Entre las aldeas de hoy, levantadas sobre el agua y denominadas
palafitos, y las que encontró Diego de Ordaz, el primer conquistador
en navegar la desembocadura del Orinoco, en 1501, no hay diferencia.
Tampoco en su pueblo, que sigue viviendo de la pesca y de la caza
con arco y flecha, y comunicándose en su lengua originaria.
Río arriba, está la ciudad de Tucupita, primer anuncio de la
modernidad, y más allá Ciudad Bolívar, antigua Angostura.
Pero los pueblos del Delta lo ignoran. Viven su propio tiempo, que
no es el que marcan nuestros relojes y calendarios, sino el que impone
la vida pausada y solitaria de la selva.
El estado Delta Amacuro, integrado por comunidades a orillas de la
treintena de brazos en que se bifurca el Orinoco antes de penetrar en
el océano Atlántico, es el más atrasado de Venezuela.
El 70 % de su territorio es fluvial, y siete de cada 10 habitantes
viven por debajo de la línea de pobreza.
En esos sitios remotos, sin cobertura telefónica, decenas de
colaboradores cubanos realizan hace tres años una labor admirable y
hermosa, como parte de los esfuerzos del gobierno venezolano a favor
de los warao.
"Lo más difícil es la incomunicación", afirma Rubén Pujol. De su
familia o del resto de los compañeros tiene noticias solo una vez al
mes, cuando viaja hasta Tucupita para la preparación metodológica. El
resto del tiempo se refugia en el trabajo para engañar a la nostalgia.
Rubén es asesor educativo del municipio Antonio Díaz, totalmente
fluvial, el cual abarca la mitad de Delta Amacuro. Vive en un palafito
y para visitar aulas, aborda todos los días un bongo (canoa) y se
adentra en las aguas profundas y en ocasiones turbulentas del Orinoco.
Por ello, considera que cada persona alfabetizada aquí es una pequeña
victoria.
Desde que las teleclases del método Yo sí puedo llegaron al
Delta, han aprendido a leer y escribir 7 168 indígenas (uno de cada
cuatro), y casi 5 000 permanecen estudiando.
No obstante, quedan 35 comunidades en las que ha sido imposible
iniciar la alfabetización, porque todos sus pobladores son iletrados y
no hablan el castellano.
Quienes conocen a los warao, insisten en que cualquier intento de
desarrollo debe respetar sus costumbres y su modo de vida, y
concentrarse en entregarles potabilizadoras de agua, luz eléctrica y
ayudarlos a cambiar los hábitos que atentan contra su salud.
"He visto un niño de un año que pesaba dos kilogramos, un paciente
con parásitos macroscópicos en su pierna, personas morir de paludismo,
tuberculosis, deshidratación y desnutrición extrema", cuenta el médico
Eugenio Morgado, quien labora en el Delta desde hace tres años.
El trabajo es abnegado y difícil, "pero se siente placer en
servirle a esta gente que estuvo olvidada durante siglos".
La alta incidencia de enfermedades diarreicas, respiratorias y de
la piel, le ocupa la mayor parte del tiempo, y la insistencia para
cambiar la cultura sanitaria, constituye una lucha constante. A
cambio, recibe la receptividad y el agradecimiento de una etnia noble
y humilde, que parece salida de los libros de Historia.
Eugenio y Rubén son los únicos cubanos en el caserío de San
Francisco de Guayo, y en muchos kilómetros a la redonda. Viven en
orillas opuestas de un caño de 500 metros de ancho, y han aprendido a
lidiar con la soledad.
Cerca de aquí termina el majestuoso río Orinoco y comienza el
océano Atlántico, por donde da la sensación de que aparecerán las
carabelas de Cristóbal Colón para "descubrir" el Nuevo Mundo.
Pero la paradoja de hallar a los indígenas estudiando frente a un
televisor Panda o un moderno Centro de Diagnóstico Integral entre la
selva, delatan la obra de una Revolución que ha comenzado a
transformar el tiempo de los warao.