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El sol visto desde el
agua
ROGELIO RIVERÓN
No sé si tendrá
conciencia de ello, pero en su más reciente libro Rigoberto
Rodríguez Entenza (1963) suscribe una frase del Premio Nobel
mexicano Octavio Paz, aquella de que, en poesía, no hay nada que no
sea esto, y, al mismo tiempo, no hay nada que no sea aquello. Como
sabemos, no se anuncia en ese pensamiento un desorden, sino un
dilema: el de conseguir que, mediante el lenguaje, se vuelvan a
entender los relegados vínculos entre todas las cosas. Último
día del naufragio (Letras Cubanas, 2004) se insinúa a manera
de una reflexión alterna: unas veces simula reminiscencias
biográficas y otras se torna lejano, incluso en el léxico, pero
mantiene un pacto con la duda y el sarcasmo que ahora se me antoja
vital, de una lucidez acechante.
En el peor de los casos
se le pudiera reprochar a este libro el hecho de que el sujeto
lírico, en efecto, se tome demasiado en serio la circunstancia
objetiva, lo que no ha sido bien encarado por la poesía. Los
momentos —por cierto, más bien exiguos— en que permanece
alrededor del dato, como una voz que no se escucha a sí misma.
Sucede así —creo— con el poema "Relaciones", a mitad del
cuaderno, si bien esta suerte de olvido puede convertirse en el
enclave desde el que observar los tonos brumosos que dignifican
definitivamente a Último día del naufragio. Para ese
ejercicio propongo "La copa" (página 41), "Juan" (67) y "La montuna"
(81).
Un lector con algunos
prejuicios —un crítico también lo es, qué duda cabe—
observará la manera en que Rigoberto Rodríguez Entenza se aproxima
a ciertas frases frívolas, pero advertirá con arduo alivio lo bien
que su poesía sortea la frivolidad. En eso y en la duda que pulsa
sus mejores poemas es posible palpar una forma, un estilo y una
soltura. Sabemos que no va a rehuir el énfasis, pero a pocos pasos
nos ofrece también una contradicción. Como es de esperar, prefiero
la contradicción, y, también a intervalos, lo aplaudo.
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