En verdad, el escándalo de los sobornos en la venta del petróleo de
Iraq alcanzaba los 12 000 millones de dólares, y la operación estaba
en manos de los países involucrados, y en particular de compañías
norteamericanas.
Esta abrupta pérdida de inmunidad se debe a tres causas que, si
bien separadas, finalmente confluyeron debido al festival mediático
creado en torno al ex presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz.
La primera se viene desarrollando desde la caída del muro de Berlín
y la consiguiente revancha del capitalismo salvaje, a través de la
puesta en marcha de la globalización neoliberal, que hace del mercado
el único criterio válido para las relaciones internacionales, y
prescribe ajustes internos en cada país.
La base conceptual de este tipo de globalización es el llamado
Consenso de Washington, por el cual el gobierno de Estados Unidos y
las criaturas de Bretton Woods postularon durante dos décadas una
minuciosa revisión de las políticas monetarias y económicas y exigían
ajustes estructurales para minimizar el papel del estado, privatizar
todo lo posible, eliminar costos sociales no productivos (como
enseñanza y salud) y las tarifas aduaneras con la finalidad de abrir
las puertas a las inversiones extranjeras.
Esta política, que se llevó adelante con fervor ideológico, es hoy
reconocida como la causa principal de la crisis monetaria asiática de
los años 90.
La segunda causa es que la campaña contra el multilateralismo
lanzada por la administración Bush alcanzó de rebote a las
instituciones de Bretton Woods.
El portavoz de lo privado contra lo público, el Wall Street Journal,
impulsó una campaña aduciendo que con la globalización y la asunción
del mercado como parámetro único de las relaciones internacionales, se
podía prescindir de estas instituciones.
La tercera causa es que la sociedad civil global ya es una
realidad, aunque sin una estructuración real. El Foro Social Mundial
es solo la punta de un iceberg.
El Banco Mundial se halla en una crisis financiera de la que no se
habría salvado aunque Wolfowitz no hubiera caído acusado de
corrupción. Tendría que reunir por lo menos 16 000 millones de dólares
para restablecer su capital operacional.
Más grave es el caso del FMI. Sus ingresos bajaron de 3 190
millones de dólares en el 2005 a 1 309 millones en el 2006, que caerán
este año a la mitad. El déficit se debe a que cada vez menos países
solicitan al FMI sus créditos condicionados (¼
) Por lo tanto, merman los intereses que recibe por sus préstamos.
Como remate, el 5 de mayo, China, Japón, Corea del Sur y los 10
países de la Asociación del Sudeste Asiático crearon un fondo para la
mutua prevención de crisis financieras, respaldado por sus ingentes
reservas monetarias, despidiéndose así del FMI. Unos días después, los
países del MERCOSUR se adhirieron a la propuesta venezolana de un
banco sudamericano que persigue propósitos semejantes.
El FMI, aislado y deficitario, tendrá ahora que aplicar en carne
propia las políticas de ajuste estructural que impuso a los países del
Tercer Mundo.
La crisis de Bretton Woods es el último acto de la crisis de la
arquitectura financiera internacional. Al final de la Segunda Guerra
Mundial, siempre orientado por Washington, supo crear las Naciones
Unidas y los gemelos de Bretton Woods. Después de la Guerra Fría,
Estados Unidos cambió de rumbo, se dedicó a imponer la globalización y
a resistir toda reforma del sistema internacional.
Ahora la crisis ha llegado a su propia casa y convulsiona sus
instrumentos privilegiados. Es evidente que no hay gobernabilidad
cuando el sector financiero, que es 20 veces mayor que la producción
de bienes y servicios, no tiene mecanismos de gobierno y de
autocontrol. Con Naciones Unidas relegada básicamente a las políticas
de desarrollo y las instituciones de Bretton Woods enfrentadas a una
profunda revisión, ¿los dramáticos temas del cambio climático serán
suficientes para crear una nueva conciencia de que el mercado sin
reglas no soluciona los problemas de una gobernabilidad internacional
para todos los ciudadanos, ricos y pobres?
Tomado de un artículo de Roberto Savio, fundador y presidente
emérito de IPS y miembro del Comité Internacional del Foro Social
Mundial.