"¿Para qué contrariar si la orientación viene desde arriba?",
aducen con frecuencia algunos cubanos en los más insospechados
espacios y lugares. Con semejante cuestionamiento encuentran la
"mejor" excusa para callar en el momento de emitir un criterio,
aunque luego, extraoficialmente, hablen hasta por los codos contra
lo que ellos mismos aprobaron. Hay quienes levantan incluso sus dos
manos para ratificar un sí, aun cuando consideran que antes debía
indagarse mejor, volver a sacar cuentas o analizarse otros aspectos.
Resulta lamentable que en calles o pasillos alguien murmure o
grite a los cuatro vientos lo que debió decir a su jefe o compañero
de trabajo cuando le pidieron opinión. Y entonces, por no contrariar
a un superior, o a la mayoría, a veces se desvanecen importantes
puntos de vista que de tenerse en cuenta permitirían aplicar mejores
soluciones y ampliar las alternativas ante un hecho.
Quizás el silencio sea para muchos el camino más fácil. Quizás
todavía algunos se amilanen con las variadas anécdotas que podamos
encontrar en el día a día sobre personas que han sido tildadas de
"problemáticas" por ir "contra la corriente". Pero lo cierto es que
resulta un imperativo pasar de las "habladurías" de aceras para
emitir opiniones en el escenario y momento apropiados. Entonces sí
quedará a un lado el camino del silencio.
No por casualidad en numerosas ocasiones el General de Ejército
Raúl Castro Ruz se ha referido a la necesidad de no temer a las
discrepancias pues, como ya se ha demostrado, siempre que el
criterio se ejerce con responsabilidad y sanos propósitos, el
intercambio de opiniones divergentes deja las mejores soluciones.
La unanimidad absoluta generalmente es ficticia y por tanto
dañina. La contradicción, cuando no es antagónica, es motor del
desarrollo, ha reiterado también el Presidente de los Consejos de
Estado y de Ministros. Los resultados finales generados en los
debates sucedidos en los más variados escenarios durante los últimos
años constituyen muestra fehaciente de ello.
Sin embargo, hay quienes continúan "mordiéndose la lengua" en vez
de opinar, y asienten mecánicamente cuando la respuesta debía ser
"vamos a analizar". Junto a ellos aparecen también quienes se
trastrocan en simuladores, y para no contrariar, a todo dicen "¡sí,
jefe!" como un eslogan, lo cual realmente daña mucho más de lo que
beneficia.
¿Por qué pensar que un juicio valida por sí solo la eficacia de
una decisión o punto de vista? ¿Por qué creer que un criterio es
infalible o absoluto? ¿Por qué dar por sentado que nadie escuchará
nuestros criterios? A debatir y emitir criterios sin temores estamos
llamados desde hace mucho tiempo. ¿Por qué continuar murmurando
entonces a espaldas de la sociedad, a espaldas del país, a espaldas
de nosotros mismos?
Sin embargo, callar resulta solo una parte de la historia. La
responsabilidad de aprovechar mejor los sobrados espacios que
tenemos para opinar sobre nuestros problemas cotidianos o sacar a la
luz nuestros puntos de vista no solo recae en quienes prefieren
hacer silencio en una asamblea o ante el buró de su jefe.
También los del otro lado tienen un papel importante que
desempeñar en este sentido, pues no siempre están preparados para
pedir criterios y aceptar análisis o críticas sobre el tema a
debate. Para ello urge aprender a valorar, a analizar, a crear un
verdadero ambiente de confianza en el cual se escuchen cada una de
las opiniones sin prejuicios, acertada fórmula a la que en más de
una ocasión hemos sido convocados.
Solo en un marco de respeto y compromiso, la expresión de ideas y
conceptos diversos permite siempre que las discrepancias se asuman
como algo natural. Solo así, la diversidad de criterios contribuirá
realmente a enriquecer y perfeccionar, sin fomentar bajo ningún
precepto el efecto contrario.