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(30 de marzo de 2006)
Antesalas del “nuevo” e inútil segundo Plan Bush contra Cuba
ORLANDO ORAMAS LEÓN
Caleb
McCarry ostenta el cargo de Coordinador para la Transición en Cuba.
Su encomienda es algo así como la que tuvo Paul Bremer en Iraq,
luego de la ocupación estadounidense del país árabe.
Pero hay una diferencia
sustancial. McCarry no tiene oficina en La Habana, aunque él
encabeza el esfuerzo de la administración de George W. Bush por
derrocar a la Revolución cubana y hacer realidad la vieja teoría
de la fruta madura, que devolvería a la Isla a aquella condición
de apéndice neocolonial de Estados Unidos.
El procónsul designado
por Bush para la “transición” en Cuba incluso realiza giras por
Europa, a fin de sumar gobiernos y fuerzas políticas a una maniobra
que ha transitado por todos los caminos, incluido el del terrorismo
de Estado, con más de 3 000 víctimas mortales y una cifra similar
de heridos y discapacitados.
Para tales menesteres no
faltan los fondos. Así se organizan cócteles, seminarios y otras
actividades financiadas por agencias norteamericanas que sirven de
tapadera a la Agencia Central de Inteligencia. Madrid, Bruselas,
Praga, Estocolmo, están entre los últimos escenarios de tales
convites, que sirven de plataforma a los “disidentes”
prefabricados.
Los trajines se
multiplican de cara al nuevo informe que en mayo de este año
presentará la autotitulada Comisión para la Asistencia a una Cuba
Libre, presidida nada más y nada menos que por la secretaria de
Estado Condoleezza Rice.
La nueva convocatoria de
la ComisiónÁ“envía un mensaje importante al pueblo de Cuba, la
actual dictadura y a nuestros amigos y aliados democráticos: luego
de 46 años de cruel dictadura, este es el momento del cambio en
Cuba”, vocifera la Rice.
Claro que la verborrea
de la Canciller no es nada nuevo en el calibre de la artillería
retórica lanzada contra La Habana, aunque sirva para justificar la
actual arremetida.
Pero así se anuncia el
próximo mamotreto de la referida Comisión, cuyo plan precedente ha
sido ejecutado en más del 80% sin impedir la marcha ascendente del
pequeño y cercano país, cuyos índices económicos crecen a la par
de trascendentales programas sociales.
Con rabia incontenida,
la nueva versión del Plan Bush anuncia reforzamientos del bloqueo,
recortes adicionales a los viajes de ciudadanos norteamericanos y
cubanos, nuevos ámbitos de aplicación de la ley Helms-Burton,
obstáculos al cumplimiento de los acuerdos migratorios y
dificultades a las compras cubanas de alimentos, entre otros
propósitos.
ESCALADA EN LA
AGRESIVIDAD
Hechos bien cercanos
grafican el incremento de la agresividad. Estados Unidos intentó
sabotear hasta última hora la participación de Cuba en el I
Clásico Mundial de Béisbol, mientras negó las visas a
científicos, académicos, artistas y deportistas de la Isla, como
también a ciudadanos norteamericanos que deseaban participar en
diversos eventos en Cuba.
Un pasaje inédito de la
fobia resultó la expulsión de una delegación empresarial cubana
del hotel María Isabel, de la cadena Sheraton, en la capital
mexicana, que provocó incluso una carta de protesta de más de una
veintena de congresistas estadounidenses y la repulsa de sectores
políticos y sociales de la nación azteca.
También se suman las
auditorías de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC),
encargada de aplicar las disposiciones del bloqueo, a agencias de
viaje de Miami, cuatro de las cuales perdieron sus licencias para
ofrecer servicios hacia Cuba.
Por ahí anda también
el incremento de las multas a entidades y ciudadanos norteamericanos
bajo cargos de “violar” las disposiciones del cerco. Solo entre
el 2004 y el pasado año 85 compañías y bancos, y 803 ciudadanos
resultaron multados por un monto superior a los tres millones de
dólares.
Se podrían sumar,
además, alrededor de 200 miembros de la Brigada Venceremos y de
Pastores por la Paz, que han sido amenazados por la OFAC con multas
por 1,5 millones de dólares.
Entretanto, el adelanto
de fuerzas favorables en el Capitolio al levantamiento de algunas de
las sanciones del bloqueo a la Isla motivaron el reagrupamiento de
los sectores más comprometidos con la mafia de Miami.
Desde allí fluye dinero
para las contribuciones financieras a 139 miembros de la Cámara y
19 del Senado, que probablemente influyeron en el cambio de votos o
lograr nuevos adeptos a la hora de rechazar cambios a las
restricciones sobre los viajes a Cuba u otras enmiendas
legislativas.
En todo esto no es
casual que la administración Bush haya emplantillado en distintos
niveles de responsabilidad a alrededor de 40 cubano-americanos, y
que en este tiempo, como nunca antes, estuvieran representados en el
Congreso.
Al respecto sobresale el
caso de Carlos Pascual, coordinador de la Oficina de Reconstrucción
y Estabilización del Departamento de Estado, todo un experto en
imponer los designios de Washington en las ex repúblicas
soviéticas por la vía del financiamiento a organizaciones locales.
Su Oficina tiene la
encomienda de “ayudar a estabilizar y reconstruir las sociedades
que se hallan en transición a raíz de conflictos o luchas
internas, para que puedan hallar un rumbo sostenible hacia la paz,
la democracia y una economía de mercado”, según el sitio oficial
en Internet del Departamento de Estado.
En la práctica, esa
dependencia supuestamente tiene la misión de, en el caso de Iraq,
reconstruir lo que la invasión de marzo del 2003 destruyó, claro,
de acuerdo con las prioridades e intereses del ocupante.
Para Cuba, entretanto,
tendría entre sus prioridades fomentar la propiedad privada y
asegurar la desnacionalización de la economía y los servicios, con
el regreso de los latifundios y las transnacionales.
Pero para ello tendría
que venir la llamada “transición” que aquí en La Habana busca
a toda costa el señor Michael Parmly desde su cubil de la Oficina
de Intereses, la SINA. Su encargo “diplomático” es precisamente
atizar la tensión y la desestabilización, siempre fiel al afán
provocador y agresivo que adelanta el próximo e inútil segundo
informe del Plan Bush contra Cuba.
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