La historia, colmada de justificaciones, falta de gestión y
promesas lanzadas al vacío, se repite una y otra vez, pues similares
excusas se emplearon en calendarios anteriores, solo que entonces el
"culpable" de los infortunios en el orden productivo fue, por
ejemplo, el no contar oportunamente con semilla de yuca.
Tales argumentos se desvanecen cuando el doctor en ciencias
Sergio Rodríguez Morales, director del Instituto Nacional de
Investigaciones de Viandas Tropicales (INIVIT), asegura que su
institución dispone hoy de bancos de germoplasmas con cientos de
variedades de boniato, malanga, plátano, yuca y ñame.
Ese variopinto abanico de semillas de probado potencial genético
ofrece a los productores la posibilidad de seleccionar la simiente
que mejor se adecue a las condiciones climáticas y características
del suelo de cada lugar, exigencia que los especialistas llaman
interacción genotipo-ambiente.
¿Qué sucede entonces? Simple y llanamente que en algunas
entidades no se aplica el axioma anterior y el empirismo infundado
conlleva al empleo de semilla envejecida fisiológicamente, sometida
al embate de plagas y enfermedades, todo lo cual repercute de manera
negativa en los rendimientos agrícolas.
En otros lugares se ha descuidado, por no decir abandonado, la
producción de semilla certificada en fincas especializadas para
ello, y se incurre en la compra de clones a terceros (dentro o fuera
de la provincia) sin mediar al menos un somero análisis de su
calidad y posibilidades de adaptación al medio específico.
Con marcada insistencia, el director del INIVIT explica que el 50
% del incremento de los rendimientos agrícolas depende de la semilla
y sus variedades, y el resto de los insumos, por lo que, antes de
pedir fertilizantes y combustibles, debe seleccionarse primero que
todo una simiente sana y de alto valor genético.
No observar ese principio elemental, unido a la chapucería en las
siembras, la deficiente rotación de los cultivos y otras
indisciplinas tecnológicas, provoca que se "entierren" recursos sin
un respaldo productivo, causante también de los inconvenientes
financieros que hoy presentan algunas entidades.
Si a tales problemas se suma el no óptimo aprovechamiento de las
áreas bajo riego y el atraso en la puesta en marcha de nuevas
inversiones, cabe suponer que los resultados disten de los
propósitos de las autoridades locales para revertir la situación y
deje de ser Camagüey dependiente de las importaciones de productos
agrícolas desde otros territorios del país.
Diversificar las producciones, aplicar con mayor rigor la ciencia
y la técnica, romper el quietismo y la pereza, y ejercer un mayor
control a pie de surco, más que meras consignas de ocasión,
constituyen exigencias inaplazables para una provincia que, además
de ganadera por excelencia, debe vencer también esa asignatura que
tiene pendiente aún.