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(23 de mayo de 2006)
La Guerra infinita contra Iraq
Dr. LUIS M. GARCÍA
CUÑARRO
Más
de tres años de guerra genocida contra Iraq, una administración
norteamericana que no ceja en su empeño de dominación mundial y el
proceso electoral que se avecina en Estados Unidos son algunos
factores que motivan un análisis sobre la actualidad y las
perspectivas del mayor conflicto bélico después de la Guerra de
Viet Nam.
Para el gobierno de los
Estados Unidos en Iraq no hay guerra. El conflicto bélico, según
Bush, concluyó en mayo del 2003 con el apocalíptico anuncio que
realizó desde un portaaviones. Esa lógica ha prevalecido hasta la
actualidad, y de acuerdo a la estrategia anunciada por Washington en
el país árabe se ejecuta la fase de transición hacia una nueva
estructura política, económica y social. Los muertos y heridos
norteamericanos no forman parte de la guerra oficial.
Sin embargo, habría que
decir que en la lógica imperial existen matices. La guerra contra
Iraq plantea una paradoja para el gobierno de Estados Unidos: es la
guerra que no está en condiciones de ganar, pero a la vez es la
guerra que tampoco puede darse el lujo de perder.
Esa disyuntiva se
encuentra en el centro mismo de la actitud neoconservadora que
detenta el poder en Estados Unidos. Perder la guerra, en términos
reales o simplemente a partir de la interpretación que la opinión
pública haga de los resultados finales de la contienda, tendría
consecuencias nefastas para el imperio. Podría significar el
cuestionamiento del proyecto político y agresivo de Estados Unidos
y revelaría, con mucha más claridad, las reales vulnerabilidades
estadounidenses.
En buenas cuentas, tanto
Iraq como Afganistán representan la “línea del frente” en la
lucha mundial contra el terrorismo, estandarte que la
Administración Bush ha adoptado para aplicar su estrategia de
seguridad nacional a nivel planetario. La burbuja mágica habría
entonces estallado, como estalló en su momento la “contención
del comunismo”. Y eso el imperio no puede permitirlo.
Por otra parte, la
guerra de Estados Unidos contra Iraq sigue manteniendo proporciones
universales. No se trata de una guerra mundial en los términos que
la historia ha reconocido a sus dos predecesoras, pero sus efectos
económicos, políticos, psicológicos, éticos y en general de
seguridad, inciden en todas las latitudes.
La humanidad está
pendiente de Iraq por las razones apuntadas anteriormente y también
porque de una u otra manera depende de sus resultados. El alza
incesante del precio del petróleo, por ejemplo, puede ser una causa
de la incertidumbre mundial, pero resulta evidente que las mayores
preocupaciones se centran en el problema de la seguridad.
El hecho de encontrarse
Estados Unidos sin salida visible a corto plazo en Iraq y con
compromisos inaplazables en Afganistán, reduce sus posibilidades de
desatar un conflicto similar en cualquier otra parte. Ello no
excluye acciones rápidas, principalmente con el empleo de medios
aéreos y navales, como ya se ha dejado entrever en el caso de la
tensión creada sobre Irán. Pero en términos globales, la guerra
en Iraq difiere otros planes estadounidenses.
Todo parece indicar que
Estados Unidos llegó a Bagdad para quedarse. Las bases militares
que allí están desplegadas y en continuo desarrollo no pueden
interpretarse como medidas temporales. Uno de los objetivos de la
guerra iniciada en el 2003, fue mejorar el despliegue estratégico
norteamericano en función de los recursos naturales, principalmente
el petróleo y ello es poco probable que se abandone.
Por otra parte, el
precario Estado iraquí se sostiene, como es sabido, por las tropas
de ocupación. Las serias contradicciones internas en Iraq, que han
obstaculizado formar gobierno no tienen solución en el corto plazo,
a lo que se agrega la imposibilidad para Estados Unidos, sus aliados
y las tropas nacionales de liquidar la resistencia armada. La propia
resistencia popular enfrenta las acciones genocidas de los ocupantes
que lleva al país a una suerte de conflicto armado, feroz, letal,
creciente pero, sin posibilidades de victoria real en el corto plazo
para ninguno de los contendientes.
Todos esos factores y
otros más, conducen a pensar que la guerra contra Iraq refleja una
tendencia de continuidad en el futuro inmediato. Las tropas de
Estados Unidos y la coalición no pueden salir de Iraq, pero a su
vez no tienen posibilidades de victoria. Entretanto, y resulta lo
más desgarrador del problema, los iraquíes siguen siendo
exterminados, continúan cayendo los soldados norteamericanos por la
aberración imperial y también la administración de George W.
Bush, pese a las severas críticas de numerosos antiguos altos
oficiales estadounidenses, sigue utilizando el conflicto para
legitimar el pensamiento y la acción neoconservadora, hegemonista y
fascista que se encuentra en las cimientes del poder en los Estados
Unidos.
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