Una
de las virtudes de leer se basa en que la relación que se
establece con un texto equis termina siendo una de las más
fuertes manifestaciones de la individualidad. Se trata —para
precisar— del diálogo de dos individualidades: una en un
grado alto de lucidez, y la otra emulando esa claridad,
primero, y más tarde, si es preciso, dejándose encaminar por
ella.
Tengo en cuenta un tipo de lectura ideal,
que parta de un libro impresionante, aunque finalmente no me
atreva a considerarme eso que llaman lector perspicaz. O al
menos frente a determinados textos, no lo soy. Pongamos por
caso estos Ensayos (Letras Cubanas, 2008), de Fina
García Marruz. Con inmediata sorpresa, uno comprende que no
será fácil guardar esa distancia que pide el comentario
prudente y, peor aún, que se dejará llevar por algunos
entusiasmos. Siete trabajos en torno a la poesía y a un
manojo de grandes poetas integran este libro, cuya primera
edición en tal forma corresponde al año 2003. La propia
autora da cuenta del tiempo transcurrido entre la aparición
del primero y la del último de estos ensayos, básicamente en
publicaciones periódicas: alrededor de cuarenta años.
Más allá del símbolo —o más acá, o acaso
frente a él—, al dar inicio a los Ensayos con el que
dedica a José Martí, Fina García Marruz establece una
especie de modulación que, como una madeja de sentido, habrá
de tamizar todo el libro. Escrita en 1951, cuando la autora
no tenía aún treinta años, esta aproximación al hombre
singularísimo y a una parte de su obra escrita, sigue siendo
en su presunta brevedad uno de los más penetrantes juicios
sobre el Apóstol de Cuba. García Marruz, quien ha dicho que
por un asunto de sensibilidades prefiere ser llamada poetisa
antes que poeta, advierte que todos los nombres reunidos en
este volumen son de alguna manera ascendientes de su vida y
de su escritura. José Lezama Lima, Juan Ramón Jiménez, María
Zambrano y Samuel Feijóo, se vuelven parte de una galería
personal, en la que lo afectivo no le resta agudeza a la
pesquisa filológica. Parece al revés: como no es posible
obviar determinadas confluencias afectuosas, se hace
necesario arriesgarse a comprender a fondo. Esa relación
asentada en el respeto traspasa cualquier ámbito estrecho y
se vuelve legible para todos: se instala en la cultura sagaz
y concienzudamente.
Sospecho que el difícil género del ensayo se
torna más vigoroso cuando echa a un lado aquella intención
de neutralidad que se empeña en ocultar la marca del
individuo para que brille a plenitud la ciencia. Inclinado a
estas alturas hacia el texto de cualquier tipo en el que se
haga manifiesta la marca del estilo, admiro estos trabajos
de Fina García Marruz a base de saber, conjetura, y una
personalidad que sabe ser dúctil y al mismo tiempo
penetrante.