Cuba en el mundo

El tiempo de los warao

RONALD SUÁREZ RIVASy ALBERTO BORREGO ÁVILA (fotos)Enviados especiales

DELTA AMACURO.— Cuentan que fue el acoso de tribus guerreras lo que forzó al pueblo warao a ocultarse en los caños del bajo Orinoco. Ocurrió hace más de 500 años, y desde entonces el río y la selva son su único mundo.

La consulta del doctor Eugenio Morgado está junto a los warao.

Entre las aldeas de hoy, levantadas sobre el agua y denominadas palafitos, y las que encontró Diego de Ordaz, el primer conquistador en navegar la desembocadura del Orinoco, en 1501, no hay diferencia.

Tampoco en su pueblo, que sigue viviendo de la pesca y de la caza con arco y flecha, y comunicándose en su lengua originaria.

Río arriba, está la ciudad de Tucupita, primer anuncio de la modernidad, y más allá Ciudad Bolívar, antigua Angostura.

Para Rubén Pujol cada alfabetizado es una victoria.

Pero los pueblos del Delta lo ignoran. Viven su propio tiempo, que no es el que marcan nuestros relojes y calendarios, sino el que impone la vida pausada y solitaria de la selva.

El estado Delta Amacuro, integrado por comunidades a orillas de la treintena de brazos en que se bifurca el Orinoco antes de penetrar en el océano Atlántico, es el más atrasado de Venezuela.

El 70 % de su territorio es fluvial, y siete de cada 10 habitantes viven por debajo de la línea de pobreza.

En esos sitios remotos, sin cobertura telefónica, decenas de colaboradores cubanos realizan hace tres años una labor admirable y hermosa, como parte de los esfuerzos del gobierno venezolano a favor de los warao.

El río y la selva no han sido impedimento para que las misiones educativas lleguen hasta los indios warao.

"Lo más difícil es la incomunicación", afirma Rubén Pujol. De su familia o del resto de los compañeros tiene noticias solo una vez al mes, cuando viaja hasta Tucupita para la preparación metodológica. El resto del tiempo se refugia en el trabajo para engañar a la nostalgia.

Rubén es asesor educativo del municipio Antonio Díaz, totalmente fluvial, el cual abarca la mitad de Delta Amacuro. Vive en un palafito y para visitar aulas, aborda todos los días un bongo (canoa) y se adentra en las aguas profundas y en ocasiones turbulentas del Orinoco. Por ello, considera que cada persona alfabetizada aquí es una pequeña victoria.

Desde que las teleclases del método Yo sí puedo llegaron al Delta, han aprendido a leer y escribir 7 168 indígenas (uno de cada cuatro), y casi 5 000 permanecen estudiando.

No obstante, quedan 35 comunidades en las que ha sido imposible iniciar la alfabetización, porque todos sus pobladores son iletrados y no hablan el castellano.

Quienes conocen a los warao, insisten en que cualquier intento de desarrollo debe respetar sus costumbres y su modo de vida, y concentrarse en entregarles potabilizadoras de agua, luz eléctrica y ayudarlos a cambiar los hábitos que atentan contra su salud.

"He visto un niño de un año que pesaba dos kilogramos, un paciente con parásitos macroscópicos en su pierna, personas morir de paludismo, tuberculosis, deshidratación y desnutrición extrema", cuenta el médico Eugenio Morgado, quien labora en el Delta desde hace tres años.

El trabajo es abnegado y difícil, "pero se siente placer en servirle a esta gente que estuvo olvidada durante siglos".

La alta incidencia de enfermedades diarreicas, respiratorias y de la piel, le ocupa la mayor parte del tiempo, y la insistencia para cambiar la cultura sanitaria, constituye una lucha constante. A cambio, recibe la receptividad y el agradecimiento de una etnia noble y humilde, que parece salida de los libros de Historia.

Eugenio y Rubén son los únicos cubanos en el caserío de San Francisco de Guayo, y en muchos kilómetros a la redonda. Viven en orillas opuestas de un caño de 500 metros de ancho, y han aprendido a lidiar con la soledad.

Cerca de aquí termina el majestuoso río Orinoco y comienza el océano Atlántico, por donde da la sensación de que aparecerán las carabelas de Cristóbal Colón para "descubrir" el Nuevo Mundo.

Pero la paradoja de hallar a los indígenas estudiando frente a un televisor Panda o un moderno Centro de Diagnóstico Integral entre la selva, delatan la obra de una Revolución que ha comenzado a transformar el tiempo de los warao.

 

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