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(19 de julio de 2006)
Iraq y el acecho de la guerra civil
ELSON CONCEPCIÓN
PÉREZ
elson.cp@granma.cip.cu
La
invasión y ocupación de Iraq no pueden terminar bien, los
ocupantes tendrán que irse y la solución solo podrán encontrarla
el pueblo iraquí y la ayuda internacional, no en armas ni en
guerras.
También cada día se
suman criterios en cuanto a que la nación del Golfo está abocada a
una guerra civil de grandes dimensiones.
Ambos elementos —la
retirada norteamericana y la guerra civil—, también aparecen
conjugados por los agresores, para cuestionar una salida de los
militares y que el país quede sin la "protección" foránea.
Con una existencia que
se conozca de más de 4 000 años y su ubicación privilegiada en el
fértil valle entre el Tigris y el Éufrates, Iraq ha mantenido sus
raíces culturales milenio tras milenio, como componente real de una
Mesopotamia que constituye una de las más viejas civilizaciones de
la historia.
En permanente guerra
contra el poder extranjero, que quiso siempre aprovecharse de sus
recursos energéticos, poseedor de un orgullo nacional y una
trayectoria patriótica real, el pueblo iraquí no ha tolerado ni
tolera la presencia extranjera y ha luchado tenazmente contra ella.
Desconocer o ignorar la
existencia de estos elementos históricos fue otro gran error de los
cruzados enviados por Bush a invadir y a ocupar Iraq.
CHIITAS Y SUNITAS
La presencia en aquellas
tierras de componentes étnico-religiosos que involucran a tres
grupos: chiitas, sunitas y kurdos, fue inicialmente expresión de
cierta división geográfica. Tras la independencia de la
dominación británica, intereses económicos y políticos marcaron
tangibles diferencias que casi siempre condujeron a conflictos,
aunque hay que decir que ninguno de los dos grupos fundamentales —sunitas
y chiitas— han constituido bloques homogéneos y siempre
coincidieron al rechazar la presencia de fuerzas de dominación
extranjeras.
Creer que para
apoderarse de Iraq bastaba con invadirlo, derrocar a Saddam Hussein,
otorgar un poco de autonomía territorial a los kurdos y desplazar a
los sunitas del poder, reemplazándolos por los chiitas, suma crasos
errores de Estados Unidos.
Las diferencias
étnico-religiosas entre ambas poblaciones solo pueden tener
solución en un ambiente de paz, no de guerra y ocupación como el
actual.
Hoy las calles de Bagdad
huelen a sangre, a humo, a metralla. En las morgues los cadáveres
se ponen en filas, tapados con nailon, a la espera de que algún
familiar o amigo los identifique. Allí los hay sunitas y chiitas.
Ni la llamada Zona
Verde, verdadero coto blindado, cerrado y de los más protegidos del
planeta, está exenta de las acciones de la resistencia.
Allí está el estado
mayor de la ocupación. El mando —militar, diplomático y
político— de quienes llegaron hace algo más de tres años y
cuentan ahora, entre sus principales hazañas, el haber exacerbado
las diferencias étnicas entre chiitas y sunitas iraquíes, y con
ello haber fomentado la explosión religiosa como parte diaria de
ese gran caos de ingobernabilidad en que han convertido al país.
Hoy Bagdad —como Iraq
todo—muere por minuto. Entre 120 y 150 de sus hijos perecen cada
día, como promedio, mientras otros cientos son heridos.
Contra ellos, el poder
foráneo invasor ha destinado una tropa de más de 150 000 soldados,
cientos de aviones de guerra F-16, helicópteros de ataque Apache,
tanques y equipos blindados, cañones, misiles y bombas.
Muere el Iraq ocupado al
que se le destruye el orgullo de sus palacios centenarios, parte de
una cultura milenaria.
Se desangra el país,
cuyos habitantes no saben cuándo va a explotar una bomba o caer un
misil, o impactar un coche bomba contra un mercado popular, una
conmemoración religiosa o simplemente en la cotidianidad del ir y
venir en busca de lo que no llega: la vuelta a la normalidad.
La guerra de ocupación,
los bombardeos, el robo de los recursos energéticos, la
destrucción y no reconstrucción, la imposición de autoridades
acordes con los intereses del ocupante, todo eso y mucho más es la
obra de Estados Unidos, que exacerba además las diferencias
étnico-religiosas y ha llevado al país árabe a la inminencia de
una guerra civil de impredecibles consecuencias.
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