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Las letras prometidas
MARÍA CARLA GÁRCIGA RODRÍGUEZ, MARIELA MORALES SUÁREZ (estudiantes de
Periodismo) y PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu
Caimanera cabe varias veces en Frankfurt y la calle central de
Sandino se perdería en la espaciosa plaza del Zócalo mexicano. Pero
mientras los habitantes de la urbe alemana se enteran de los sucesos
de la famosa Buchmesse solo por los medios de comunicación —el 80% de
sus visitantes son profesionales de la edición y su mercadotecnia—,
los de la pequeña villa guantanamera, sin distinción, viven cada año
con la Feria Internacional del Libro (FIL) una auténtica fiesta
cultural de alcance popular.
La
cadena producción editorial-distribución se ha articulado con mayor
fluidez de cara a la FIL 2008.
Cuatro de cada diez habitantes de Sandino adquiere al menos un
título durante la semana en que se instala allí el multitudinario
evento. "Nunca hemos llegado al 2% de lectores entre cien millones de
mexicanos", se lamentó el editor y periodista Braulio Peralta, autor
de El poeta en su tierra: diálogos con Octavio Paz, al ser
encuestado por el diario El Universal.
Desde el 2002, la Feria cubana tiene el tamaño de sus islas.
Entonces, por iniciativa del Presidente Fidel Castro, el encuentro del
libro con los lectores comenzó a desbordar los límites convencionales
del recinto ferial. "Era un sueño el año pasado y es realidad este
año", comentó el Comandante en Jefe a los periodistas el 7 de febrero,
luego de asistir a la inauguración de la XI Feria en La Cabaña.
Primero fueron 17 ciudades; ahora, 40. Y en cada una de las sedes
se multiplica un programa que, más allá de las habituales ventas de
librería, incluye presentaciones de títulos, diálogos con autores,
eventos musicales, danzarios y teatrales, recitales poéticos, lecturas
de narrativa y espacios particularmente diseñados para los niños y las
publicaciones electrónicas.
UNA FERIA BAJO EL SIGNO DE LA
CULTURA
"Cuando estudiaba en la CUJAE (Ciudad Universitaria José Antonio
Echeverría), iba en bicicleta hasta Pabexpo, sede en aquel momento de
la FIL, por tal de adquirir un ejemplar de mi preferencia", recuerda
Ariadne Plasencia Castro. No le pasó por la cabeza a esta joven
ingeniera que un día tendría que vérselas, como vicepresidenta del
Instituto Cubano del Libro, con la logística de un suceso tan
descomunal como la FIL a lo largo y ancho del país.
La
literatura infantil es renglón privilegiado en cada Feria.
"Es el respeto por la avidez del lector cubano y, por supuesto, el
compromiso contraído con la máxima dirección de la Revolución, lo que
más nos estimula a trabajar para que la Feria sea una verdadera
expresión cultural en todas sus sedes", afirma.
En la actualidad la FIL se ha convertido en uno de los eventos
culturales más trascendentales y esperados por el pueblo cubano. "La
producción editorial —puntualiza Plasencia— constituye un objetivo
fundamental en el aseguramiento del evento, puesto que nuestro mayor
interés es fomentar la lectura y satisfacer las apetencias de lectores
cada vez más exigentes en la medida que ha ido creciendo el nivel de
instrucción y los horizontes espirituales de nuestra población. De
modo que la Feria es, por esencia, un evento cultural, por encima de
los aspectos comerciales".
El libro es tan solo la punta de un iceberg en la trama ferial. Una
encuesta aplicada el pasado año arrojó que mientras el 11% de la
población asistió a la FIL exclusivamente para comprar libros, el 89%
restante participó además en presentaciones de autores, recitales,
conferencias, conciertos y espectáculos.
CADA LIBRO EN SU LUGAR, CADA LECTOR
EN SU SITIO
Entre los retos organizativos más imponentes se halla la
distribución de la enorme cantidad de ejemplares a disposición del
público. Como nunca antes, el grueso de los volúmenes comprometidos se
ha ido trasladando anticipadamente a las sedes, con el apoyo de
entidades del Ministerio de Transporte y contando con la diligencia de
los órganos locales del Poder Popular.
Uno
de los grandes retos organizativos consiste en llevar el libro a las
40 sedes. La imagen corresponde a la Feria pasada en Camagüey.
En el caso de la capital hay que considerar un nuevo nivel de
complejidad, derivado de la decisión de extender las ventas de 380
títulos de alta demanda a todas las librerías en funcionamiento en el
territorio y abastecer a las que habitualmente se instalan en el
Pabellón Cuba y la Feria de Boyeros.
Para contribuir al desarrollo de este gran acontecimiento cultural
no debe obviarse la activa participación de los trabajadores sociales,
quienes apoyarán la comercialización, intervendrán en tareas de
atención y orientación a los visitantes y trabajarán con la
Organización de Pioneros en los Pabellones Infantiles. Nuevamente,
entre sus tareas, se hallará la guía de niños sin amparo filial, con
deficiencias escolares y otros problemas sociales, a quienes se
dedican actividades especiales y se les obsequian libros.
DE PUNTA A CABO...Y
MUCHO MÁS
En la concepción de los organizadores se defiende la idea de
auspiciar en las sedes fuera de la capital una agenda con todas las de
la ley. Un dato puede ser elocuente: más de 250 escritores están
invitados a las presentaciones de sus obras y muchos de ellos
visitarán más de una provincia.
Patricia George, directora de Política Editorial del Instituto
Cubano del Libro, anunció que se prepara una extensa campaña para las
zonas montañosas y alejadas de las capitales.
"Al concluir la FIL en Santiago de Cuba el 9 de marzo, se
prepararán miniferias en 114 municipios y poblados de todo el país que
no son sedes, incluyendo varias comunidades serranas y las nueve
provincias pertenecientes al Plan Turquino", expresó.
En cuanto a los libros de editoriales territoriales, a pesar de que
algunas han afrontado problemas con el equipamiento, se toman medidas
para que sus producciones tengan una presencia digna y múltiple en
diversos recintos feriales.
ACCESO PERMITIDO
Tema controvertido será siempre el de los precios de venta al
público. En la memoria del cubano de mediana edad quedó grabada la
época —antes del advenimiento del período especial— en que un libro de
cinco o diez pesos era una rareza.
Valga una anécdota. En 1972, con motivo del 70 cumpleaños de
Nicolás Guillén, salieron dos espléndidos ejemplares con la obra
poética del autor, a diez pesos. Un joven escritor, creyéndose agudo
en su expresión, le dijo al poeta: "Nicolás, qué caro usted se ha
puesto..." El ingenio del gran bardo cubano ripostó de inmediato:
"Fíjate si estoy caro que ni yo mismo me he podido comprar".
Ciertamente no se puede echar en saco roto la relación entre la
economía doméstica y el desembolso por uno o varios ejemplares. Pero
tampoco se deben ignorar las condiciones económicas en que se realiza
este esfuerzo colosal de promoción del conocimiento y la cultura.
La directora de la Imprenta Alejo Carpentier, Regla Dueñas, reveló
a este equipo de reporteros que una tonelada de papel gaceta
canadiense, común en nuestras impresiones, cuesta más de 900 dólares,
y una tonelada de papel bond ronda los 1 100.
A pesar de ello se garantiza un precio razonable, que en el caso de
la literatura para niños, con masivas tiradas, es irrisorio.
Y para los que gustan de comparaciones, vaya este ejemplo. En la
FIL 2008 se pondrá a la venta la edición cubana de la voluminosa
biografía novelada de Pancho Villa, escrita por el narrador mexicano
Paco Ignacio Taibo II. Su precio es de los más altos en el listado de
la Feria: 30 pesos (al cambio en CADECA, 1,20 CUC). Al salir como
novedad literaria en México tuvo como precio el equivalente a 29,90
dólares. Las librerías Gandhi creyeron tirar la casa por la ventana
con una ganga: 25,40 USD.
En Cuba, la economía del libro no se rige por las leyes ciegas del
mercado. Su fundamento tiene raíces en una concepción política
cultural enunciada por Fidel en los primeros momentos posteriores al
triunfo revolucionario cuando dijo: "Al pueblo no le decimos, cree; le
decimos, lee". |