Todo el mundo en el estadio rompió a reír. El árbitro fue hasta
la intermedia y conminó al corredor a regresar, pero este le replicó
que le enseñara una regla en el béisbol prohibiendo lo que él
acababa de hacer. Sin proponérselo, Edgar Edward "Ned" Cuthbert se
había convertido en el primer robador de bases de la historia.
Jugada siempre polémica, una de las más arriesgadas del béisbol,
tuvo una época dorada a principios del siglo pasado, principalmente
porque la pelota era muerta, con muy poco bote, los batazos de
cuatro esquinas escaseaban y anotar carreras resultaba algo
verdaderamente difícil.
Después, a partir de 1920, con el advenimiento de una bola mucho
más viva por la aparición del centro de corcho y de caucho, comenzó
una era de tremenda ofensiva, con bateadores capaces de conectar 40,
50 y hasta 60 jonrones. Ya no hacía falta arriesgar a un hombre,
pues con un solo swing se podían marcar anotaciones, y por lo
tanto estafar bases co-menzó a perder adeptos.
Con altibajos constantes, esta jugada se ha mantenido así hasta
nuestros días. Un ejemplo: en la pasada 52 Serie Nacional se
perpetraron 322 estafas en 368 juegos, a 0,875 por partido, lo cual
dice a las claras que se prefiere depender del batazo. Como datos
interesantes digamos que Enrique Díaz robó 726 en 26 campañas, para
ser el líder; seguido por Víctor Mesa, 588 en 19 temporadas;
mientras Eduardo Paret alcanzó 474 en 18 ediciones.
Valdría la pena preguntarse: ¿cuán difícil es avanzar una base
únicamente apoyado en la velocidad?
Un reciente estudio realizado por expertos en esa nueva ciencia
de la estadística llamada Sabermetria demuestra que los intentos de
robar una base decrecen en un gran porciento a medida que es menor
el tiempo en que el lanzador suelta la pelota y el receptor recibe,
cambia la bola hacia la mano de tirar y dispara hacia la
almohadilla.
De hecho, cuando pitcher y catcher combinan sus
respectivos tiempos hasta reducirlos a tres segundos y 25 centésimas
los intentos de robo sumaron 687, con el 61,4 % de efectividad. Pero
con 15 centésimas más de demora, 3,40, el porciento de intentos
exitosos se elevó hasta 68,7. Otras 15 centésimas más de tiempo al
corredor, o sea, 3,55 segundos, permiten el 73,9 de éxito a los
presuntos estafadores. Y si el lanzador y el receptor se demoran más
allá de 3,55 los robos de bases aumentan hasta el 77,1 %.
El promedio de un buen receptor para recibir la pelota y tirar a
la base es de dos segundos; el de un lanzador de movimientos rápidos
en el box es de 1,4; sumados ambos es de 3,4. La coordinación
necesaria entre los dos para reducir ese tiempo es primordial,
teniendo en cuenta, además, que al corredor no le basta con ser
rápido, tiene que ser también hábil y estudioso de las
características del pitcher y el catcher rival.
A "Ned" Cuthbert le fue mucho más fácil hace casi siglo y medio
atrás. Nadie lo esperaba. Hoy en día estafar una base es todo un
arte.