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(11 de octubre de 2006)
Estados Unidos: imperio bananero
CARLOS FAZIO
Sin pena ni gloria, el viernes pasado concluyó en Ginebra el
segundo Consejo de Derechos Humanos de la Organización de Naciones
Unidas (CDH). El organismo que preside el diplomático mexicano Luis
Alfonso de Alba está integrado por 47 países y fue creado en marzo
pasado en remplazo de la antigua Comisión de Derechos Humanos, que
en sus casi 60 años de existencia tuvo algunos aciertos en la
construcción del esqueleto jurídico de esa especialidad de la ONU,
pero también muchos errores, en particular, los derivados de la
selectividad, politización y manipulación de sus decisiones,
controladas por Estados Unidos y sus aliados de la vieja Europa.
Estados
Unidos impuso su doble moral en el Consejo de Derechos Humanos.
El plato fuerte de la CDH era el examen del caso de la prisión
estadounidense establecida en la base naval de Guantánamo, en la
isla de Cuba. En febrero, cinco relatores especiales de Naciones
Unidas pidieron a Washington que cerrara de inmediato ese centro de
detención, donde el Pentágono mantiene unos 500 prisioneros de
guerra sin derecho a juicio ni sentencia. A esos detenidos,
sospechosos de terrorismo, el gobierno de Bush les ha negado la
protección de los cuatro Convenios de Ginebra de 1949 y el Protocolo
I adicional de 1977, base del derecho internacional humanitario que
rige el trato a los prisioneros de guerra. Esos convenios estipulan
que ningún prisionero puede ser herido o muerto deliberadamente, ni
sometido a tortura, trato cruel, inhumano o degradante, coacciones,
castigos colectivos o experimentos médicos, y que todos tienen
derecho a un juicio justo. Pese a los requerimientos de la ONU, la
decisión de Bush ha sido someter a esos combatientes enemigos a
tribunales militares sin las garantías jurídicas y de procedimiento
básicas.
No obstante la amplia documentación acumulada de violaciones a
los derechos humanos por Estados Unidos en el marco de su "guerra al
terrorismo", el nuevo Consejo no pudo sacudirse el estigma de la
retórica y el doble rasero que pesaba sobre la antigua Comisión de
Derechos Humanos. Así, lo que prometía convertirse en un verdadero
espectáculo político, ya que por primera vez ese país iba a ser
sentado en el banquillo de los acusados, quedó para mejor
oportunidad. Peor aún. En otra demostración de su total desprecio
por las normas del derecho internacional, el presidente George Bush
no sólo reconoció la existencia de una red de cárceles clandestinas
administradas por la Agencia Central de Inteligencia en varios
países de Europa y otras regiones del mundo, sino que durante el
periodo en que sesionó el Consejo (del 18 de septiembre al 6 de
octubre) logró que el Congreso estadounidense aprobara una ley que
elimina el derecho de hábeas corpus y legaliza la tortura contra
quienes, en su guerra sin fin contra el "terrorismo", considera
"combatientes enemigos ilegales".
Además, la llamada Ley de Comisiones Militares 2006 (S3930)
otorga protección o amnistía a soldados y agentes de inteligencia
estadounidenses que sean demandados conforme a la Ley de Crímenes de
Guerra. La medida comprende a militares del Pentágono y agentes de
la CIA involucrados en prácticas de tortura, ejecuciones sumarias y
desapariciones forzosas de personas. En particular, han sido
denunciadas y quedado documentadas prácticas de tortura y
experimentos médicos contra prisioneros recluidos en los campos de
concentración de Guantánamo (Cuba) y Abu Ghraib (Iraq). También
existen denuncias sobre los "vuelos secretos de la CIA" que
transportaron sospechosos de terrorismo, previamente secuestrados,
quienes después fueron recluidos en cárceles clandestinas ubicadas
en terceros países y permanecen en un limbo legal, sin juicio ni
proceso o, simplemente, fueron eliminados. Para evitar que sus
"muchachos" queden sujetos a la justicia penal internacional, el
gobierno de Bush, con el voto de congresistas republicanos y
demócratas, procedió a legalizar algunos crímenes de guerra.
La anulación del hábeas corpus (amparo contra una detención
arbitraria o garantía de acceso a las pruebas por el acusado),
principio legal que antecede a la Carta Magna del siglo XIII, que
forma la base de los sistemas legales de los países de Occidente y
está consagrado en la Constitución de Estados Unidos, no tiene
precedente. Con su reminiscencia macartista, Bush está convirtiendo
a Estados Unidos en un Estado policial mundial. Según el ex
embajador de Gran Bretaña en Uzbekistán, Craig Murray, la
legalización de la tortura por Bush y el Congreso "ya no es producto
de políticas neoconservadoras; esto ya es neomedieval: han hecho que
regresen la tortura y las cruzadas". El ex secretario de Estado
Colin Powell, quien estuvo al frente de la diplomacia de guerra de
Washington durante el primer mandato de Bush, ha dicho que "el mundo
está en vías de comenzar a dudar de los valores morales en nuestro
combate al terrorismo". Para el almirante John Hutson, el abogado
militar (retirado) de mayor rango de la Marina de Guerra, sin la
protección del hábeas corpus Estados Unidos es "una república
bananera más". La expresión remite a la época de la expansión
imperialista de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando
Theodore Roosevelt aplicaba la "diplomacia del dólar" o política del
"gran garrote" (Big Stick), sacando y poniendo dictadores en los
países de América Central y el Caribe.
No hay duda de que con la nueva ley tiránica de Bush,
complementada con otra disposición legal que autoriza el espionaje
telefónico y la intervención de correos electrónicos personales de
ciudadanos estadounidenses sin necesidad de orden judicial, Estados
Unidos se ha convertido en una "nación fuera de la ley". Para
decirlo en palabras de Noam Chomsky: en un verdadero "Estado canalla",
totalitario y criminal. El nuevo Consejo de Derechos Humanos de la
ONU, pues, tenía tela de dónde cortar. Pero no hizo nada. Una vez
más triunfó la doble moral.
(Tomado de La Jornada) |