José
de la Luz y Caballero nació el 11 de julio de 1800 en La Habana, en la
calle Oficios 22, donde hoy se encuentra el parque Aracelio Iglesias,
precisamente frente al muelle que lleva su nombre. Se educó en el
Convento de San Francisco y en el Seminario de San Carlos donde
sucedió a José Antonio Saco en la cátedra de Filosofía. En 1826 viajó
por los Estados Unidos y Europa donde conoció a importantes escritores
y personalidades de la época. Regresó en 1831. Trabajó en la Sección
de Educación de la Sociedad Económica. Mantuvo ideas pedagógicas y
filosóficas muy avanzadas para su tiempo y por sostenerlas se vio
envuelto en ardientes polémicas y conflictos con las autoridades
coloniales españolas.
Algunos autores lo han calificado como un sacerdote laico y otros
como un místico por excelencia. Así por ejemplo, el prestigioso
escritor José Lezama Lima, autor de la novela Paradiso, señaló
en su ensayo La cantidad hechizada, UNEAC, 1970, "que Luz y
Caballero era un filósofo y un filólogo" y que para él era
incuestionable que su personalidad era mística y avasalladora. Pero lo
cierto es que debido a su posición frente al clero y la nobleza, fue
combatido tanto por la alta jerarquía eclesiástica de la Isla como por
las máximas autoridades coloniales españolas.
Sin embargo sus biógrafos y críticos han coincidido en su mayoría
en que fue un hombre de extraordinaria inteligencia quien dedicó toda
su vida al servicio y bienestar de Cuba y de la humanidad.
En un artículo del destacado intelectual y político cubano, Carlos
Rafael Rodríguez, titulado José de la Luz y Caballero y publicado en
la Revista Fundamentos, No. 69, La Habana, julio de 1947, señaló sobre
su figura:
"Don Pepe, menos militante que Agramonte y Martí, más ponderado que
Varela, tiene, sin embargo, un sitio entre nosotros. No podemos
aprovechar de él los ejemplos de audacia que nos dejó Varela, ni la
firme veta antirracista de Martí. Pero hay en toda su existencia la
marca del decoro y la dignidad patrióticas. Su cubanía es firme."
Muchos años después en un acto de clausura por el 250 aniversario
de la fundación de la Universidad de La Habana, celebrado el 10 de
enero de 1978, Carlos Rafael Rodríguez volvió a referirse a él, en los
siguientes términos:
"Luz y Caballero, cauteloso en política, reformista en sus
posiciones, conservador en lo social, es, sin embargo, radical dentro
de su tiempo en el terreno de la educación y en su base ideológica y
filosófica".
Era un hombre muy pulcro, generoso, de grandes cualidades morales y
éticas, delicado y de modales exquisitos con una cultura enciclopédica
que asombraba a cuantos le conocían. Muy famoso por su pensamiento,
conducta cívica, discursos académicos, escritos y también por sus
aforismos como el que encabeza nuestro artículo de hoy con la
intención de rendirle el merecido tributo en un nuevo aniversario de
su fallecimiento o estos otros suyos no menos importantes:
"Callen personas cuando hablen pueblos"
"Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para la
vida"
"Ay de la juventud si no siente el estudio como una religión",
y este último: "Por curar los males de mi Patria y promover su
ventura derramaría toda mi sangre".
Sus ideas y compromisos políticos eran tales que apoyó a José
Antonio Saco cuando fue desterrado de la Isla por Tacón y tampoco
vaciló en defender al cónsul inglés Turnbull quien era enemigo de la
esclavitud y muy mal visto por las autoridades coloniales de Cuba.
Durante otro viaje por Europa y encontrándose en París en 1844, le
informaron que había sido acusado de participar en la Conspiración de
la Escalera, razón por la cual regresó a Cuba para responder con
valentía e inteligencia a los cargos que se le imputaban y resultó
absuelto.
En 1848, fundó el colegio El Salvador donde se formaron y educaron
bajo su influencia directa muchos de los jóvenes de la generación que
participaría en la guerra de independencia, iniciada el 10 de octubre
de 1868.
Contrajo matrimonio en 1833 con una hija del sabio cubano Tomás
Romay de cuya relación nació su hija quien moriría a los 16 años,
víctima de una epidemia de cólera que azotó a La Habana e hizo cerrar
su prestigioso colegio y desolar su casa e entristecer el hogar para
siempre. De ese duro golpe no se recuperaría nunca más y sobre todo
por ser él un hombre de quebrantada salud.
Así, luego de un largo padecimiento, falleció a las siete de la
mañana del 22 de junio de 1862, en una casa situada en la Calzada del
Cerro, número 797, donde radicaba el colegio El Salvador, y en el cual
actualmente hay colocada una placa conmemorativa.
Sobre este suceso, su biógrafo, Manuel I. Mesa Rodríguez, señala
que Nicolás Azcárate, con otros cubanos más, fue al Palacio de
Gobierno y le informaron al Capitán General, Francisco Serrano y
Domínguez, sobre la muerte de don Pepe. Así como lo conveniente de que
los póstumos honores debían tener la solemnidad a que era acreedor.
Aparentemente conmovido por esas razones, el general Serrano, en el
Decreto Oficial de Duelo, con fecha del 23 de junio de 1862,
manifiesta lo siguiente:
"Queriendo dar un solemne testimonio de la consideración que
merecieron siempre al Gobierno Superior de esta Isla los méritos
literarios y las virtudes públicas y privadas que distinguieron
durante su vida al Sr. Don José de la Luz y Caballero, Vocal que fue
de la extinguida inspección de estudios y Director del Colegio del
Salvador, del Cerro, he tenido por conveniente disponer lo que sigue:
1- A la conducción de su cadáver hasta el cementerio general, que
debe verificarse según disposición de los testamentarios el día de hoy
a las cinco de la tarde, concurrirá uno de mis ayudantes en el coche
de gala de este Gobierno y Capitanía General.
2- Se invitarán para que asistan en cuerpo la Real Universidad
Literaria, la Real Academia de Ciencias Médicas, el Cuerpo de
Profesores de la Escuela General Preparatoria y la Real Sociedad
Económica. Todas estas corporaciones asistirán con sus insignias, si
tuviesen facultades para usarlas, o en riguroso traje de luto.
3- Durante tres días quedarán cerrados los institutos de educación
de esta Isla en homenaje a la memoria del finado.
4- Estas disposiciones se insertarán en la Gaceta Oficial de esta
Capital."
Sin embargo, documentos localizados por el autor de estas líneas en
el Legajo 4476 de la Sección de Gobierno del Fondo de Ultramar del
Archivo Histórico Nacional de Madrid, España, demuestran que el
general Serrano dio este paso más que por reconocimiento a la vida y
obra de José de la Luz y Caballero, por una cuestión política,
encaminada a mejorar la imagen del gobierno colonial ante los cubanos
y extranjeros residentes en la Isla.
En uno de esos documentos reservados, con fecha del 30 de junio de
1862 (ocho días después del fallecimiento de Don Pepe) y dirigido por
Francisco Serrano al Ministro de la Guerra y de Ultramar de España, le
manifiesta, entre otras cosas:
"Vivía en La Habana un profesor de instrucción primaria Don José de
la Luz y Caballero que a pesar de pertenecer a una distinguida familia
eligió esa profesión guiado de su entusiasmo por la enseñanza. Hombre
dulce de carácter, modesto en sus costumbres, de inteligencia poco
común, y aficionado a los estudios filosóficos, era generalmente
reconocido como el maestro de la juventud cubana, como el Mentor de
todos los que se dedicaban después a alguna profesión literaria. Sus
doctrinas pertenecían a la escuela liberal más avanzada, pudiendo
asimilarse en ellas a las que en la Península sirven de bandera al
partido que se denomina progresista; pero en Cuba por razón de su
Gobierno especial no habían podido ostentarse las diversas escuelas
políticas, Caballero pasó con frecuencia a los ojos de los
Peninsulares como la personificación del partido que de largo tiempo
atrás quiere prescindir de la dominación Española. No sé hasta qué
punto era acertado este juicio porque al decir de otros sus opiniones
se constreñían más a la reforma de lo existente, pero dentro de la
nacionalidad Española.
"Sea de esto lo que quiera, es lo cierto que el nombre de Luz
Caballero escitaba en los hijos del país una especie de veneración, y
más que veneración un culto que rayaba en lo extraordinario. Después
de largos padecimientos falleció en la mañana del 22 del actual. Supe
desde luego que se le preparaba una ovación en que debían tomar parte
todos los hijos de La Habana que más figuran en ella por su
influencia, instrucción y riqueza. Alguno de ellos se acercó a quien
pudiera decirme el buen efecto que produciría que el Gobierno de la
Isla se asociase a la demostración de duelo que generalmente había de
hacerse. Pensé en los inconvenientes y en las ventajas de dar este
paso, yo me convencía de que siendo la opinión tan unánime, oponerse
abiertamente a la demostración podía parecer un ofensivo desdén a los
que consideraban a Luz un ídolo, al paso que asociarse a ella le
quitaba todo el sabor de agresión que podía adquirir, demostrando a la
vez que el Gobierno alejaba del hecho todo carácter y calor político.
Esto unido a que Luz Caballero fue durante su vida un hombre
verdaderamente benéfico, honrado y de reconocida capacidad me
determinaron a tomar parte en el suceso, disponiendo que fuese al
duelo el carruaje de gala de la Capitanía Gral., que se invitase a
concurrir a las Corporaciones científicas y literarias, que en señal
de duelo se suspendiesen las enseñanzas por tres días, y que todas
estas medidas se publicasen en la Gaceta."
En otro segundo informe reservado del general Serrano, fechado el
15 de julio de 1862 y dirigido también al Ministro de la Guerra y de
Ultramar, le comunica algunos incidentes producidos por elementos que
quisieron dar carácter político a los funerales de José de la Luz y
Caballero e incluso a hechos posteriores por los cuales se tomaron las
medidas pertinentes.
Y en un tercer documento, fechado en Madrid, el 20 de agosto de
1862, en el cual se comunica al Capitán General de la isla de Cuba que
la Reina ha tenido conocimiento de todo lo que se ha informado sobre
José de la Luz y Caballero, y que esta había aprobado todas las
medidas y disposiciones dictadas por dicho Capitán General.
Todo lo dicho anteriormente de puño y letra de las autoridades
coloniales españolas y reflejado en informes confidenciales, son
elementos suficientes para comprender todo lo que José de la Luz y
Caballero representa para la cultura y la historia de Cuba. Pero a
todo ello quisiera agregar a modo de conclusión de este comentario las
siguientes palabras sobre Don Pepe, expresadas por José Martí en uno
de los tantos escritos que hiciera sobre la vida y obra del fundador
del colegio El Salvador:
"Murió hace años en La Habana un hombre augusto. Él había dado a su
patria toda la paciencia de su mansedumbre, todo el vigor de su
raciocinio, toda la resignación de su esperanza. También iba allí un
pueblo a consagrar un cadáver.
"Los niños se agrupaban a las puertas de aquel colegio inolvidable;
los hombres lloraron sobre el cadáver del maestro: la generación que
ha nacido siente en su frente el beso paternal del sabio José de la
Luz y Caballero".