Publicadas el 16 de enero de 2009

No más sermones con los zánganos

En las últimas semanas varios lectores se han pronunciado en torno a la lucha contra la vagancia en Cuba, un fenómeno universal, emitiendo opiniones con las que estoy generalmente de acuerdo. No obstante opino que el problema tiene numerosas aristas y por tanto requiere de soluciones casuísticas, en una cosa coincido: hay que actuar ya.

Hoy he sentido sobre mí el impacto de un planteamiento de Esteban Lazo: Si algo no hemos hecho bien en nuestro sistema de educación es enseñar la Historia.

Estas palabras expresadas por un dirigente de tal jerarquía hay que tenerlas en cuenta. Antes, lo he expresado aquí mismo: no hemos sido todo lo efectivos que podíamos y debíamos enseñando Historia de Cuba, pues quien conozca la sublime expresión de Agramonte diciendo que contaba con la vergüenza de los cubanos, de Céspedes que aun quedaban 12 hombres, y de Fidel con 7 fusiles decir: Ahora sí ganamos la guerra, e incontables ejemplos más, y tenga un mínimo de sensibilidad comprenderá lo que tiene que hacer en la Cuba de hoy. Impartiendo esa asignatura durante años he comprobado la amplia posibilidad que brinda para formar valores y crear compromisos.

En nuestra patria trabajamos muchos más que los que tienen una extraordinaria capacidad para eludir el trabajo honesto y vivir mucho mejor que un consagrado cirujano cardiovascular.

Eso ni es justo ni es lógico. Al respecto expreso que con arengas no resolveremos el problema, solo con medidas eficaces y sobre todo educativas y profilácticas.

Creo que quien no trabaje en mi país no debe recibir alimentos, electricidad, recreación, subsidiados por los que trabajamos.

Desde niño escucho decir: El que no trabaja no come. Hoy en mi Cuba los que menos trabajan comen bien.

Hay otro elemento insoslayable: Según un estudio que leí hace poco de los que trabajamos, solo lo hacemos de manera efectiva muy parcialmente pues de las 8 horas laboramos 5 y las 3 restantes se dedican a resolver asuntos personales o a lo que Raúl Roa llamaba palique ambulatorio. Quien así procede también debe ser valorado pues eso es delito.

Esos mocetones, y mocetonas, que no trabajan y ostentosamente deambulan cerca de comercios, hoteles, etc, están vacunados contra más de 10 enfermedades, casi todos cuando menos son bachilleres y algunos graduados universitarios de nuestras universidades en las que no tuvieron que pagar un centavo y ninguna de las cuales se cerró a pesar de dobles bloqueos, leyes extraterritoriales y periodo especial en tiempos de paz, pues los que seguimos trabajando lo hicimos posible.

Nadie en el mundo nos puede criticar el derecho que tenemos los cubanos de exigir a quienes puedan, que trabajen, que aporten o que renuncien a las riquezas que con sudor de muchos producimos en Cuba. Resulta doloroso que solo en el Ministerio de Educación hayamos 9 000 educadores en edad de jubilación que seguimos laborando mientras jóvenes vigorosos viven de actividades generalmente ilícitas. Es inaceptable e insostenible.

A pesar de todo son nuestros zánganos, familiares nuestros, a veces, y no podemos mandarlos para ninguna parte, pero darles opciones sí podemos, exigirles que aporten sí podemos, no nos engañemos, con sermones no los convenceremos pero con medidas sí. El tiempo apremia, la Revolución lo necesita. Nuestra historia lo exige.

A. Rondón Velázquez

Calzado escolar: de la mano y corriendo

Con la anuencia de esta tan importante sección periodística, quiero compartir una idea que gira en torno a un asunto que, como suele decirse en buen cubano: Me lleva de la mano y corriendo. Es lo relacionado con el calzado escolar.

Siguiendo, entonces, la línea propuesta por Raúl, de plantear las cuestiones que nos apremian a los trabajadores, tanto en nuestro centro, como en nuestra sociedad, siempre con un enfoque positivo y con buen tino, me dispongo a tratar el tema esbozado en el primer párrafo. Por supuesto, expongo la situación desde mi punto de vista, aunque mi visión pudiera tocar a una determinada gama de cubanos.

Nada mejor que comenzar esta exposición con el ejemplo concreto: Hace escasamente pocos meses compré —a modo de calzado escolar— para mis dos hijos un modelo de tenis (corte alto) que "imita" a los famosos Converse. Esto fue en la tienda Nuevo Milenio, sita en Calle 39, esquina a 4, en el Vedado; el precio unitario de este calzado es de 5 cuc. Si bien es un precio bastante barato constituye un importe notable para un padre trabajador, cuya única entrada es el sueldo en moneda nacional (405 pesos). En mi caso, el gasto se duplica, por tratarse de dos niños; de modo que tuve que desembolsar 10 cuc.

De tener estos zapatos una calidad media y, por ende, se tradujera ello en una vida útil relativamente "cómoda" para el bolsillo trabajador, se trataría, entonces, de una opción, si no la óptima, al menos, manejable. En especial, porque son estos tenis los que se han puesto "de moda", dada su semejanza con los otros más famosos, a la vez que constituyen —creo— la posibilidad más viable para una economía casera limitada.

Pues bien, sucede que en un lapso menor a dos meses, ya ambos calzados (de los dos niños) están completamente partidos por debajo y por los lados. Preciso aquí que, únicamente, han sido utilizados para ir a la escuela; los destinados a la educación física son otros. Y, en nuestro seno familiar, no existen, de momento, las posibilidades para reponer sendos calzados.

En primer término, veo la parte económica, relacionada con el poder adquisitivo familiar: Nuestro salario, apretadamente, nos cubre la alimentación. Pero, en segundo lugar —aunque, en realidad, creo que es muy importante—, considero una situación bastante espinosa que se palpa en la actualidad: la referente a la desigualdad o, mejor dicho, la diferenciación que se aprecia (me circunscribo a las escuelas de mis hijos; no más) en cuanto a los zapatos que calzan los pioneros en clases. En este sentido, se puede establecer una vasta gama: desde el citado caso de mis hijos, con sus "baratos salen caros" tenis de 5 cuc, pasando por los de treinta y pico, hasta llegar a los clásicos de 50, 60 y —¿por qué no?— los de ochenta y tantos chavitos. No es menos cierto que se han establecido economías familiares muy diversas; eso está claro. Y no es el punto. Como tampoco lo es el de la protección (desprotección) al consumidor.

A pesar de que nosotros hemos criado a nuestros hijos de una manera austera, hablándoles clarito de lo que es un trabajador y a lo que puede tenerse acceso y a qué no, y, por supuesto, inculcándoles el orgullo que deben sentir al respecto, a diario, me pregunto qué pasará por sus mentes al mirar que el compañerito de al lado calza unos zapatos confortables y de buena calidad, o simplemente, no raídos como los suyos. Y, dejo por sentado, que mis hijos son alumnos aplicados, estudiosos y con resultados excelentes en su desempeño académico, deportivo y político-social; que es lo que me reconforta ante el apremio causado por lo otro.

Solo me vienen a la mente mis años de pionero, cuando la palabra uniforme escolar significaba, exactamente, lo que el término encierra: ¡uniformidad!... Que tienen la misma forma igual, conforme, semejante. Y como tal había que usarlo; de modo que nos veíamos todos parejos: uniformados. Y reflexiono: ¿Por qué no retomar el buen camino trillado?... Dotar a nuestro alumnado de su real uniforme, zapatos incluidos. Por supuesto, podría ser un calzado simple y cómodo, de una calidad aceptable, sin grandes pretensiones. Y con un precio al alcance de la familia trabajadora cubana. De esta manera, nuestros niños, todos, estarían verdaderamente iguales y uniformados.

S. Bello Canto

Continúa la reventa de entradas a los teatros

Escribo estas líneas inspirada en el ansia que tenemos los jóvenes de disfrutar de los logros de la cultura cubana, de las grandes obras y exposiciones en los teatros, de sus talentosos artistas y de los sentimientos que afloran cuando presenciamos, por ejemplo, una excelente obra de nuestra querida Alicia Alonso.

Asistir en una buena tarde-noche a cualquiera de nuestros teatros, es una de las pocas ofertas de recreación, distracción y disfrute, por lo cual vale la pena hacer una larga cola. Sin embargo, esto es casi imposible.

El lunes 29 de diciembre fui a la taquilla del Gran Teatro de la Habana, porque quería comprar una entrada para la gala que se ofrecería el 1ro. de enero del 2009, conmemorando un año más del triunfo de nuestra Revolución, pero no quedaban entradas para ese día; puede ser lógico, pero la compañera que las estaba vendiendo me dijo que a 20 cuc posiblemente las conseguiría. Le pregunté cuándo habría otra presentación, me contestó que el día 3 y 4 de enero, pero que solo quedaban entradas para el tercer piso.

Quería llevar a mi abuela. Ella tiene 83 años y también le gusta el ballet. Hace años que no asiste a ninguna función, solo las ve por televisión. Pero no estoy dispuesta a pagar un precio tan alto, consciente de que no es el teatro quien los pone, sino aquellos que se benefician del puesto que ocupan para enriquecerse.

Hoy, leo un artículo publicado el día 26 de diciembre en el periódico Granma, donde la mamá de una alumna de los talleres vocacionales de Lizt Alfonso hace una interesante reflexión de las indisciplinas que se cometen a la hora de vender las entradas en los teatros y de los cuales se ven afectados también los padres de estos estudiantes. Me uno a ella para que de alguna forma se escuche este reclamo, se analicen estos temas, reflexionemos sobre la conducta y actuar de aquellos que se les da la responsabilidad de atender a la población. Con ello disfrutaremos todos de esta sociedad creada para todos y de todos y en la cual todos podemos contribuir para mejorarla.

Y. Contino Matos

El burocratismo nos daña

Nadie puede negar que la lucha contra el burocratismo fue necesaria en la década de los 60; pudieron existir errores por excesos o por defectos, pero fue muy necesaria aplicarla en aquel momento y pienso que estos son los tiempos en que necesitamos tan imperiosamente del aumento de la producción y la productividad, de elevar el nivel de ocupación en labores productivas o de servicios concretos y producir bienes de consumo, por lo que debemos en alguna medida retomar dicha lucha, quizás con otros matices e incluso con mayor profundidad.

Si en aquella oportunidad, el control económico, la fiscalización, la estadística y la supervisión, pudieron ser reducidas por debajo de los límites permisibles, en la actualidad, deben revisarse y limitar las plantillas infladas que, paralelas a los organismos establecidos, se han creado, y enfocar el control desde otro matiz más eficaz y suficiente.

La diversidad de inspectores del transporte estatal, supervisores e inspectores integrales, revisiones del somatón a carros estatales, deben ser transformadas y lograr mayor profesionalidad y brindar mejor imagen a la población.

Existen organismos que históricamente se han especializado en controlar, inspeccionar y supervisar determinadas esferas, ¿Por qué crear otros? Si los inspectores de precio, siempre existieron en el Ministerio de Finanzas y Precios, ¿por qué no responsabilizar a ese Ministerio con esa actividad?, si los compañeros de Tránsito del Ministerio del Interior, están profesionalmente preparados y éticamente aptos, en el control de esa esfera, ¿para qué los inspectores estatales del Transporte, que en ocasiones sus acciones dejan mucho que desear?, ¿por qué hay que crear un equipo de supervisores integrales para la higiene comunal o el trabajo por cuenta propia y no se le exige a Salud Pública, los Servicios Comunales y al MTSS, por mantener el orden en estos sectores, como siempre ha sido?

Al Ministerio del Transporte, le hacen falta inspectores,(algunos) pero para controlar sus ómnibus y sus taxis, que no cumplen los horarios en ocasiones, no les paran a los pobladores o utilizan dichos transportes en actividades ajenas a su objeto social o cobran lo que les parece a los pasajeros que, sedientos de recibir sus servicios, son estafados. Ese personal pudiera sin dudas, incorporarse a labores productivas o de servicios básicos a la población.

La exquisitez en el control organizativo y de funcionamiento en algunas esferas, en ocasiones se hace tediosa, pues son más importantes la confección de las actas y su formato, los puntos (.), las comas (,), la ortografía, la redacción, etc, que los resultados concretos del trabajo del centro, los gastos, el costo por peso y la productividad. Pero además, para revisar todo eso, es necesario fuerza laboral improductiva, convertidas en polillas.

Se les exige a los directivos en algunos organismos, los temas que deben analizar en las reuniones que dirigen, que en ocasiones distan del objetivo fundamental y el objeto social del centro y del interés de los trabajadores y entorpecen el trabajo administrativo y político del colectivo laboral. Para controlar esto se hace necesaria la improductiva plantilla, inflada en ocasiones.

Creo que es hora de revisar a fondo las labores burocráticas, cuántas secretarias, funcionarios, asesores, supervisores, etc., existen en cada centro laboral o en las oficinas de la administración pública. Tengo la ligera impresión, de que es excesiva.

Es necesario crear empleos, pero necesarios y fundamentalmente productivos. El control económico y contra cada ilegalidad y manifestaciones de corrupción es insustituible, pero real y con eficiencia. La disciplina informativa, las orientaciones adecuadas, favorecen el desarrollo de la sociedad, pero el exceso de estas, afectan a la sociedad. La burocratización actualmente es más sutil y sofisticada, parece necesaria, pero daña.

L. Campoalegre Sánchez

Alteración del orden público en la Calle G

Me dirijo a ustedes con la esperanza de poder dar solución a una situación que se ha hecho insostenible para todos (o casi todos) los vecinos de la Calle G.

Hace unos años comenzaron a reunirse en esta avenida (viernes, sábados y domingos) grupos de muchachos, vestidos la mayoría de negro, que al no encontrar otros lugares de diversión y esparcimiento, se han apropiado de esta linda avenida. Al principio eran solo unos cuantos, ahora se han convertido en una verdadera multitud de cientos de jóvenes. El problema no sería serio si se conformaran con pasear, encontrarse, y relacionarse entre ellos. Pero cada vez la algarabía que forman producto del ron y de otras sustancias estimulantes que ingieren, inhalan y consumen es mayor. (dejan sus rastros en la yerba: jeringuillas desechables, tiritas de pastillas como el Parkinsonil, etc)., aunque debo aclarar que no creo que la mayoría consuma drogas, solo unos cuantos. En general son adolescentes, muy jóvenes todavía. Sin mencionar que la avenida amanece llena de basura y de muy mal olor porque los jóvenes se amparan en la oscuridad de las calles colindantes para realizar sus necesidades fisiológicas.

Ahora les ha dado por golpear un tambor y un redoblante durante horas, sin importarles nada, provocando una grave alteración del orden público y la desesperación de las personas que viven en esta calle. Resulta paradójico que en una avenida como ésta, en que se les rinde homenaje a luchadores y presidentes latinoamericanos, se tenga en tan poca consideración el derecho de los demás. Uno de estos presidentes, Benito Juárez, cuya estatua se encuentra en esta avenida, dijo: "El respeto al derecho ajeno es la paz, en consecuencia, la libertad de un hombre comienza justo en los linderos que termina la de otro".

Me han explicado que algunos vecinos han manifestado que los jóvenes tienen derecho a divertirse (me imagino que padres cuyos hijos se reúnen en G), pero nosotros tenemos el derecho a descansar.

En estos momentos los vecinos del edificio donde vivo van a comenzar a recoger firmas a ver si llegan a oídos receptores sus demandas. Las autoridades han sido avisadas, siempre, por más de un vecino. Creo que se debe actuar lo antes posible con dos objetivos:

1. Proteger a estos jóvenes del consumo excesivo de alcohol y otros estimulantes al tiempo que se les garantiza un lugar de esparcimiento (sea G u otro cualquiera, podría ser, como se ha sugerido por varias personas de la cuadra, en el parque Martí, en G y Malecón, el Bosque de La Habana, etc. Repito: no se quiere privar a los muchachos de la calle G, solo se les pide que no alteren, con ruido excesivo, el orden público).

2. Garantizar la tranquilidad ciudadana y el sueño a las personas que vivimos en esta avenida.

J. de Diego

Hecho insólito en ASTRO

Soy un pasajero que viajo todos los fines de año hasta el municipio de Jiguaní, en la oriental provincia de Granma. El pasaje de regreso de Jiguaní hasta Cienfuegos estaba previsto para el 5 de enero del actual a las 6:00 p.m., según reservación realizada el pasado 8 de octubre de 2008 (con 90 días de antelación) por un familiar en ese municipio.

La primera sorpresa devino cuando se nos informa a las 7:00 p.m. y de manera muy atenta por la compañera de esta Terminal que el ómnibus se encontraba averiado en el municipio de Palma Soriano, en Santiago de Cuba y que estaban esperando realizar un trasbordo hacia otra YUTONG. Como a las 8:30 p.m. me acerco nuevamente a la compañera para conocer del retraso del carro Santiago-Cienfuegos y le pido que realice una llamada hasta la agencia de Palma Soriano para conocer del retraso y tuvo que realizar la llamada utilizando su tarjeta propia en uno de los teléfonos ubicados en los exteriores de esta agencia, pues la empresa tenía prohibido realizar llamadas desde el teléfono ubicado en la oficina de esta instalación, que solamente podían ser llamadas locales y que no tuvieran el 0 en su numeración. Ya más tarde como a las 10:00 p.m. me acerco a la compañera y le pido el número telefónico para con mi propia tarjeta realizar la llamada, la agencia de Palma Soriano no me escuchaba.

Luego pudimos conocer por esta compañera a las 12:30 de la madrugada del día 6 que se encontraban buscando 2 nuevos choferes en la ciudad de Santiago para conducir el ya aparecido ómnibus YUTONG que recogería a los angustiados pasajeros en el municipio de Palma Soriano.

Al fin pudimos abordar el tan ansiado carro a las 4:20 de la madrugada en la Terminal de Jiguaní. Una nueva sorpresa nos invade, cuando saliendo de la ciudad de Holguín a las 6:45 a.m. sufre también roturas este carro. Cerca del lugar en un policlínico, se encontraban unos teléfonos públicos que también tuvieron que utilizar los chóferes sus tarjetas propias para poder comunicarse con la Terminal de esta ciudad y pedir un nuevo ómnibus para realizar otro trasbordo. El otro tan esperado carro llega sobre las 10:00 a.m. ahora con una nueva tripulación holguinera, que asombrados también por las dos roturas en una misma ruta comentaban con los pasajeros sobre el inusual hecho. Al fin pudimos arribar a la Perla del Sur a las 8:40 p.m. del día 6, después de más de 14 horas de retraso (2 horas más de lo que dura la travesía), en total más de 27 horas si contamos la hora de antelación que se pide para chequear o rectificar boletines.

Me pregunto luego de dar a conocer este insólito hecho, ¿por qué está prohibido en las terminales municipales realizar llamadas a otras agencias para conocer el motivo de retardos en los ómnibus y así poder informar a los pasajeros?, ¿por qué no existe un equipo de chóferes con sus respectivos carros para dar respuesta a cualquier eventualidad, que pudieran ser más de dos de este tipo en un día?, ¿acaso no tienen derecho los pasajeros a una indemnización al valor de su pasaje por el atraso de los viajes?

Todos conocemos que un problema X pudiera ocurrir en cualquier momento, lo que es inconcebible e incomprensible es que ocurran tardanzas para un trasbordo en un servicio que actualmente cuenta con un parque de equipos relativamente nuevos y que agregado a esto los compañeros de las agencias encuentren obstáculos administrativos para poder informar las causas de un retardo en las salidas a los pasajeros.

Imaginemos por un momento que algunas de las personas que vinieran en ese turno pensaran continuar viaje a otra provincia por las que no pase esa ruta y que también además de todo lo pasado perdieran un porciento por el reintegro del pasaje reservado con 90 días de antelación, por la llegada tardía del ómnibus en que viajaban.

Considero que hechos como este, constituyen un maltrato a la población que ahorra durante todo un año para poder costear un viaje de una familia y despedir un año de esfuerzo y trabajo junto a familiares de otras provincias.

L. A. Tong Mauri

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