Como cada año, la esperada muestra de nuevos realizadores
congregó en la Sala Charles Chaplin a un público mayoritariamente
joven e interesado en ver en las pantallas cubanas diferentes
dimensiones de su realidad, planteadas de una manera sincera,
inteligente y creativa.
Cada vez que la Muestra Joven se logra llevar a cabo es un voto a
favor de un cine participativo que apuesta por el riesgo, la
valentía y la edificante polémica, (¿por qué no?). Un cine que
esboza audaces y necesarias miradas en torno a la sociedad cubana y
espejea las múltiples inquietudes que mueven el motor artístico de
las nuevas generaciones de creadores.
Pero muchos de los planteamientos cinematográficos esbozados por
los realizadores no deberían pasar como un mero asunto anecdótico.
De hecho, pudieran beneficiarse de mayor atención mediática ya que
contribuyen con franqueza y naturalidad a revelar diversas
situaciones que inciden en la sociedad y permiten, entonces, buscar
soluciones y estrategias para dilucidarlas.
En tal sentido, se deben instaurar alternativas que ensanchen los
horizontes de este encuentro y faciliten exhibir sus obras en otros
circuitos cinematográficos así como en espacios televisivos
diseñados para ello —algo y no poco ya se está haciendo—, lo que
tributaría considerablemente al desarrollo profesional de los
noveles cineastas y a su imprescindible vinculación con un sector de
público más amplio. Eso, quién lo duda, contribuiría de forma eficaz
a que los jóvenes realizadores amplíen su radio de acción y se
beneficien de otras vías de promoción más allá de la Muestra, de sus
espacios adyacentes, y de la consabida divulgación de sus obras de
mano en mano, a través de los más variados soportes electrónicos.
Como otros de los logros incontestables de la cita cabe señalar
que, poco a poco, ha sabido implementar mecanismos orientados a
estimular la creación audiovisual, aunar la creciente producción
fílmica realizada de forma independiente y visibilizar la
responsabilidad social asumida por los nuevos cineastas cuando se
las agencian para colocarse detrás de las cámaras. De manera
similar, se puede decir que ha favorecido que se mire, con nuevos
ojos, el acercamiento del cine joven a la realidad social por
compleja que sea, y lo ha hecho mediante la proyección de materiales
que confirman definitivamente el compromiso generacional de sus
autores con su época y con los derroteros del país, enfoque que ha
sostenido este evento desde que comenzó a dar sus primeros pasos.
En esta oncena edición, dedicada a la joven directora de
fotografía, Yanay Arauz, recientemente fallecida, concursaron 87
obras en las diversas categorías en competencia. El jurado,
presidido por Miguel Coyula, e integrado además por Daniel Díaz
Ravelo, Beatriz Viñas, Yanelvis González y Rubén Valdés, concedió el
premio en el rubro de Mejor Documental a De agua dulce, de
Damián Saínz, y en el apartado de mejor ficción salió vencedora
Camionero, de Sebastián Miló. Esta última también obtuvo el
lauro en Mejor Música Original, a cargo de Yoan Yabor.
Entretanto, el galardón en la categoría de Mejor Animación lo
alcanzó Uvero, de Arian Enrique Pernas; mientras que el
Premio al Riesgo y Búsqueda Artística recayó en La piscina,
de Carlos M. Quintela. Por su parte, la Asociación Hermanos Saíz
reconoció a Un adiós es suficiente, de Israel Consuegra y Liz
López.
Durante la Muestra también se impulsaron jornadas de debates,
encuentros teóricos y quedaron inauguradas las exposiciones
fotográficas El hombre nuevo, de Jaime Prendes y El viaje,
de Alain Aspiolea.