Pudiera
resultar contradictorio, sobre todo si se conoce que el judo y la
pelota eran sus pasiones de niño, y que incluso practicó fútbol en
el Náutico, insertado en la Liga Benéfica. Todo eso antes de que,
por una cuestión de mero embullo, según el mismo confesara, decidió
iniciarse en la esgrima a los 15 años, específicamente en la
modalidad de florete.
Lo cierto es que para Eduardo Jons, fama se escribe con F de
sacrificio, esfuerzo, y a sus 62 años continúa siendo el primero en
llegar a cada sesión de entrenamiento, cuestión que siempre le ha
inculcado a las disímiles generaciones de floretistas que ha
formado.
Y justamente por estos días recibió una noticia que no dudó en
calificar como uno de los momentos más felices de su vida: será
exaltado al Salón de la Fama de la Federación Internacional de
Esgrima, selecta membresía que constará de cien agraciados de las
más disímiles latitudes, entre ellos los también cubanos Ramón Fonst,
Rafaela González y Rolando Túcker.
Intentamos asestarle un touché en el Cerro Pelado, pero
con esa sangre fría de quien militó 12 años en el equipo nacional
(1967-1979) y la experiencia de más de 30 años como mentor, se
defendió y contraatacó ante cada una de nuestras interrogantes:
—Inicios y cómo llega a comandar los elencos elite...
"Estudiaba en Ciudad Libertad, pues mi padre fue combatiente de
la columna ocho Ciro Redondo y vivíamos en las inmediaciones del
antiguo Cuartel Columbia, en la unidad número seis. Me inicié en el
gimnasio Marcelo Salado, y entrené, además, en el Complejo Deportivo
Eduardo Saborit y en la ESPA provincial Manuel Permuy, de La Lisa.
Del 1975 al 1979 simultaneé responsabilidades de atleta y
entrenador, hasta que en 1980 comencé con el seleccionado nacional
femenino.
"Escogí el florete porque sencillamente era el arma básica
entonces, demanda pensamiento táctico, precisión y habilidades
mayores, por ser la zona de toque más restringida. En esa época
tenía bajo mi mando a una armada de nivel, con Margarita Rodríguez,
Mercedes del Risco y Clara Alfonso, entre otras.
"Posteriormente y ante la necesidad de homologar y estabilizar
esos resultados en el sector varonil también, comencé a trabajar con
el florete masculino en 1983, junto a Eugenio Socarrás y Leonel
Bacallao.
"Ese mismo año se alcanzó el bronce por colectivos en el
Campeonato Mundial de Viena, Austria, puede decirse que marcó el
comienzo de una era —más de una década— al máximo nivel".
—¿La clave para prolongar ese palmarés?
"La preparación es esencial, lograr una óptima depende de varias
cuestiones, no solo física, técnica y el complemento psicológico. Se
conjugó en esa etapa una generación de atletas de grandes
potencialidades que venían despuntando con resultados desde las
categorías cadete y juvenil (Elvis Gregory, Oscar García, Rolando
Túcker, Tulio Díaz y Guillermo Betancourt, entre otros). Hoy día no
existe ese tránsito, fogueo, volumen de asaltos de relieve.
Juveniles y consagrados coexisten en una preselección única. Además,
en ocasiones el armamento no está cubierto completamente. La clave
radica en lograr un equilibrio entre disciplina, entrega, sed de
triunfo, estudio y conocimiento de los rivales. Solíamos medirnos
con las principales potencias del florete, todos querían cruzar
aceros con nosotros.
"Imagina que llegamos a colocar a tres hombres entre los cinco
punteros del ranking mundial".
A propósito de podio... ¿Tres momentos cimeros?
Los Campeonatos Mundiales de Budapest, Hungría (1991) y The Hague,
Holanda (1995), en ambos nuestra selección se coronó. El segundo,
los Olímpicos de Barcelona, esa presea de plata, los mosqueteros
antillanos ganaban 8-5 y terminaron igualados con los alemanes a
ocho. Para todos fue un oro. De hecho, lo acariciamos hasta el
último toque. Encima estuvo el bronce individual de Gregory. El
tercero, y no menos importante, el que vivo por estos días con la
noticia del Salón de la Fama. Una inyección para seguir trabajando,
continuar siendo el primero en llegar, y el reconocimiento del
pueblo de Cuba, internacionalmente y de muchos colegas".
—¿Sabor amargo y estado actual de sus discípulos?
"El más amargo, los Panamericanos de Guadalajara 2011, nos fuimos
sin medalla. Cuando has estado tanto tiempo en la gloria es difícil
adaptarse al cambio negativo. Hoy confío en esta generación de
alumnos, tienen disciplina y aspiración. Si se conjuga la constancia
en el trabajo con un poco de condiciones llegarán los resultados".
Esa, como una especie de ataque a fondo certero, fue su
sentencia.