Por pura casualidad el tío Manolo, también mi padrino, no había
nacido en España como todos sus hermanos. Pero parecía un gallego de
la época con su boina negra, su camiseta de botones, los músculos de
estibador a flor de piel y el vozarrón con zetas acentuando
estridencias debido a su sordera.
Sordo de cañón era y lo comprobé más de una vez haciéndole
estallar cohetes junto a la almohada mientras dormía. Cohetes de a
cinco centavos, de a diez centavos y hasta la loca inversión de una
peseta en un cohetazo que hubiera servido para descarrilar un tren y
que puso en vilo a los vecinos del Pasaje Duque, en Lawton, un
mediodía dominguero de 1955 sin que él se despertara.
Casado con una hermana de mi padre, para comunicarse con el tío
Manolo había que hacerlo mediante señas o escribiéndole en
papelitos. No entendía mi mala letra de niño de diez años todavía
sin asimilar el sistema Palmer, así es que estuve obligado a
elaborar un rudimentario sistema de señales para comentarle las
películas del oeste que solíamos ver en televisión, a las siete de
la noche (Roy Roger, Gene Autry, Tex Ritter, cowboys todos
pasados por agua y para quienes la guitarra y las canciones eran más
importantes que sus revólveres).
Le encantaban los filmes del oeste al tío Manolo y los domingos
me llevaba al cine a ver vaqueros más acerados y nada musicales,
como Gary Cooper y Randolph Scott, actores más que maduros con la
suerte de que las jóvenes que Hollywood les enviaba al oeste ––por
obra del guion–– se enamoraran de ellos.
Disfrutaba el tío Manolo con aquellas películas, pero la figura
de Martí era para él como una obsesión. Tenía muchos libros de (y
sobre) Martí y pasaba horas leyendo y subrayando textos. También
recortaba fotos y artículos aparecidos en la prensa, que guardaba en
un armario de donde podían surgir los objetos más inesperados.
De niño no pude explicarme con claridad su devoción martiana por
la sencilla razón de que siempre lo vi "por fuera" como "un
gallego", y si España había luchado contra Cuba para impedir su
independencia, cómo podía ser entonces él tan patriota y martiano.
Al morir, hace ya muchos años, heredé todos aquellos libros y fue
leyendo —como ahora mismo vuelvo a hacerlo–– los muchos subrayados y
notas al margen que dejó, que pude entender realmente quién era el
tío Manolo por dentro.