Caminos de Augier

PEDRO DE LA HOZ

Por mucho que se indague en el secreto de su longevidad, Ángel Augier (Gibara, 1910) tendrá siempre una excusa: "Nada extraordinario he hecho para llegar a los 95 años, parece que es una predisposición genética. Mis familiares más cercanos vivieron largamente".

Ángel Augier, Premio Nacional de Literatura.

En su caso, cada año vale lo que pesa. Estamos ante un intelectual, que por su trayectoria, recorre de manera emblemática el decursar de la cultura cubana del siglo XX y se asoma a esta nueva centuria con el espíritu alerta y el verbo sin reposo.

Pocos días atrás, durante un convivio de la Fundación Nicolás Guillén, le pregunté cómo pensaba encarar la Feria Internacional del Libro Cuba 2006, dedicada a Nancy Morejón y a él. Solo dijo una palabra: "Trabajando". En fecha algo más lejana, cuando al término de la pasada Feria se dio a conocer que se le consagraría el más importante foro público de las letras del país, declaró que "lo que más me hace ilusión es compartir el júbilo con Nancy Morejón, pues siempre, desde un inicio, admiré su poesía, su inteligencia, su fineza".

Diálogo entre el poeta y el sabio Fernando Ortiz.

Ángel es así: generoso y modesto, laborioso e insomne. Montado en la matriz del viaje a la semilla carpenteriano, el poeta, laureado con el Premio Nacional de Literatura, comenta lo más reciente de su creación, en la que figuran un penetrante ensayo sobre las raíces y proyecciones antimperialistas de José Martí, su compilación de cartas de José María Heredia, a quien califica como "el primer poeta que expresó el intenso sentimiento patriótico de los hijos de Cuba, y la decisión de conquistar por las armas la independencia y libertad de la patria", y un texto que rastrea los vínculos entre Pablo Neruda y Cuba, y se apresta a dar a conocer nuevas páginas poéticas y de reflexión.

Solo entonces da un salto hacia atrás, en el que una constante traza dos líneas tenazmente paralelas: su producción lírica y los estudios sistemáticos sobre la vida y la obra de Nicolás Guillén.

Repasa en su memoria el impacto que le causó leer hace casi 75 años Sóngoro cosongo, de Guillén. "Si para todos fue un acontecimiento, por su novedad y evidenciar la temprana madurez poética de su autor, para mí resultó algo estremecedor: por primera vez tuve noción de que la poesía podía perfilar la dimensión posible de nuestra identidad".

Poco después de esa lectura, Augier conoció a Guillén. Los unía la vocación poética y una pasión política muy definida: la militancia revolucionaria, el ideal socialista. De ahí que desde los tiempos en que participaron juntos en la edición de Mediodía, órgano de los comunistas en la etapa postmachadista, se haya anudado una amistad que sólo la muerte del autor de El son entero interrumpió.

Lo que ambos soñaron, una Cuba renovada y libre, se cumplió con la Revolución, que los impulsó a consagrarse a tareas relacionadas con la promoción cultural y el aliento de la creación desde la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Nicolás y Ángel, durante largos años, se vieron a diario en la casona de 17 y H.

En la Feria se presentará precisamente una nueva edición, revisada y ampliada, del imprescindible Estudio biográfico-crítico guilleniano (Ed. Unión). "Creí necesario poner ese texto al día", acota el investigador.

Ese Augier acucioso en la investigación, de sostenida labor filológica, nunca ha dejado de ser un ángel de la poesía, al que no le es ajeno el pálpito amoroso ni la metáfora de carga política y social.

Recientemente le preguntaron cómo podía conciliar ambas orientaciones. He aquí su respuesta: "No es desdoblamiento, ambas esferas se complementan. Hay una tesis poética de que la poesía social no es poesía, que la auténtica poesía nace de la intimidad, de la vida sentimental y filosófica del hombre. Creo que no, que el poeta puede expresar lo que le hiere o le complace en cualquier esfera de la vida".

El mejor ejemplo de esa concepción del quehacer lírico se halla en su extenso e intenso poema Isla en el tacto (1965), en el que dibuja los contornos del país, precisa su atmósfera y, a la vez, le da sentido a nuestra existencia como nación. Al conocer el texto, Manuel Navarro Luna escribió que "Augier logra ofrecernos en este poemario —que es, en realidad, la vertebración de un solo poema trabajado con paciente y enfebrecido amor— la expresión total de nuestra Isla".

Cuando a principios de los ochenta del pasado siglo vio la luz una antología de su producción poética entre 1928 y 1978, el poeta español José María Valverde remitió al autor el siguiente juicio: "Gracias por este hermoso medio siglo de verso y vida, tan envidiablemente llevado a plenitud en una cima desde la cual todo lo anterior, la juventud lírica y luchadora, se redobla de profecía".

En la recta final hacia su siglo entre nosotros, esas palabras cobran permanente vigencia, como sólo le puede ser dado a un hombre que ha hecho de la poesía y la acción un único camino.

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