Un
bautismo exultante recibió la más reciente producción discográfica
de Roberto Julio Carcassés con su banda Interactivo ante el Árbol de
la Vida de la Casa de las Américas. El notable pianista y sus
aficionados y divertidos acompañantes repasaron los temas de
Matizar y se dieron el gusto de contagiar de energía a un
público que obvió, gracias a la riqueza poliédrica de la música, la
desventaja de un Robertico devenido cantante. Pienso que no haya
sido capricho suyo exponerse como vocalista en un plano protagónico
—en propiedad dista de ser un modelo en esa función—, sino una
necesidad orgánica de proyectarse en tanto compositor de canciones.
En este plano, el de autor, Robertico desplegó un arsenal en
apariencias ecléctico, pero que responde a una concepción inclusiva
de la música. Todo lo que gravita alrededor de sus composiciones, y
que puede contribuir a enriquecerlas, entra en ellas mediante un
proceso de sucesivas y pertinentes apropiaciones. Nada sobra en ese
complejo, desprejuiciado y tupido entramado, ya sea la nota funky o
la impronta del rock, el coqueteo con el hip hop o llegado el
momento un repunte timbero.
De todas maneras, las coordenadas en que se mueve están trazadas
por dos patrones de indiscutible linaje insular: el filin y el jazz
latino. Esa inteligente sensibilidad que desborda la línea melódica
hasta convertirla en un hito entrañablemente conmovedor (Niña)
se expresa también en la invención polirrítmica de piezas como
Para alegrarte el corazón, o en Ven, con una Yusa
convincente y explosiva.
Mucho gozo hubo en el tema compartido con Descemer Bueno,
Cariño y en las intervenciones de Julio Padrón en la trompeta a
lo largo del concierto.
Roberto Julio sabe muy bien a qué árbol se arrima para garantizar
la paleta rítmica: Oliver Valdés y Adel González aportaron esos
inefables matices que sugiere el título de la entrega del músico.