1911 en la máquina del tiempo

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

Un siglo atrás, las cubanas y los cubanos que recibieron el primer día de 1911 sabían que el mundo estaba cambiando, pero no tenían aún la certeza de cuánto. Faltaban tres años y medio para que se desatara la Primera Guerra Mundial y las noticias viajaban con cierta lentitud de uno a otro lado del Atlántico. La grisura de una república incompleta penetraba todos los resquicios de la vida pública, pero pocos poseían conciencia plena de la frustración. El mambisado, disuelto y mal pensionado, comenzaba a envejecer en la inacción. Unos cuantos generales y doctores se atrincheraban en puestos de la administración, se aliaban a los intereses foráneos y aconsejaban a la ciudadanía a convivir con la Enmienda Platt, impuesta por los yankis, y con la espada de Damocles de una posible tercera intervención si las cosas se iban de las manos.

Entre los antiguos esclavos y sus descendientes, liderados por negros y mestizos que habían logrado acceder a las llamadas profesiones liberales, se acrecentaba la inquietud. Pero 1911 no sería todavía el año del estallido. José Miguel Gómez, aupado por el Partido Liberal, gobernaba el país como si la isla fuera una hacienda.

Jorge Negrete, ídolo de multitudes.

Se bailaban danzones con piquetes estilo charanga francesa y, los que podían, vestían paños, cachemires, y corduroyes ante el airecillo invernal; las damas no enseñaban los tobillos y los noviazgos duraban una eternidad.

La velocidad de los fotingos asustaba a peatones y bestias de tiro en una Habana donde, según el testimonio de Alejo Carpentier, los lecheros recorrían con sus vacas los barrios y ordeñaban a la vista del cliente la toma diaria.

Nada que ver aquel tiempo municipal y espeso con los adelantos científicos y técnicos que se avizoraban. En ese mismo 1911 el suizo Claudius Dornier construyó el primer avión con fuselaje completamente metálico, el norteamericano Glenn H. Curtis descendería sobre las aguas con un hidroplano, y su compatriota Eugene Elv se atrevería a tomar pista sobre la cubierta de un buque.

María Curie fue por segunda vez Premio Nobel.

En un laboratorio inglés, el neozelandés Ernest Rutherford, luego de un intenso laboreo, dio al fin con la determinación de la carga positiva del núcleo de los átomos, y la polaca María Curie se vería recompensada con su segundo Premio Nobel, esta vez en el campo de la Química y ya sin contar con el apoyo de su marido Pierre, fallecido en 1906 al ser atropellado en la vía por un carruaje. Meses antes de que culminara 1910, la brillante científica había logrado aislar dos nuevos elementos químicos, el polonio y el radio.

Al comenzar aquel 1911, los jóvenes lectores estaban lejos de suponer que los días del escritor de aventuras por excelencia, el italiano Emilio Salgari estaban contados, pero en las páginas escritas por él seguirían navegando por los mares y batiéndose contra adversarios Sandokan, el Tigre de la Malasia, y el Corsario Negro.

De la imaginación de Salgari surgió Sandokan, llevado varias veces al cine.

A lo largo de 1911 nacerían figuras de muy distinto talante, algunas incluso de tinte siniestro, como el alemán Josef Mengele, tristemente célebre por sus macabros experimentos con seres humanos en los campos de concentración y prisiones nazis. Tenerlo en cuenta en este viaje por el tiempo es solo un pretexto para recordar cómo un siglo después ha encontrado émulos en personas que han pervertido la ciencia en Estados Unidos, donde se ha sabido de inoculación de enfermedades a ciudadanos guatemaltecos y de las minorías étnicas de la propia Norteamérica.

Hace un siglo nació Roberto Matta, el gran pintor surrealista chileno.

De seguro es mucho más alentador saludar el advenimiento del escritor peruano José María Arguedas, imprescindible para la comprensión del universo andino; del dramaturgo norteamericano Tennesse Williams, que legó a la escena la inolvidable Blanche Dubois y Un tranvía llamado deseo; del novelista argentino Ernesto Sábato, que nos invita a releer Sobre héroes y tumbas; del poeta polaco Czeslaw Milocz, ganador de un Premio Nobel; del escritor inglés William Golding, a quien los lectores de hoy deberían recurrir para extraer lecciones de la cruel metáfora de El señor de las moscas; del pintor chileno Roberto Matta, el más delirante de los surrealistas latinoamericanos, vertical a la hora de defender causas justas; y del novelista egipcio Naguib Mafuz, también Nobel y posiblemente el más profundo conocedor del alma moderna de su cultura.

Dos mexicanos nacidos en 1911 alcanzarían con el tiempo una abrumadora popularidad: Mario Moreno, Cantinflas, comediante y empresario, con su bigotito ralo, sus pantalones a punto de caer y su capacidad para soltar largas parrafadas en una elocuencia vacía y sin sentido —no por gusto llamamos cantinfleo al remedo de esa lamentable oratoria— y Jorge Negrete, el tenor ranchero, el que sucumbió a los encantos de María Félix.

Un tenaz explorador, el noruego Roald Admunsen, no quiso festejar la llegada de 1911 en medio de la borrasca que dificultó su avance por el Mar de Ross, en los más remotos confines del hemisferio austral. Se había lanzado a la conquista del Polo Sur, hecho que solo consumaría el 14 de diciembre de aquel año, luego de incontables avatares y para ganar por un pelo la porfía a su rival, Robert Falcon Scott.

Pero esa novedad solo alcanzaría notoriedad meses después. El notición más escandaloso del año, tanto que esta vez sí saltó a las páginas de los diarios cubanos apenas 72 horas después de haber acontecido, fue el robo de la Gioconda, de Da Vinci, del Museo del Louvre el 21 de agosto.

Entre los sospechosos figuraron nada menos que el poeta Guillaume Apollinaire y el joven Pablo Picasso. El verdadero autor del plagio era un carpintero italiano llamado Vincenzo Perugia. La valiosa pieza solo pudo ser recuperada dos años y 111 días después.

En La Habana, aquello fue motivo de chanza. Y hasta una guarachita maliciosa circuló, según contaron cronistas de la época. Las cubanas y los cubanos acostumbraban a darse un baño de humor para comentar realidades. Pero los dardos más duros estaban destinados a José Miguel Gómez, por quien se decia "el Tiburón se baña, pero salpica".

 

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