Llauradó ha sido una gran escuela para mí

Confesiones del actor Léster Martínez

AMELIA DUARTE DE LA ROSA

Foto: Yordanka AlmaguerAunque su tono suave y reconfortante no transmite rebeldía, Léster Martínez desafía continuamente lo que se da por sentado. Desde muchos puntos de vista el joven actor logra insuflar desenfreno y energía cada vez que, desde el escenario, encarna a uno de los grandes mitos del teatro cubano, Adolfo Llauradó (1941-2001).

Ay, mi amor no es solamente una obra significativa para nuestras tablas, con dirección de Carlos Díaz y dramaturgia de Norge Espinosa, a partir de las confesiones grabadas de Llauradó a su esposa, Jacqueline Meppiel. Desde su estreno el pasado año, el desempeño escénico de Martínez ha devenido grata conjugación de premios y ovaciones en todos los escenarios donde se ha presentado.

Pero Léster no es nuevo en la escena. Graduado de la Escuela Nacional de Arte en 1998, ha actuado en varias películas y espacios televisivos. Hace 11 años trabaja en el grupo Teatro El Público, donde ha participado en los elencos de Las brujas de Salem, La Celestina, y Las amargas lágrimas de Petra von Kant, entre otros. El actor, de 28 años, cuenta cómo entró a una de las más consolidadas compañías: "Cuando estudiaba me interesé en el teatro isabelino y el único grupo que estaba haciendo una obra de Shakespeare en esos momentos era el de Carlos Díaz. Iba todos los días a ver los ensayos hasta que un actor faltó y Carlos me pidió que doblara el personaje, así entré al Público, por un trabajo investigativo".

Su primer monólogo, que actualmente graba Tomás Piard para la TV, asegura que llegó en el momento preciso, "un monólogo lleva mucho más rigor y entrega que cualquier obra de teatro. Jacqueline llamó a Carlos para que montara lo que Adolfo quiso hacer un día y no pudo, Carlos me propuso hacerlo para que me probara más, también mis padres me decían que era el momento de hacer el monólogo y así fue. Cuando llegamos a casa de Jacqueline, se me quedó mirando como preguntándose si era posible que yo pudiera hacer a Adolfo sin parecernos".

Ver toda su cinematografía, videos personales, algunas obras de teatro y conocer a quienes compartieron con Llauradó, fueron parte del entrenamiento para acercarse a la personalidad del santiaguero que encarnó magistralmente personajes tan diversos para el cine, la televisión y el teatro, "el trabajo salió gracias a actrices como Daisy Granados, Eslinda Núñez, Mónica Guffanti, Adria Santana, que trabajaron con él y me hicieron muchas anécdotas, pero Jacqueline fue la persona que más me acerco a él.

"También tengo la suerte —apunta más adelante— de tener a un buen director como Carlos Díaz. Es un teatrista con el cual creo que voy a trabajar siempre. Somos amigos pero trabajamos muy duro."

Con una notable capacidad para reproducir el temperamento y las memorias de Llauradó, Martínez invoca su carácter, sin imitarlo, en una conjugación de inflexiones y movimientos, en los que hace gala de una corporalidad precisa y orgánica, elementos del teatro gestual con los que, según refiere, le gusta trabajar.

Sin duda llevar a escena al esposo de la tercera Lucía incorporó todo un desafío: "Fue difícil porque son sensaciones y sentimientos que no tengo. Somos personas completamente diferentes aunque tengamos cosas en común, sobre todo la intensidad. Me costó mucho trabajo lograr su voz rasgada, es otra psicología que tuve que aprender e interiorizar. Hubiera sido errado si hubiera representado a Adolfo de la misma manera en que él fue, lo que intento es, en momentos del espectáculo, entrar y salir".

Perpetuar la figura de este paradigma para quienes lo conocieron y para las nuevas generaciones, más que un mero homenaje, es para Léster un puente que lo ha fortalecido como actor y como persona. "Creo que me conozco mucho más ahora como actor gracias a la posibilidad de tener a Adolfo cerca y de acercarme a él. Ay, mi amor ha sido como una gran clase que me ha dado Llauradó de lo que es ser un actor."

 

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