La realidad lo había impuesto y el incremento se traduciría, años
más tarde, en desarrollo social. La Salud subiría de nuevo las
montañas, tomaría las ciudades y sería capaz de continuar llegando a
decenas de países. La creación del Destacamento de Ciencias Médicas
Carlos J. Finlay el 12 de marzo de 1982, trascendía la catedrática
formación e iba en busca de una práctica, que se volvió cotidiana y
terminó pareciéndonos habitual.
Seis años después, en 1988, se graduaban más de 3 000 estudiantes y
comenzaba un ascenso en diversos indicadores. Si en épocas anteriores,
la capital fue la más privilegiada, ahora los médicos de familia
llegaban a zonas insospechadas del archipiélago y se multiplicaban las
misiones internacionalistas iniciadas en Argelia a principios de los
años sesenta.
No pocos serían los esfuerzos en aras de extender los servicios de
la Salud, pues aunque en 1974 se graduaron más de 1 000 médicos, la
escasez de bachilleres obligaba a una redistribución de alumnos hacia
otras carreras universitarias y las graduaciones médicas no
sobrepasarían el millar de egresados hasta 1981. La demanda de galenos
exigió un aumento de la matrícula, por ello 3 807 estudiantes fueron
escogidos para conformar el Destacamento.
Entre los miles que se ofrecieron para ingresar a las ciencias
médicas se hizo ineludible una detallada selección que contempló el
índice académico y las entrevistas individuales. Habría entonces que
desarrollar todas las ramas de la Medicina, y la docencia
universitaria necesitaría de esfuerzos superiores en aras de formar
especialistas y permitir la superación de los graduados que podían
considerarse médicos consagrados.
Fidel en el discurso de constitución del destacamento, señaló que
se trataba de un propósito que nos permitiría disponer de un servicio
básico, ya fuese en la atención primaria o en las más diversas
especialidades.
A lo largo de los años de Revolución solo se habían graduado 16 017
médicos, y los nuevos incrementos que sucedieron cada año parecían
augurar una demasía. No obstante, en aquel discurso del 12 de marzo,
Fidel señaló que nunca ningún médico iba a sobrar. En un centro
laboral, en una delegación o en países tercermundistas a los que no
regresaban la mayoría de los alumnos que estudiaban en regiones
desarrolladas, donde fuese necesario, el médico iba a tener una misión
concreta, pues la seguridad y calidad de vida de las personas depende
en buena medida de estos profesionales.
Bien lo sabe el doctor Raúl Consuegra Martínez, graduado del primer
destacamento Carlos J. Finlay, quien una vez egresado trabajó en la
atención primaria, luego jefe del Grupo Básico y posteriormente
colaboró durante dos años en Brasil. En la actualidad es director del
policlínico Diego Tamayo, ubicado en La Habana Vieja, y recuerda
aquellos inicios en los que masividad era sinónimo de calidad y ello
hizo posible, no solo los resultados actuales de la medicina cubana,
sino la preparación de nuevas generaciones que mantienen similares
estándares reconocidos internacionalmente.
Hace 25 años un nombre inspiró una obra médica más ambiciosa y hoy,
como antes, el Destacamento Carlos J. Finlay continúa multiplicando el
mensaje humanista de la Revolución.