La complejidad de una sala de terapia intensiva no amilana a los
más jóvenes. Los temores del principio, o la tensión de una muerte
inesperada ceden paso a la profesionalidad. Para Yunier Morales, quien
aún no cumple los dos años de graduado, el hábito y la práctica
cotidiana han hecho de él una persona segura. Se sobrepone a la
pérdida de algún paciente y las diferentes patologías, más que
provocarle extrañeza o incertidumbre, son aprovechadas en el estudio.
Como él, otros son los enfermeros y enfermeras que se desempeñan en
servicios de urgencias o especiales y deben lidiar con largos periodos
de extremo cuidado. Al decir de Bartola Pérez Peña, jefa de enfermería
de este servicio intensivo, las labores resultan complejas pues el
enfermero además del tratamiento médico debe realizarle al paciente
todos los procederes que su estado de gravedad le impide.
Futuros profesionales desde el punto de vista académico, aseguran
que ya están listos para enfrentar sin tutoría los servicios de
urgencias, Eduardo Clavero, Yoslán Vélez y Yasmany Sierra, estudiantes
de segundo año, hablan con una certeza abrumadora. La disposición en
ellos impera.
La práctica común es antecedida por el estudio que no concluye con
la entrega de un título y exige constante renovación. Bien lo sabe
Lucía Mojena, quien debió aprender durante ocho meses el manejo de un
riñón artificial y, junto a varias enfermeras, revitaliza el
aprendizaje ante cada nuevo equipamiento. A ese tratamiento se suman
las horas consecutivas en que el paciente permanece en la sala de
hemodiálisis y entonces, además de enfermeras, son amigas. Así lo
testificaron varios pacientes que disfrutan del cariño, las
conversaciones y la comprensión de estas.
Supervisores en vela por la calidad de los servicios, en diferentes
salas que difieren en funcionamiento y coinciden en el fin humano de
salvar una vida, mostraron igual su destreza. En todos, la calidad
anunciada y la entrega habitual.
Dinorah León, Yorileny Bayard, Madelín Fernández, Zuilén Martín,
Isabel Torriente, Esperanza Márquez, Roberto Fonseca, Jensy Echevarría
y muchos otros que combinan su vida personal con la entrega en el
trabajo y a diario hacen desaparecer la barrera, brindan también un
servicio que se multiplica y llega a miles de cubanos. Sería imposible
mencionarlos a todos, pero la sencillez de estos hombres y mujeres, no
repara en nombres impresos en papel, el reconocimiento mayor,
coinciden muchos, llega con la recuperación y la alegría de cada
paciente.
Acostumbrados a entregar lo cotidiano y un poquito más, los miles
de enfermeros que laboran en los hospitales militares aseguran que no
se trata de un trabajo diferente por pertenecer a las FAR, en tanto el
sentido humano no repara en instituciones. La excelencia de este
servicio va más allá del buen estado de una construcción o la
existencia de un equipamiento avanzado. La atención al paciente marca
la diferencia y unido a la profesionalidad se imponen la ética médica,
la sensibilidad humana, la puntualidad, la disciplina y una formación
política que los distingue.
Quizás estas condicionantes suman causas y explican también por qué
enfermeras como Cira Julia Castel Florit, Aydelina Vera Díaz o María
del Carmen Solórzono, permanezcan aún desandando cada sala y
postergando el retiro. Con misiones internacionalistas cumplidas en
Nicaragua, Angola y Etiopía respectivamente, estas "veteranas" siguen
aportando sus conocimientos.
La prestación de servicios en las más apartadas comunidades
nicaragüenses, o la prontitud y cautela de una misión en tiempo de
guerra, así como la transportación de tropas cubanas por vías marítima
y aérea, fueron algunas de las tareas que al servicio de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias, cumplieron.
Pero la vida laboral de estos y otros profesionales de la salud no
queda reducida a situaciones excepcionales. Durante cada maniobra,
ejercicio militar, o Día de la Defensa, permanecen alertas. Y aunque
el uniforme verde olivo suele confundirlos, cada soldado de las FAR se
sabe protegido aunque no vislumbre el traje blanco que reconoce a cada
enfermero.
Ellos por su parte, no ven en el uniforme militar la exclusividad
de un servicio, pues diariamente miles de civiles reciben iguales
esmeros. Solo reconocen en las FAR la guía de un trabajo que llevan
consigo como una virtud que, aun sin elogios, se ofrece.