Reconocido constitucionalmente está: mujeres y hombres gozan de
iguales derechos en Cuba. Más de cinco décadas revolucionando malas
prácticas dan fe del espíritu inclusivo de nuestra Ley de leyes.
A estas alturas casi nadie se queda pasmado cuando las proezas
cotidianas llevan nombres de mujer, cuando la más trascendente de
las decisiones está amparada por sus firmas o cuando salen ilesas de
la aniquiladora vorágine de la casa.
Cierto es que tienen su espacio, ganado más que dado. Pero
—siempre habrá un pero para nunca conformarnos—, aún quedan
agazapados en algún espacio cerebral los prejuicios, añejados e
inamovibles, que acortan sus luces. Y puede haber para ellos muchas
causas, pueden también llenarse todas las cuartillas disponibles.
Sin embargo, prefiero quedarme con los efectos de una educación
machista hasta la médula que, aún a estas alturas, divide el mundo
en matices azules y rosados, y que, contradictoriamente, tiene
muchas veces a la mujer como su principal promotora.
Lo que empieza con la búsqueda desesperada de una canastilla
exclusivamente rosa, o añil, va enredándose en el complejo armazón
de los "hasta aquí sí" o los "hasta aquí no", porque "qué va a
pensar la gente".
Entonces sobrevienen los límites en los juegos infantiles, para
ellas las muñecas, para ellos los carros; los horarios restringidos,
para ellas hasta la media noche, para ellos hasta el amanecer; la
contabilización de los noviazgos, para ellas "mientras menos,
mejor", para ellos "mientras más tengan, más hombría habrá"; o la
división de roles, ellas friegan, limpian, cocinan... ellos clavan
puntillas o botan la basura.
Así se va formando un modo de vida que trasciende, siempre, el
estrecho marco del hogar para reproducirse en otros espacios menos
íntimos. Y lo que comenzó siendo la terrible enseñanza de que los
varones no lloran o las niñas son la delicadeza hecha persona,
termina en el mayor de los fiascos porque la vida, por suerte, es
más abarcadora.
Por ello a lo legislado por el Estado en materia de igualdad de
géneros, lo lacera la persistente historia del machismo en Cuba, esa
que se ha ido construyendo desde el hogar donde, por ejemplo, la
mujer extiende hasta el infinito su jornada laboral como si fuera lo
más normal de este rudo mundo.
Y pongo esta vez el ojo crítico sobre las féminas, en su mirada
muchas veces pasiva ante el tema o, en el peor de los casos, en su
recurrencia a seguir plantando en buena tierra los cánones infames
que "engordan" el machismo. A cuántas abuelas hemos escuchado
poniendo por ley que en su cocina no entran los hombres; a cuántas
esposas hemos oído decir que sus esposos son buenos porque las
ayudan en la casa, como si el hogar anduviera sobre sus espaldas y
aceptaran de vez en vez una mano; cuántas madres alaban a los padres
porque auxilian en la educación del hijo como si esa no fuera
responsabilidad compartida, obligada; cuántas veces hemos escuchado
este tipo de justificaciones: "el pobre, no me ayuda porque no sabe
hacer las cosas", como si quien habla hubiese nacido con un "don"
especial para planchar, lavar, cocinar, fregar...
Ese ha sido el círculo vicioso. Y es muy difícil haber crecido
dentro de él y construir desde una perspectiva diferente los nuevos
núcleos familiares, por tanto, la nueva sociedad. Podrán seguir
siendo titulares las cifras de mujeres que ocupan altos cargos, se
vinculan a la producción o a los servicios, y se gradúan en las
universidades o en institutos técnicos. Podrán también imprimirse
millones de ejemplares de la Constitución cubana y ponerle eco al
artículo que refrenda la igualdad. Pero si la familia sigue siendo
el crisol donde se multiplican los prejuicios, la paridad entre
hombres y mujeres seguirá siendo un espejismo.
Porque asumir altas responsabilidades, trabajar fuera del hogar o
estudiar, implicará siempre un esfuerzo doble para quien nació bajo
el hermoso signo de la feminidad. Entonces, constitucionalmente, sí
somos iguales, pero la práctica indica que no es tanto así.