El cabello peinado en un moño hace que se le estire la piel de la
cara, el uniforme impecablemente planchado, unas gigantes gafas le
cubren casi la mitad del rostro. Es la capitana de la Marina a la
que le han dado el libreto del juez. Dentro de un archivador de
plástico blanco posee escritas todas y cada una de las palabras que
desde ese momento pronunciará. Como las tiene escritas en pastún el
intérprete del detenido. Para los actores-militares nada es
espontáneo. Para el reo todo es tan pesadillesco que puede que
tampoco le parezca real.
"¿Jura que lo que va a decir es la verdad, toda la verdad y nada
más que la verdad?", cuestiona en inglés la capitana al detenido.
Acto seguido, el intérprete, un afgano con pasaporte estadounidense
designado por el Gobierno de EE.UU. para el trabajo, pregunta lo
mismo en lengua pastún. Muy bajito, el acusado responde con
paciencia: "Ya lo he jurado dos veces, lo juro otra vez". Dos veces.
Desde que fue capturado por el Ejército norteamericano en su lucha
contra el terrorismo a mediados del año 2002 en Afganistán, el
hombre con nombre irrevelable se ha sentado ya otras dos veces ante
quienes deciden su encierro o su libertad. Las ocasiones anteriores
sus carceleros debieron creer que no se había redimido, porque aquí
sigue, aquí está de nuevo, sentado frente a la farsa de tribunal que
le juzga.
"¿Sí o no?", inquiere impaciente otro militar de alto rango, este
de la Armada. El traductor, con risa nerviosa, le hace llegar la
pregunta, adornada con amabilidades o con recomendaciones de que
conteste que sí y que acabe todo de una vez, a tenor de la longitud,
que no se corresponde con un corto sí o no. Finalmente llega el sí,
lo jura, "por Alá". Pregunta: "¿Pertenecía usted a Al Qaeda, la
banda terrorista de Osama Bin Laden?" Respuesta: "Cuando llegaron
los talibanes huimos a Paquistán...". "¿Sí o no?", de nuevo el
militar de las afirmaciones o las negaciones. De nuevo el
intérprete, inquieto, casi asustado, con la cara ruborizada,
tratando de aconsejar a su "cliente". Llega el resultado de su
mediación: "No". Pregunta: "¿Por qué considera que usted ya no es un
peligro para Estados Unidos?" Respuesta: "Lo repito por tercera vez,
nunca he dicho una sola palabra en contra de América, soy amigo de
América y de los americanos", declara mecánicamente.
Durante medio minuto, el acusado que no sabe de qué se le acusa
porque nunca se le han mostrado pruebas en su contra, porque nunca
se han presentado cargos legales ante un juez en su contra —solo 10
de los detenidos en Guantánamo tienen abierto juicio—, porque nunca
ha tenido un abogado que le represente, sostiene la mirada con la
periodista. El detenido sabe que si hoy no convence, tendrá que
esperar otro año hasta que su caso vuelva a ser revisado. Mira a
ambos lados y sabe que está solo. Nada ni nadie está de su lado.
Junto a las reporteras y al intérprete, él es el único civil de la
sala. Frente a siete militares, uno de los cuales hace verdaderos
esfuerzos para no dormirse en la soporífera tarde cubana. No hay
testigos. No hay abogados. Su mirada dice que es consciente de que
puede estar atrapado en el agujero negro que es Guantánamo de por
vida o hasta que el nuevo orden que ha instaurado el presidente
George W. Bush se derrumbe. "Soy inocente", atina a decir. "Soy
inocente". Y vuelve a buscar una mirada que cuente su tragedia fuera
de esas cuatro paredes.
La capitana de moño tirante le contempla. Y resuelve: "Esta corte
decidirá. Se levanta la sesión". Sale con paso marcial. ¿Qué sesión,
si no es un juicio? ¿Qué corte, si no hay magistrados? ¿Qué condena,
si no hay cargos? "Nadie le ha creído", comenta a su sargento el
soldado de guantes verdes que liberará del suelo al reo y le
transportará a paso lento, todo lo deprisa que le permiten las
cortas cadenas que le atenazan los tobillos, hasta su celda. Lo que
nadie creería si pudiera contemplarlo es lo que sucedió el jueves 18
de octubre entre las 13:00 y las 14:27 en una sala blanca en la base
naval de Guantánamo, Cuba, en la que debía de haberse leído a la
entrada: "Farsa de juicio en marcha".
El general Leacock dice: "Le voy a dar el titular del día de hoy:
No existe en el mundo un campo de detención más transparente que
Guantánamo". Esa transparencia es la que hace que el tayiko Zen
Ulabedin Merozhev comparta con su intérprete que lleva cinco años
sin ver su rostro. Imagínenselo por un momento: cinco años sin poder
verse en un espejo. Cinco años abducido en un campo de detención a
miles de kilómetros de distancia de su hogar. Cinco años sin
derechos.
Hay que recordar que más de 800 personas, incluidos menores, han
pasado por las celdas de Guantánamo desde su creación como
herramienta en la guerra contra el terrorismo en el 2002. Que un
número aproximado a los 430 siguen confinados. Que sólo 10 tienen
cargos formales. Que las denuncias de torturas físicas y
psicológicas han sido constantes. Que la Convención de Ginebra ha
sido violada y pervertida, porque los militares la usan como excusa
para prohibir las fotografías. Hay que recordar, porque si no, tras
el tour que ofrece el Ejército de EE.UU., con clínica dental
y libros de Harry Potter en árabe para los presos, uno creería que
está en un campo de recreo a orillas del Caribe.
"Están mintiendo", grita un detenido.
Camp V. El último centro de reclusión puesto en pie por los
militares de EE.UU. Frío como el acero, aséptico como una morgue,
inexpugnable como una fortaleza. El marine recita sus bondades.
"Capacidad para 100 reclusos. Tecnología de punta. Cámaras en cada
celda. Construido a imagen de la prisión de máxima seguridad de
Indiana". No puede estar más acertado. En cuanto la puerta
automática que separa la calle de la cárcel se cierra, se está
enterrado en vida y se quiere huir. Y sólo se lleva cinco minutos.
Los fantasmas que sobreviven en celdas de cuatro por tres metros
llevan cuatro años.
"Señora, no puede situarse detrás de mí", advierte el soldado.
"No puede fotografiar ni a mis soldados ni el centro de control de
mi prisión". El uso del posesivo hace sentir escalofríos. "Puede
fotografiar el sillón para los interrogatorios, tan cómodo como
cualquiera de los que hay en las casas", dice mientras introduce a
la prensa en la sala. A los pies del sillón de terciopelo hay unas
esposas que nacen del suelo, de las que se sujetará al futuro
interrogado. Es la primera habitación del pasillo. A continuación,
están las celdas. Cuando se cierra la puerta de la celda, la jaula
queda sellada. Eso evita los incómodos "cócteles" que los detenidos
preparan para los guardas. En Camp Delta, donde solo una alambrada
les separa de sus carceleros, los presos lanzan "fluidos corporales"
—orina y excrementos—. Pero todavía no se ha construido en
Guantánamo el muro que pueda con los gritos de la desesperación. Es
Ramadán. Es la hora de la oración. Entre las plegarias en árabe, un
detenido acierta a gritar en un precario inglés cuando se percata de
la presencia de la periodista: "¡Le están mintiendo!".