|
(23 de mayo de 2006)
Extradición de militares uruguayos a Chile revela datos
de Operación Cóndor
STELLA CALLONI
La desición de la
justicia uruguaya de acceder a la extradición de tres importantes
militares, solicitada por sus homólogos chilenos en el caso del
secuestro y asesinato del bioquímico Eugenio Berríos Sagredo, ex
agente de la policía política (DINA) del ex dictador Augusto
Pinochet, permite ver una de las tramas más siniestras de la
Operación Cóndor, coordinadora criminal de las dictaduras del Cono
Sur en los años 70.
Los juicios en torno de
esta Operación comprueban también que la mayoría de los
implicados trabajaron para la Agencia Central de Inteligencia (CIA)
estadounidense. Las tachaduras de documentos desclasificados por
Estados Unidos revelan la intención de ocultar nombres y nexos,
pero hasta ahora no existe un solo responsable en esta historia que
no tuviera vínculos con dicha agencia o con instituciones como la
Liga Anticomunista Mundial o el exilio cubano anticastrista en
Miami.
Berríos, quien fabricó
gas sarín y otros venenos que se usaron en la guerra sucia, fue
colaborador de Michael Townley, hombre de la CIA y la DINA, que hoy
ampara Estados Unidos como “testigo protegido”.
“En
la sentencia del ministro Adolfo Bañados se afirma que Virgilio
Paz, terrorista cubano, condenado en Estados Unidos por su
complicidad en el asesinato de Orlando Letelier (ex ministro del
gobierno de Salvador Allende, ocurrido en septiembre de 1976),
estuvo en esa residencia en compañía de Berríos y Townley”,
señala el periodista Manuel Salazar Salvo en la revista chilena
Punto Final.
En el proceso en Chile
por el asesinato de Letelier, Berríos, también conocido como
Hermes, es mencionado “reiteradamente como ayudante de Townley en
el cuartel de la Agrupación Quetropillán —dios Volcán en lengua
mapuche—, apéndice de la brigada Mulchen de la DINA, que dirigía
el hoy sentenciado general Manuel Contreras”. Ambos vivían en la
misma casa de Townley en Lo Curro, donde tenían un laboratorio.
Asimismo está
documentada la fuerte relación de la DINA con Orlando Bosch, quien
junto con Luis Posada Carriles fue acusado de hacer explotar un
avión de Cubana de Aviación en Barbados, en octubre de 1976, que
dejó 73 muertos. Además existen los testimonios de la ex esposa de
Townley, Marina Callejas, y de la secretaria Alejandra Damiani,
quien relató cómo fabricaban “un veneno que provocaba
convulsiones y muerte”. En la casa de Townley en Santiago fue
torturado y asesinado el diplomático español Carmelo Soria en
julio de 1976.
También hay pruebas de
los negocios de Berríos y la DINA con los paramilitares
neofascistas italianos de Avanguardia Nazionale contratados por
Townley, como consta en el informe de Taylor Branch y el fiscal
Eugene Propper, sobre el juicio realizado en Estados Unidos por el
atentado contra Letelier ocurrido en Labyrinth, Nueva York, en 1982.
Esos grupos declararon en juzgados italianos en calidad de “testigos
protegidos”.
Berríos trabajó en el
complejo químico industrial del Ejército, lo que le permitió
viajar por el mundo hasta que abandonó su trabajo en 1981 para
continuar otras tareas que involucraban a la DINA en empresas
mafiosas de distinto tipo.
En 1991, Alfredo Baños
citó a Berríos en el juicio por el asesinato de Letelier y la
Inteligencia militar chilena, preocupada por su locuacidad y
afición al alcohol y las drogas, lo sacó del país armando una red
de protección que lo llevó de Punta Arenas a Buenos Aires, en
noviembre del mismo año, utilizando el documento del desaparecido
Tulio Orellano Bravo.
Después se decidió
sacarlo de Buenos Aires y los militares chilenos pidieron ayuda a
sus homólogos uruguayos, especialmente al jefe de operaciones del
Servicio de Inteligencia de Defensa, teniente coronel Tomás
Casella.
En 1992 Berríos viajó
a Uruguay, donde permaneció bajo vigilancia y protección. Por
alguna razón especial en octubre de 1992 se convirtió en
prisionero “especial” en una casa de la familia del capitán de
Inteligencia uruguaya Eduardo Radaelli, en Parque del Plata.
De allí escapó en
noviembre de 1992 y pidió auxilio en una sede policial, donde
denunció que Pinochet lo iba a matar. El escándalo fue mayúsculo,
pero mucho más cuando el teniente coronel Casella y otros militares
se lo llevaron.
Ya no se volvió a ver a
Berríos hasta que en abril de 1995 su cuerpo, enterrado en la
arena, fue encontrado en el balneario de El Pinar, Uruguay, con
varios balazos a quemarropa y señales de tortura.
Según el juez chileno
Alejando Madrid, están implicados en el asesinato de Berríos el
general retirado Hernán Ramírez Rorangwe, el teniente coronel
Pablo Rodríguez Márquez, los oficiales Raúl Lillo Gutiérrez,
Carlos Herrera Jiménez y Arturo Rodrigo Silva Valdés (encargado de
la seguridad de Pinochet), quien fue “inculpado por el capitán
Luis Arturo Sanhueza Ross, también llevado a Uruguay para eludir a
la justicia, y otro ex escolta de Pinochet”.
Ahora en Chile son
investigados los uruguayos Tomás Casella, Eduardo Radaelli y
Wellington Sarli. En abril pasado trascendió en Montevideo que
habían desaparecido las actas parlamentarias sobre la
investigación del caso Berríos en 1992, que contenían las
declaraciones de los entonces ministros del Interior y de la Defensa
Nacional, Andrés Ramírez y Mariano Brito, respectivamente.
Al levantarse el secreto
sobre las actas, resultó que habían desaparecido de la caja fuerte
en que fueron guardadas y se desconoce dónde están.
Medios de Montevideo
sostienen que, en 1996, ante una solicitud de la justicia chilena,
se descubrió su desaparición. Una secretaria que había guardado
copia de la misma fue sancionada y la copia robada.
(Tomado de La
Jornada)
|