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No se pueden traicionar los sentimientos del
pueblo OSCAR SÁNCHEZ SERRA Como el son, la caña, el tabaco o el ron, el béisbol, o simplemente la pelota, para llamarla en buen cubano, es un indiscutible rasgo de identidad, de nacionalidad, de nuestra propia cultura. Despierta en cada uno de nosotros emociones incalculables, que llegan incluso a influir en los estados de ánimo. Por eso todo lo que atente contra la pelota, venga de donde venga, es una agresión a los sentimientos del pueblo. Y si la ofensa viene desde adentro es todavía peor, porque no se puede traicionar a quien asiste al estadio a ver el partido, ni al que en casa espera con ansia el juego por la televisión o a aquel que está de guardia en su centro de trabajo, pegado a la radio, siguiendo a su equipo, a sus jugadores preferidos. Nuestra pelota nos convoca masivamente, es hermoso ver los estadios repletos, como los hemos visto en estos partidos de play off de la Serie Nacional, cada grada respaldando a su elenco con verdadera pasión y orgullo por el terruño. Entonces es inadmisible, censurable y debe ser severamente castigado un hecho como el ocurrido el pasado domingo en el estadio José Antonio Huelga, que involucró a jugadores de los equipos de Sancti Spíritus e Industriales en un bochornoso espectáculo, porque a alguien se le ocurrió, en un instinto casi salvaje, blandiendo un bate como arma letal, saldar lo que interpretó como una ofensa. No se llena un estadio para ver una riña tumultuaria, no se puede privar a los cubanos y cubanas que con ansias aguardan el inicio de cada choque, de ver a sus peloteros en el terreno, cosa que pudiera pasar, y con razón y toda la fuerza de la justicia, tras las medidas que se tomen como consecuencia de lo ocurrido. Al estadio se va a disfrutar de un buen partido, a aplaudir las buenas jugadas, a estremecerse de emoción con un jonrón, un ponche, un doble play, o ante escenas como la del Augusto C. Sandino, también el domingo, en el partido entre Villa Clara y Santiago de Cuba, cuando Eduardo Paret, tras recibir la ovación por su retorno a los terrenos, conectó jit y al llegar a segunda base, pese a hundir más al rival, los santiagueros Luis M. Nava y Héctor Olivera, se abrazaron con él para darle el testimonio de su afecto y respeto, como homenaje a quien ha sido ejemplo en los diamantes de juego. El graderío aplaudió ensordecedoramente aquel gesto del adversario. El deporte es una emulación pacífica de las fuerzas controladas, dijo el Barón Pierre de Coubertin, restaurador en 1896 de los Juegos Olímpicos. Y nuestro José Martí expresó: Todos los pueblos tienen algo inmenso y majestuoso en común, más vasto que el cielo, más grande que la tierra, más luminoso que las estrellas, más ancho que el mar: el espíritu humano... El nuestro, que ha construido una profunda obra humana, también en el deporte, no debe permitir que nadie, bajo ninguna circunstancia empañe algo que quiere tanto como al béisbol. Este es el espíritu que debe reinar en nuestros parques beisboleros en cada partido de final de temporada, que no quiere decir que no se juegue con arrojo, combatividad y dando cada latido del corazón por la victoria. La rivalidad no es sinónimo de odio, sino de un buen espectáculo, la hidalguía no es guapería barata, es entrega y dedicación, en este caso por el triunfo que está esperando cada aficionado de su equipo. El Latinoamericano de los Industriales, de los grandes equipos Cuba, recibirá hoy a Sancti Spíritus, de seguro a gradas llenas, haciendo que la sangre casi se le congele al pelotero ante tanta exigencia. Y así como ha sido capaz de aplaudir a adversarios extranjeros por sus buenas jugadas, debe premiar también a un bando y a otro con su hospitalidad, con el reconocimiento a hombres que en cada turno al bate, en cada lanzamiento, son capaces de hincharnos el pecho, de sentirnos orgullosos de tener a una pelota y a peloteros, que están entre los mejores del mundo. 2 de marzo de 2010 |
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