Un ritmo que faltaba a la danza de los millones

MIGUEL HERNÁNDEZ

Sobre todo en Europa ¿estarán al tanto de la llegada de Cuba, el tricampeón olímpico, a la final del Primer Clásico Mundial de Béisbol? ¿De los estadios desbordados? ¿O de las manifestaciones espontáneas de júbilo en nuestros barrios? Hace unos días viajé al Viejo Continente, en pleno apogeo del evento de las bolas y los strikes, y no descubrí una nota en periódicos ni una imagen en las televisoras públicas entre el torbellino de las ligas de fútbol, los torneos de golf y de tenis, de las carreras de autos. Apenas se ha dado una mirada al acontecimiento después que fue cortada la cabeza del béisbol en el programa olímpico, no obstante la oposición de algunas importantes personalidades internacionales que se sumaron a las latinoamericanas dentro del COI. Pero no bastó. Cuba —tradicional monarca de los Juegos estivales—, y Japón, dos países que han enviado a sus estrellas a los torneos olímpicos, en respeto además a la actual filosofía de los Juegos, discutirán hoy la final de la Serie Mundial —¡sí de la verdadera Serie Mundial!— en San Diego, California. Qué mejor homenaje, y motivo de reflexión sobre el deporte excluido.

A la industria del béisbol rentado norteamericano no le han interesado una pizca los Olímpicos. Y, además, llegó tarde con el Clásico, después de mucho pujar, diseñado además para un happy end de las cotizadas estrellas norteamericanas, convertido en pesadilla por una selección mexicana con casi todos sus jugadores de su liga doméstica, y que también le había truncado el sueño ateniense en el Preolímpico de Panamá. Pero, en fin, el Clásico nació y más vale tarde que nunca.

Después de todo fue el principal exponente del olimpismo en el béisbol el que ha triunfado, para ayudar al mensaje de la gran popularidad, y herencia cultural que tiene este deporte en los pueblos de la región. Y por ello, en un intento de salvarlo en los Juegos cuatrienales, también Cuba aceptó el reto de competir en los Estados Unidos, a pesar de la tradicional desprotección institucional y jurídica en suelo anfitrión frente a los ladrones de talentos, y a sus ofertas millonarias. Más ojos aún se han volteado para la Isla después del Clásico, como la de los propios famosos protagonistas latinoamericanos de la llamada "Gran Carpa".

Después de dos semanas televisivas inéditas para la afición nacional y de mitos derrumbados —creados una parte por obra y gracia de nuestra imaginación, y el gran resto por la millonaria campaña publicitaria, con videojuegos incluidos— se sacan conclusiones como que los peloteros cubanos, continuadores de una tradición centenaria, le han impregnado algún ritmo que faltaba a esta jugosa salsa.

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19 de marzo de 2006