Hasta
la fría Lituania llegó Osiris huyendo del calor y su precaria
situación en San Pedrito. Y el hecho de que una mulata santiaguera
aplicara la popular teoría de cerrar los ojos y tragar amargo para
conseguir casarse con Alexander Petrovich, un hombre a quien nunca
amó pero que vio como única visa para salir en busca de una ilusión
engañosa, es solo un motivo para contextualizar el monólogo Las
Lágrimas no hacen ruido al caer.
Interpretada por la versátil actriz Monse Duany, la obra es el
último e inconcluso texto del desaparecido dramaturgo Alberto Pedro
(1954-2005), considerado uno de nuestros mejores autores dramáticos.
El monólogo llegó a las tablas el pasado 12 de septiembre y se
mantiene en cartelera martes, miércoles y jueves, a las 7:00 p.m, en
el Café Teatro del Centro Cultural Bertolt Brecht.
La llegada y su nueva vida no fueron, en muchos sentidos, como
Osiris esperaba. El desamor y la soledad, entre tanto frío, se
fueron apoderando de ella. No era creyente ni religiosa pero se hizo
"santo" en Lituania para espantar de su cuerpo el espíritu ardiente
de otra cubana, también de San Pedrito, célebre por su fogaje y su
voz.
Por más que intentó evitarlo, frente al espejo Osiris se
convertía en la tremenda Guadalupe Yoli Raymond, conocida
mundialmente con el nombre de la Lupe. Y así es como, obsesionada y
perseguida por la figura de la cantante, la mulata se debate en una
dualidad de personajes desde el mismo comienzo de la obra.
Bajo la dirección del joven Miguel Abreu, el montaje de Las
lágrimas no hacen ruido al caer se presenta ante el espectador
como un texto dramático musical cargado de temas recurrentes en la
dramaturgia cubana contemporánea (la diáspora, el sincretismo
religioso, el interés, el feminismo). Aunque no por ello deja de
resultar interesante, sobre todo si hablamos de términos sensitivos.
Y digo esto porque en medio de la sala oscura da la sensación de
que la Lupe está subida nuevamente en el escenario —no es la primera
vez que la emblemática cantante llega al teatro—, mérito enteramente
atribuible a la capacidad histriónica de Duany, una actriz
temperamental, de método, que sabe bien adónde quiere llegar con sus
interpretaciones.
Durante más de una hora actuando encima de una estera —como único
escenario— la intérprete va desnudando sus personajes y sus
problemas de manera tan veraz que logra una inmediata identificación
del público con lo que discurre encima de las tablas.
Temas que hiciera antológicos la Lupe como Fever o
Fíjense son asumidos oportunamente por la actriz a la vez que
narra las míticas leyendas de la cantante y establece similitudes
con la vida del otro personaje.
"Eres de San Pedrito, en Santiago de Cuba como yo. ¡Necesito
volver a pecar, o lo que es mejor, necesito volver a escapar del
pecado! Te repito que no tengo tiempo. Estoy apurada. ¡Dame visa en
tu materialidad!", le dice la Lupe a Osiris en la puesta.
Así la actriz se debate en esta crisis en paralelo. En su misma
piel asume dos mujeres víctimas de sus decisiones (una en forma de
espíritu que lucha por entrar en un cuerpo material y otra que
intenta no volverse loca) y logra, en medio de lágrimas silenciosas,
catarsis y estupores, salir más que airosa.
Con esta obra lo sensitivo no queda en términos imprecisos.
Sufrimiento, desesperanza, de-sarraigo, crudeza e incertidumbre
podrá encontrar todo aquel que decida disfrutar de este monólogo,
que bien pudiera colarse en la programación del próximo Festival del
Monólogo Latinoamericano de Cienfuegos o extender su temporada en
giras nacionales.