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(9 de enero de 2007)
América Latina y la rebelión del siglo
JOAQUÍN RIVERY TUR
rivery@granma.cip.cu
Posiblemente nunca Estados Unidos había estado tan tranquilo con
la situación de América Latina como a principios de este siglo. La
región amaneció con los datos macroeconómicos por los que el
neoliberalismo hace más ricos a los más ricos, mientras incrementa
al ejército de pobres.
La nueva centuria hacía presagiar para Washington más de lo
mismo, es decir, la repetición de gobiernos entreguistas, sin
percatarse de los sentimientos subterráneos propiciatorios de
profundas mudanzas.
SORPRESA EN LAS URNAS
La estabilidad del voto —en tanto la democracia era reducida al
ejercicio del sufragio universal— era lógica, porque Estados Unidos
y los países capitalistas desarrollados, con sus mecanismos
financieros y comerciales internacionales, habían lanzado al mundo
la ideología del mercado, un régimen en el que el capital se
convertía en el dominador universal: la globalización neoliberal.
Como dice el académico Emir Sader en un estudio publicado en el
sitio oficial de Internet del Consejo Latinoamericano de Ciencias
Sociales (CLACSO), el proceso fue¼ "De
tal manera que el neoliberalismo, como política económica y como
ideología, se tornó una expresión aparentemente indisociable de
tales regímenes democrático-liberales".
Pero conllevó una crisis social verdaderamente espantosa por toda
América Latina, creó condiciones para que las masas no soportaran
más y se acrecentara el movimiento para sacudirse el yugo.
Las victorias de Chávez se debieron al hastío popular por la
noche interminable neoliberal; la sublevación argentina de finales
del 2002 mostró nítidamente los ánimos levantiscos del subcontinente
hambreado; a ello se unieron la victoria de Luiz Inácio Lula da
Silva en el 2002, y de Néstor Kirchner en el 2003, completada por el
éxito del Frente Amplio de Uruguay en el 2004.
LA CONVULSIÓN DEL 2006
Es muy difícil figurar en las estadísticas mundiales como la
región de mayor desigualdad social del planeta y que no suceda nada.
El siglo nació intranquilo. El alumbramiento traía temblores en las
entrañas.
La aspereza de la situación es evidente todavía hoy, cuando la
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), un
organismo de la ONU, retrata el panorama diciendo que en el año 2005
el 39,8% de la población vivía en condiciones de pobreza (209
millones de personas), y un 15,4% de la población (81 millones)
vivía en la pobreza extrema o la indigencia.
Desde el año anterior, los analistas políticos prestaban atención
al fenómeno electoral que esperaba a las sociedades
latinoamericanas.
Así, antes de que terminara el 2005, los bolivianos daban una
lección de conciencia, al elegir en la primera vuelta al indígena
Evo Morales, para que tomara el poder a partir de enero del 2006,
con todas sus ideas de Constituyente, nacionalizaciones, educación,
salud, repartos de tierras y otros anhelos siempre perseguidos a
balazos por las oligarquías ahora estremecidas junto con Washington.
UN CAMBIO DE ÉPOCA
Una significación de la victoria boliviana se puede encontrar en
la página 578 del libro Cien horas con Fidel, del
intelectual francés Ignacio Ramonet, donde el líder de la Revolución
cubana expresa: Evo Morales se proyecta hacia el futuro como una
esperanza para la mayoría de su pueblo. Encarna la confirmación de
la quiebra del sistema político aplicado tradicionalmente en la
región, y la determinación de las grandes masas de conquistar la
verdad. Su elección es la expresión de que el mapa político de
América Latina está cambiando. Nuevos aires soplan en este
hemisferio.
Las reelecciones de Lula y Chávez tuvieron más tarde resultados
esperados. Pero faltaba todavía el golpe de knock out de
Nicaragua y la sacudida telúrica de Ecuador, donde un millonario
parecía ya con el poder en las manos, pero, en segunda vuelta,
Rafael Correa lo derrotó por aplastante mayoría, a pesar de los
enormes gastos en propaganda de Gustavo Noboa, de sus apariciones
místicas y sus compras de votos en los barrios pobres.
En Nicaragua, el gobierno de Bush recurrió a todo por impedir el
retorno del FSLN al poder. Su embajador estuvo constantemente
entrometido en la campaña electoral; a Managua llegaron delegaciones
de congresistas y hasta el mismo Oliver North, quien tanto daño hizo
a los nicaragüenses al organizar y fomentar la guerra sucia
contrarrevolucionaria financiada con drogas, viajó a Managua para
intentar escamotear la victoria de Daniel Ortega. Todo ese
despliegue de fuerza realza todavía más el triunfo sandinista, con
el que los nicas cobraron las secuelas sociales de tres
administraciones neoliberales.
Es indudable que la imposición del neoliberalismo ha empujado a
las masas a la acción política. Ángel Guerra Cabrera, el conocido
analista político del diario mexicano La Jornada, señalaba hace poco
que "esta mutación no habría sido posible sin el accionar de los
novedosos, disímiles y vigorosos movimientos sociales
latinoamericanos (¼ ) No hay una sola
nación en América Latina donde estos movimientos no presenten
batalla al neoliberalismo". Lo peor para Estados Unidos es que la
tendencia crece. La lucha de hoy es profundamente antimperialista,
debido a que nadie está dispuesto a aceptar mansamente las reglas
neoliberales depauperantes ni los tratados de libre comercio como el
CAFTA centroamericano, donde esos países prácticamente pierden su
soberanía con la ratificación del convenio atroz y, jurídicamente,
ni siquiera pueden salirse.
La contienda está planteada y, a estas alturas del siglo XXI, se
puede concordar con el Presidente electo de Ecuador en que no
estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época. |