivel nacional.
Se repite la experiencia
de Afganistán, donde la oferta del presidente Hamid Karzai a los
Talibanes, de "reconciliarse" con el gobierno, refleja el
fracaso de la opción militar estadounidense, al igual que en
Palestina, donde la imposición del Primer Ministro títere en
contra de Yasser Arafat, solo agudizará las contradicciones y la
resistencia armada.
¿Cómo vencerá, en
esos escenarios de guerra irregular, una brigada de tanques
Abrams-M1, a un grupo de cien civiles que pide la reapertura de una
escuela primaria? ¿Cómo vencerá un bombardero
"invisible" de dos mil millones de dólares o un misil
crucero "inteligente" de Occidente, que cuesta un millón
de dólares, a un arma inteligente islámico, compuesta por veinte
kilogramos de explosivos plásticos, una pila eléctrica y una
persona que ha optado por la inmolación anticolonial?
La única manera de
dominar en estas condiciones consiste en el establecimiento de tiranías
aún más terroristas que la de Saddam, que son inherentemente
inestables, por la resistencia de los pueblos.
La lección militar de
Iraq no es, por lo tanto, que las agresiones militares de Estados
Unidos son irresistibles, sino que los pueblos unificados, con una
conducción de vanguardia y el armamento adecuado, representan un
baluarte militar de tal fortaleza que ningún gobierno de Estados
Unidos puede quitarles la libertad, mientras haya democracia formal
en ese país.
Solo el establecimiento
de una dictadura fascista abierta en Estados Unidos y el genocidio
de la población de un país agredido podrían crear las condiciones
para el triunfo de la máquina militar estadounidense.
Y esto es algo que está
fuera del alcance del gobierno de George Bush.
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