En el aniversario 145 de su fallecimiento, ocurrido el 22 de junio de 1862

José de la Luz y Caballero: un cubano inolvidable

"Los Estados Unidos: una colmena que rinde mucha cera, pero ninguna miel."  José de la Luz y Caballero

Raúl Rodríguez La O

José de la Luz y Caballero nació el 11 de julio de 1800 en La Habana, en la calle Oficios 22, donde hoy se encuentra el parque Aracelio Iglesias, precisamente frente al muelle que lleva su nombre. Se educó en el Convento de San Francisco y en el Seminario de San Carlos donde sucedió a José Antonio Saco en la cátedra de Filosofía. En 1826 viajó por los Estados Unidos y Europa donde conoció a importantes escritores y personalidades de la época. Regresó en 1831. Trabajó en la Sección de Educación de la Sociedad Económica. Mantuvo ideas pedagógicas y filosóficas muy avanzadas para su tiempo y por sostenerlas se vio envuelto en ardientes polémicas y conflictos con las autoridades coloniales españolas.

Algunos autores lo han calificado como un sacerdote laico y otros como un místico por excelencia. Así por ejemplo, el prestigioso escritor José Lezama Lima, autor de la novela Paradiso, señaló en su ensayo La cantidad hechizada, UNEAC, 1970, "que Luz y Caballero era un filósofo y un filólogo" y que para él era incuestionable que su personalidad era mística y avasalladora. Pero lo cierto es que debido a su posición frente al clero y la nobleza, fue combatido tanto por la alta jerarquía eclesiástica de la Isla como por las máximas autoridades coloniales españolas.

Sin embargo sus biógrafos y críticos han coincidido en su mayoría en que fue un hombre de extraordinaria inteligencia quien dedicó toda su vida al servicio y bienestar de Cuba y de la humanidad.

En un artículo del destacado intelectual y político cubano, Carlos Rafael Rodríguez, titulado José de la Luz y Caballero y publicado en la Revista Fundamentos, No. 69, La Habana, julio de 1947, señaló sobre su figura:

"Don Pepe, menos militante que Agramonte y Martí, más ponderado que Varela, tiene, sin embargo, un sitio entre nosotros. No podemos aprovechar de él los ejemplos de audacia que nos dejó Varela, ni la firme veta antirracista de Martí. Pero hay en toda su existencia la marca del decoro y la dignidad patrióticas. Su cubanía es firme."

Muchos años después en un acto de clausura por el 250 aniversario de la fundación de la Universidad de La Habana, celebrado el 10 de enero de 1978, Carlos Rafael Rodríguez volvió a referirse a él, en los siguientes términos:

"Luz y Caballero, cauteloso en política, reformista en sus posiciones, conservador en lo social, es, sin embargo, radical dentro de su tiempo en el terreno de la educación y en su base ideológica y filosófica".

Era un hombre muy pulcro, generoso, de grandes cualidades morales y éticas, delicado y de modales exquisitos con una cultura enciclopédica que asombraba a cuantos le conocían. Muy famoso por su pensamiento, conducta cívica, discursos académicos, escritos y también por sus aforismos como el que encabeza nuestro artículo de hoy con la intención de rendirle el merecido tributo en un nuevo aniversario de su fallecimiento o estos otros suyos no menos importantes:

"Callen personas cuando hablen pueblos"

"Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para la vida"

"Ay de la juventud si no siente el estudio como una religión", y este último: "Por curar los males de mi Patria y promover su ventura derramaría toda mi sangre".

Sus ideas y compromisos políticos eran tales que apoyó a José Antonio Saco cuando fue desterrado de la Isla por Tacón y tampoco vaciló en defender al cónsul inglés Turnbull quien era enemigo de la esclavitud y muy mal visto por las autoridades coloniales de Cuba.

Durante otro viaje por Europa y encontrándose en París en 1844, le informaron que había sido acusado de participar en la Conspiración de la Escalera, razón por la cual regresó a Cuba para responder con valentía e inteligencia a los cargos que se le imputaban y resultó absuelto.

En 1848, fundó el colegio El Salvador donde se formaron y educaron bajo su influencia directa muchos de los jóvenes de la generación que participaría en la guerra de independencia, iniciada el 10 de octubre de 1868.

Contrajo matrimonio en 1833 con una hija del sabio cubano Tomás Romay de cuya relación nació su hija quien moriría a los 16 años, víctima de una epidemia de cólera que azotó a La Habana e hizo cerrar su prestigioso colegio y desolar su casa e entristecer el hogar para siempre. De ese duro golpe no se recuperaría nunca más y sobre todo por ser él un hombre de quebrantada salud.

Así, luego de un largo padecimiento, falleció a las siete de la mañana del 22 de junio de 1862, en una casa situada en la Calzada del Cerro, número 797, donde radicaba el colegio El Salvador, y en el cual actualmente hay colocada una placa conmemorativa.

Sobre este suceso, su biógrafo, Manuel I. Mesa Rodríguez, señala que Nicolás Azcárate, con otros cubanos más, fue al Palacio de Gobierno y le informaron al Capitán General, Francisco Serrano y Domínguez, sobre la muerte de don Pepe. Así como lo conveniente de que los póstumos honores debían tener la solemnidad a que era acreedor. Aparentemente conmovido por esas razones, el general Serrano, en el Decreto Oficial de Duelo, con fecha del 23 de junio de 1862, manifiesta lo siguiente:

"Queriendo dar un solemne testimonio de la consideración que merecieron siempre al Gobierno Superior de esta Isla los méritos literarios y las virtudes públicas y privadas que distinguieron durante su vida al Sr. Don José de la Luz y Caballero, Vocal que fue de la extinguida inspección de estudios y Director del Colegio del Salvador, del Cerro, he tenido por conveniente disponer lo que sigue:

1- A la conducción de su cadáver hasta el cementerio general, que debe verificarse según disposición de los testamentarios el día de hoy a las cinco de la tarde, concurrirá uno de mis ayudantes en el coche de gala de este Gobierno y Capitanía General.

2- Se invitarán para que asistan en cuerpo la Real Universidad Literaria, la Real Academia de Ciencias Médicas, el Cuerpo de Profesores de la Escuela General Preparatoria y la Real Sociedad Económica. Todas estas corporaciones asistirán con sus insignias, si tuviesen facultades para usarlas, o en riguroso traje de luto.

3- Durante tres días quedarán cerrados los institutos de educación de esta Isla en homenaje a la memoria del finado.

4- Estas disposiciones se insertarán en la Gaceta Oficial de esta Capital."

Sin embargo, documentos localizados por el autor de estas líneas en el Legajo 4476 de la Sección de Gobierno del Fondo de Ultramar del Archivo Histórico Nacional de Madrid, España, demuestran que el general Serrano dio este paso más que por reconocimiento a la vida y obra de José de la Luz y Caballero, por una cuestión política, encaminada a mejorar la imagen del gobierno colonial ante los cubanos y extranjeros residentes en la Isla.

En uno de esos documentos reservados, con fecha del 30 de junio de 1862 (ocho días después del fallecimiento de Don Pepe) y dirigido por Francisco Serrano al Ministro de la Guerra y de Ultramar de España, le manifiesta, entre otras cosas:

"Vivía en La Habana un profesor de instrucción primaria Don José de la Luz y Caballero que a pesar de pertenecer a una distinguida familia eligió esa profesión guiado de su entusiasmo por la enseñanza. Hombre dulce de carácter, modesto en sus costumbres, de inteligencia poco común, y aficionado a los estudios filosóficos, era generalmente reconocido como el maestro de la juventud cubana, como el Mentor de todos los que se dedicaban después a alguna profesión literaria. Sus doctrinas pertenecían a la escuela liberal más avanzada, pudiendo asimilarse en ellas a las que en la Península sirven de bandera al partido que se denomina progresista; pero en Cuba por razón de su Gobierno especial no habían podido ostentarse las diversas escuelas políticas, Caballero pasó con frecuencia a los ojos de los Peninsulares como la personificación del partido que de largo tiempo atrás quiere prescindir de la dominación Española. No sé hasta qué punto era acertado este juicio porque al decir de otros sus opiniones se constreñían más a la reforma de lo existente, pero dentro de la nacionalidad Española.

"Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que el nombre de Luz Caballero escitaba en los hijos del país una especie de veneración, y más que veneración un culto que rayaba en lo extraordinario. Después de largos padecimientos falleció en la mañana del 22 del actual. Supe desde luego que se le preparaba una ovación en que debían tomar parte todos los hijos de La Habana que más figuran en ella por su influencia, instrucción y riqueza. Alguno de ellos se acercó a quien pudiera decirme el buen efecto que produciría que el Gobierno de la Isla se asociase a la demostración de duelo que generalmente había de hacerse. Pensé en los inconvenientes y en las ventajas de dar este paso, yo me convencía de que siendo la opinión tan unánime, oponerse abiertamente a la demostración podía parecer un ofensivo desdén a los que consideraban a Luz un ídolo, al paso que asociarse a ella le quitaba todo el sabor de agresión que podía adquirir, demostrando a la vez que el Gobierno alejaba del hecho todo carácter y calor político. Esto unido a que Luz Caballero fue durante su vida un hombre verdaderamente benéfico, honrado y de reconocida capacidad me determinaron a tomar parte en el suceso, disponiendo que fuese al duelo el carruaje de gala de la Capitanía Gral., que se invitase a concurrir a las Corporaciones científicas y literarias, que en señal de duelo se suspendiesen las enseñanzas por tres días, y que todas estas medidas se publicasen en la Gaceta."

En otro segundo informe reservado del general Serrano, fechado el 15 de julio de 1862 y dirigido también al Ministro de la Guerra y de Ultramar, le comunica algunos incidentes producidos por elementos que quisieron dar carácter político a los funerales de José de la Luz y Caballero e incluso a hechos posteriores por los cuales se tomaron las medidas pertinentes.

Y en un tercer documento, fechado en Madrid, el 20 de agosto de 1862, en el cual se comunica al Capitán General de la isla de Cuba que la Reina ha tenido conocimiento de todo lo que se ha informado sobre José de la Luz y Caballero, y que esta había aprobado todas las medidas y disposiciones dictadas por dicho Capitán General.

Todo lo dicho anteriormente de puño y letra de las autoridades coloniales españolas y reflejado en informes confidenciales, son elementos suficientes para comprender todo lo que José de la Luz y Caballero representa para la cultura y la historia de Cuba. Pero a todo ello quisiera agregar a modo de conclusión de este comentario las siguientes palabras sobre Don Pepe, expresadas por José Martí en uno de los tantos escritos que hiciera sobre la vida y obra del fundador del colegio El Salvador:

"Murió hace años en La Habana un hombre augusto. Él había dado a su patria toda la paciencia de su mansedumbre, todo el vigor de su raciocinio, toda la resignación de su esperanza. También iba allí un pueblo a consagrar un cadáver.

"Los niños se agrupaban a las puertas de aquel colegio inolvidable; los hombres lloraron sobre el cadáver del maestro: la generación que ha nacido siente en su frente el beso paternal del sabio José de la Luz y Caballero".

 

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