Leer con la yema de los dedos

Pastor Batista Valdés

LAS TUNAS. — A simple vista pareciera que no tiene afección alguna en la mirada. Pero la leve caricia de sus manos, recorriendo de izquierda a derecha el perforado material, indica que el pequeño Orlando Villar Aguilera no lee como otros niños de su edad mediante los ojos, sino con la yema de los dedos.

Es una de las cosas que más le gusta hacer cuando llega al Centro Provincial de Retinosis Pigmentaria.

Busco a la enfermera Luz María —explica— para que me preste el libro La Edad de Oro, de José Martí... entonces me siento a leer El camarón encantado y otros cuentos. A veces ella me permite llevar el libro para mi casa, porque así puedo leer con más calma cuando regreso de la escuela.

Más de tres lustros hace (desde 1991) que la prestigiosa institución oftalmológica de Las Tunas conserva y pone al alcance de sus pacientes (niños y adultos) algunos títulos llevados en Cuba al sistema de lectoescritura Braille, tales como la propia La Edad de Oro (en varios tomos), Ya sé leer, La Historia me Absolverá, ejemplares de la revista Faro...

Sin embargo, eso no es exclusivo de esa instalación: otras homólogas, la red nacional de bibliotecas, áreas especiales para ciegos y débiles visuales, escuelas especiales y el centro nacional para la rehabilitación de personas con esas discapacidades, también tienen textos en Braille, aunque quizás no siempre en la cantidad y variedad deseadas.

Para responder mejor a esas necesidades, instituciones como la Biblioteca Nacional José Martí no renuncian a perfeccionar constantemente los servicios especializados, en salas como la que allí asegura el acceso a la información disponible, mediante tecnologías avanzadas.

No solo se trata de facilitar la lectura de materiales, sino también la búsqueda, consulta, transcripción, grabación e incluso préstamo de documentos e informaciones valiosos para la actualización y desarrollo cultural de quienes padecen discapacidades en la visión.

Pensando precisamente en ellos, un adolescente francés llamado Luis Braille invirtió días, noches y madrugadas en la conformación de un sistema que hiciera posible el "milagro" de la lectura y la escritura, sin fronteras, entre el universo de ciegos y débiles visuales.

En 1924 (con apenas 15 años de edad: 12 de ellos en penumbras) el inquieto joven puso al servicio de la humanidad el método que hoy le permite al pequeño Orlando —y a cientos de niños más— leer a José Martí mediante la dactilar pupila de los dedos, tendido sobre el fresco piso de su hogar o sentado en el patio del Centro Provincial de Retinosis Pigmentaria.

 

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