Carbonero de Guanahacabibes

YORDANKA ALMAGUER

Cando no es amigo de las palabras, prefiere cargar sacos de carbón, después de que él mismo haya levantado la pira del horno, lo haya hecho arder, cuidándolo desde el alba hasta el amanecer, rastrillando el carbón en plena madrugada, que es cuando se trabaja mejor, a la luz de los mecheros humeantes, el canto insaciable de los mosquitos y el saludo irreverente de los jejenes que se esconden en la madera húmeda.

Sus hijos, como otros muchos en esta zona pinareña, no comparten con él su amor por este trabajo. Es demasiado duro este duelo con la naturaleza. Pero Cando se enamoró hace casi 50 años, cuando era un niño al igual que sus 7 hermanos y su padre los llevaba a armar el horno, a cuidar de él como se cuida a un cachorro frágil, tierno y fiero. Quizá sea por eso que Cándido es todavía un hombre de monte, emprendedor como su abuelo mallorquín y, como él, carbonero hasta que la vida lo decida.

 

 

 

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