En este caso quiero distinguir el oficio, el compromiso y la
inteligencia de Lázaro Valdés, un pianista que ha sabido andar con
pie firme por los más despejados laberintos del jazz cubano y que al
fin cuenta con un elocuente testimonio de su labor al frente de la
agrupación Son Jazz mediante la grabación del disco Manteca,
por la casa Bis Music, de Artex.
Lázaro nos recuerda que el jazz y la descarga cubana, la que se
puso en boga hacia la medianía del siglo pasado, en la llamada era
de los combos, se entrecruzan en una trama inseparable, a tal punto
que no es posible determinar dónde comienza y termina lo propiamente
jazzístico en medio de la recreación de especies tan cubanas como la
danza criolla, el danzón, son y el bolero. Debe tenerse en cuenta,
también, que los músicos de la generación de Lázaro, y aún de las
inmediatas anteriores, se formaron en una práctica cotidiana que
desprejuiciadamente asumía lo de aquí y lo de allá; lo importante
era hacer bien las cosas, y, sobre todo, transmitir un estado de
gozo. En tal sentido, Lázaro pertenece de alguna manera al linaje
del viejo Peruchín y del inolvidable Frank Emilio Flynn.
Manteca honra esa línea. Aunque por momentos se desplaza
hacia los tópicos de la música popular bailable e introduce tonadas
y estribillos que ponen en tensión la deseable coherencia del
registro sonoro. Sé que ese es el costo de las exigencias cumplidas
por la agrupación al presentarse en diversos escenarios extranjeros
y nacionales concebidos para uso turístico.
Lo fundamental, insisto, está en el espíritu de la descarga,
sustentada en los diálogos del piano con una espléndida y sólida
base rítmica integrada por Orlando Diego Vidal en la percusión, la
contrabajista Zayda Rodríguez, y sus colegas Fernando Tort y Jorge
González Azzé.
Bajo ese concepto, el disco presenta una sobresaliente versión
del tema que da título al fonograma, Manteca, de Dizzy
Gillespie y Chano Pozo, que va mucho más allá de los estándares al
uso, con un toque de humor postmoderno; una ingeniosa recreación del
Estudio no. 10 op.12, de Chopin; y sorprendentes
reinterpretaciones de la añeja contradanza San Pascual Bailón
y los danzones Tres lindas cubanas, de Antonio María Roméu, y
Las Alturas de Simpson, de Miguel Faílde; y una aproximación
"afro" al costado hispano de Lecuona. Para refrescar, un socorrido
estándar, Hojas muertas. Y una reverencia al legado del
García Caturla de la Berceuse campesina.