Cuando
George W. Bush era gobernador de Texas, su estrategia básica era
definirse en una postura y negarse a cambiar de opinión, esperando
intimidar así a los demás para que se conformasen. Solo cuando se
encontraba con una oposición fuerte se retractaba y transigía. Ahora
vemos la misma estrategia en su política sobre Iraq. En las últimas
semanas, el presidente ha tratado de coaccionar a las Naciones
Unidas y ahora al Congreso para que le permitan atacar a Irán, a
Corea del Norte y deponer a su líder. Parece que no consigue
consenso para ver cumplido su deseo.
Pero el mayor problema no es qué pasará si nadie se enfrenta a
estos países, sino qué ocurrirá si nadie se enfrenta al presidente y
a su visión de la claridad moral.
Nuestra Constitución dejó al Congreso el poder de declarar la
guerra a causa del miedo a que el presidente pudiera actuar
unilateralmente, pudiera llevar al país a una guerra tras otra
buscando enaltecerse. Aunque el presidente siempre pueda defender la
nación si esta fuese atacada, no puede iniciar hostilidades sin la
aprobación del Congreso. En el siglo XX el papel del Congreso ya no
ha sido tan necesario, de tal forma que el poder del presidente para
hacer la guerra se ha visto limitado sobre todo por la política
doméstica, la amenaza de represalias nucleares y la ley
internacional.
La nueva política de ataques preventivos de la administración
Bush es un peligro añadido a este compendio, ya que crea una
multitud de incentivos negativos. Con tan solo anunciar las amenazas
futuras que merecen una acción preventiva, los presidentes pueden
tomar el control de la escena política. Un Jefe de Estado que lleva
a un país a la guerra deja de lado el resto de las preocupaciones.
Cambiando las fuerzas de la nación de una ofensiva militar a
otra, puede desviar la atención de los fallos domésticos y las
torpezas en la política exterior. Cuanto más ataque a otros países
preventivamente, más posibilidades hay de que nuestro país sea
atacado como respuesta. El mandatario puede entonces justificar una
acción militar adicional como respuesta, y ningún americano patriota
se opondrá.
De esta forma, él puede efectivamente gobernar mediante la
guerra, con consecuencias desastrosas para la nación y para el
mundo. Armado con la doctrina de la prevención militar, la perpetua
campaña política perfeccionada por nuestro último presidente bien
puede convertirse en una campaña militar perpetua para los
gobernantes futuros.
El presidente Bush tuvo una buena razón para llevarnos a la
guerra tras el 11 de septiembre. Sin embargo, todavía no ha cumplido
con su señalado objetivo de eliminar a Al-Qaeda o capturar a Osama
bin Laden. Sin haber conseguido la victoria y con Afganistán e Iraq
aún inestables, ahora ha intentado atraer nuestra atención hacia una
nueva guerra con Irán y Corea del Norte.
Los miembros del Congreso que debatan la autorización para un
ataque a Irán deberían preguntar al presidente sobre las futuras
acciones militares que está considerando. Teniendo en cuenta la
forma en que el mandatario está procediendo en política exterior,
puede que Irán no sea la última guerra que nos pida librar.
De cualquier forma, el presidente lleva razón en una cosa. Hoy
día el mundo se enfrenta a un hombre dotado de armas de destrucción
masiva que manifiesta una actitud agresiva e intimidante y que bien
puede sumir al mundo en el caos y provocar una matanza si calcula
mal. Esta persona, beligerante, arrogante y segura de sí misma, sí
es ciertamente la persona más peligrosa del mundo. El problema es
que su nombre es George W. Bush, y que es nuestro presidente.
* Jack M. Balkin es Profesor de Derecho Constitucional
y la Primera Enmienda invitado en la Escuela de Derecho de Yale.