El
Che, cuando empuñó de nuevo las armas, no estaba pensando en una
victoria inmediata, no estaba pensando en un triunfo rápido frente a
las fuerzas de las oligarquías y del imperialismo. Su mente de
combatiente experimentado estaba preparada para una lucha prolongada
de 5, de 10, de 15, de 20 años si fuera necesario. ¡Él estaba
dispuesto a luchar cinco, diez, quince, veinte años, toda la vida si
fuese necesario!
Y es con esa perspectiva en el tiempo en que su muerte, en que su
ejemplo —que es lo que debemos decir—, tendrá una repercusión
tremenda, tendrá una fuerza invencible.
Su capacidad como jefe y su experiencia en vano tratan de
negarlas quienes se aferran al golpe de fortuna. Che era un jefe
militar extraordinariamente capaz. Pero cuando nosotros recordamos
al Che, cuando nosotros pensamos en el Che, no estamos pensando
fundamentalmente en sus virtudes militares. ¡No! La guerra es un
medio y no un fin, la guerra es un instrumento de los
revolucionarios. ¡Lo importante es la revolución, lo importante es
la causa revolucionaria, las ideas revolucionarias, los objetivos
revolucionarios, los sentimientos revolucionarios, las virtudes
revolucionarias!
Y es en ese campo, en el campo de las ideas, en el campo de los
sentimientos, en el campo de las virtudes revolucionarias, en el
campo de la inteligencia, aparte de sus virtudes militares, donde
nosotros sentimos la tremenda pérdida que para el movimiento
revolucionario ha significado su muerte.
Porque Che reunía, en su extraordinaria personalidad, virtudes
que rara vez aparecen juntas. Él descolló como hombre de acción
insuperable, pero Che no solo era un hombre de acción insuperable:
Che era un hombre de pensamiento profundo, de inteligencia
visionaria, un hombre de profunda cultura. Es decir que reunía en su
persona al hombre de ideas y al hombre de acción.
Pero no es que reuniera esa doble característica de ser hombre de
ideas, y de ideas profundas, la de ser hombre de acción, sino que
Che reunía como revolucionario las virtudes que pueden definirse
como la más cabal expresión de las virtudes de un revolucionario:
hombre íntegro a carta cabal, hombre de honradez suprema, de
sinceridad absoluta, hombre de vida estoica y espartana, hombre a
quien prácticamente en su conducta no se le puede encontrar una sola
mancha. Constituyó por sus virtudes lo que puede llamarse un
verdadero modelo de revolucionario.
Suele, a la hora de la muerte de los hombres, hacerse discursos,
suele destacarse virtudes, pero pocas veces como en esta ocasión se
puede decir con más justicia, con más exactitud de un hombre lo que
decimos del Che: ¡Que constituyó un verdadero ejemplo de virtudes
revolucionarias!