Cando no es amigo de las palabras, prefiere cargar sacos de
carbón, después de que él mismo haya levantado la pira del horno, lo
haya hecho arder, cuidándolo desde el alba hasta el amanecer,
rastrillando el carbón en plena madrugada, que es cuando se trabaja
mejor, a la luz de los mecheros humeantes, el canto insaciable de
los mosquitos y el saludo irreverente de los jejenes que se esconden
en la madera húmeda.
Sus hijos, como otros muchos en esta zona pinareña, no comparten
con él su amor por este trabajo. Es demasiado duro este duelo con la
naturaleza. Pero Cando se enamoró hace casi 50 años, cuando era un
niño al igual que sus 7 hermanos y su padre los llevaba a armar el
horno, a cuidar de él como se cuida a un cachorro frágil, tierno y
fiero. Quizá sea por eso que Cándido es todavía un hombre de monte,
emprendedor como su abuelo mallorquín y, como él, carbonero hasta
que la vida lo decida.