Claudio Parmiggiani

Silencio, humo, memoria

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

Poética impactante la de Claudio Parmiggiani. Solo un artista de su talento y sensibilidad puede lograr un efecto público mayúsculo de máximo rigor conceptual y alto vuelo metafórico, como el que desde el primer momento está ocasionando en esta Novena Bienal de La Habana a la que contribuye con su muestra-instalación Silencio a voz alta, en el Edificio de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes.

Por sí misma, la presencia de Parmiggiani prestigia la Bienal y habla de su condición humana. Un artista de su nivel internacional, altamente cotizado, no solo ha optado por estar en el evento de la capital cubana, sino que ha expresado un compromiso artístico y ético con su inserción en nuestra realidad. De tal modo creó esta instalación en Cuba, nutriéndose de nuestro entorno, creando, como confesó, “un vínculo espiritual con Cuba como país de resistencia”. Maestro por su extraordinario alcance, se puso en el plano de alumno: “Vine a aprender; es una tarea moral y ética de los artistas buscar pensamientos nuevos, renovarse; por eso estoy aquí, para aprender”.

A Parmiggiani (1943) suele adjudicársele un prominente sitio en el surgimiento del llamado arte povera (el término se debe al crítico italiano Germano Celant), junto a figuras como sus compatriotas Michelangelo Pistoletto, Giovanni Anselmo, Luciano Fabro y Giuseppe Penone, que tuvo como denominador común la utilización de materiales no convencionales, desechables o no, con tendencia a exaltar lo efímero y lo tangencial. Sin embargo Parmiggiani se desmarca de los cánones ortodoxos de esa noción. Alguna vez ha dicho que “para ser artista no es menester pertenecer a un grupo, no encontrar la legitimación a través de la homologación grupal; yo no sé lo que es arte conceptual ni pobre (...), solo se me ocurre llevar el arte, el mío propio, lejos de la teatralidad, vinculado a la soledad y al silencio”.

La obra que cubre el Museo Nacional de Bellas Artes plantea grandes interrogantes sobre la memoria y su pérdida, la huella y su evanescencia, el tiempo y la fuga hacia la eternidad. Es, al mismo tiempo, un discurso que oscila entre la percepción crítica y la aproximación nostálgica, sobre el hombre contemporáneo como productor y producto a la vez de la cultura.

Tiene como antecedente, según nos recuerda en el catálogo el curador de la muestra, Abel Herrero, una acción emprendida por Parmiggiani en la ciudad de Módena, en 1970, “después de haber vaciado un espacio dedicado a su exposición personal y haber expuesto en lugar de obras suyas, el vacío y las huellas dejadas por los objetos que allí yacían imperturbables. (...) En aquel momento el artista repuso los objetos en la posición anterior en que los había encontrado, hermetizó el lugar y aplicó fuego dentro de la sala con elementos que creaban una combustión ciega y cargada de hollín negro, creando así un pigmento denso e inmaterial que se convertiría en la tinta del fuego”.

El título, Silencio a voz alta, fue utilizado ya por el artista en una muy célebre instalación desplegada en septiembre del año pasado en el Palazzo dei Musei, de Módena, a base de campanas.

Aquí en La Habana, Parmiggiani ha vuelto al fuego, el hollín y el humo, revelando en las paredes anaqueles fantasmagóricos de libros, violines enmudecidos por las sombras, sombras de luces que alguna vez iluminaron, luces que se fugan hacia el tiempo inapresable.

Desde la semipenumbra que sugiere silencio, recogimiento, meditación, Parmiggiani levanta un grito de resistencia.