Suspendido de empleo y sueldo durante cinco partidos, el
venezolano corrió desde Filadelfia (donde jugaban) para su obligado
acto de constricción en conferencia de prensa, en la Pequeña Habana,
un intento por calmar a Carlos Giménez, alcalde del condado Miami-Dade;
al comisionado de la ciudad, Joe Martínez, y a Lincoln Díaz-Balart,
quien desde su silla del restaurante Versailles no faltó entre los
ofendidos que "respetan los principios de vivir en un país libre de
condenar ese comentario".
Antes de la conferencia de prensa circuló un comunicado que
exigía a Guillén "dejar en claro" sus opiniones sobre Fidel. Ya
entonces el revuelo de los corifeos incitaba a los fanáticos de los
Marlins, por radio, televisión, correos electrónicos y de boca en
boca a no presenciar los partidos del elenco si el venezolano
permanecía en su dirección.
Similar repulsa afrontó el manager cuando en el 2005, al ganar la
Serie Mundial con los Medias Blancas del Chicago, gritó ¡Viva
Chávez! Ahora, su arrepentimiento bajo coacción y el ultraje a su
dignidad marcaron un récord, ante el odio visceral de la mafia de
Miami.