Con la complacencia de Washington y
de Paris, el nuevo gobierno de Haití emprende hoy sus primeros
pasos en medio de una crisis política que está muy lejos de dar
señales de solución, según muestra el inmediato rechazo que
recibió.
El flamante primer ministro, Gerard
Latortue —quien después de 16 años de exilio, fundamentalmente
en Estados Unidos, retornó al país el 10 de marzo para asumir el
cargo—, tomó juramento a los 19 integrantes de su gabinete, 13
ministros y seis secretarios de estado.
El acto, celebrado en el Palacio
Nacional bajo estrictas medidas de seguridad implantadas por la
fuerza militar norteamericana desplegada en el país, se
caracterizó por escasas menciones a la reconciliación nacional que
Latortue había prometido.
El beneplácito de Washington no se
hizo esperar, mediante una declaración del embajador en Haití,
James Foley, quien calificó de sabia la elección del ejecutivo y
anunció, como es ya habitual, la pronta llegada de ayuda
internacional y estadounidense para la reconstrucción del país.
El gobierno de Francia, antigua
metrópoli colonial, no se quedó atrás, al decidir que el primer
dignatario extranjero que visite oficialmente el país respondiendo
a una invitación del novel gobierno sea su ministro del exterior,
Dominique de Villepin, quien deberá llegar antes de finalizar
marzo.
La trascendencia de este acto es
incontestable: será la primera visita de un jefe de la diplomacia
francesa desde la independencia de Haití en 1804, de acuerdo con
una información de la agencia de noticias AFP.
La injerencia de Estados Unidos y de
Francia en los asuntos internos haitianos es de larga data y está
plagada de intervenciones militares de marines y fuertes presiones
de la ex metrópoli.
Esta política da señales fuertes de
estar presente también en el caso de Jean Bertrand Aristide.
Tras el anuncio, el pasado 29 de
febrero, de que el presidente había abandonado el poder y el
nombramiento de un presidente interino —ampliamente difundido y
repetido por los principales medios de Washington y Paris— la
versión se asumió como cierta.
Pero el 1 de marzo, a través de
destacadas personalidades sociales norteamericanas, en una
declaración desde República Centroafricana, Aristide dijo haber
sido secuestrado y víctima de un golpe de estado con la actuación
de Washington y la complicidad de Paris.
Posteriormente, ese mismo día, en
declaraciones telefónicas en español a la cadena televisiva CNN,
reiteró sus acusaciones y dio detalles sobre la presencia en su
secuestro del embajador Foley y una veintena de marines fuertemente
armados, quienes lo llevaron custodiado hasta un avión.
En ese aparato —facilitado por el
Departamento de Estado como reconoció el secretario de Defensa,
Donald Rumsfeld, en rueda de prensa— Aristide fue llevado bajo
fuerte custodia hasta Bangui, donde permaneció hasta el pasado día
15, cuando viajó a Jamaica en visita privada.
Las promesas, intensamente repetidas
desde entonces, de que tras la partida del depuesto presidente —culpado
de todos los males del país— se instalaría un gobierno de unidad
nacional, rodaron prácticamente por tierra al conocerse la
composición del recién juramentado ejecutivo.
Si bien Latortue afirmó que sus
miembros no representan partidos políticos —será un gobierno
apartidista, dijo—, aunque son integrantes de partidos políticos,
llamó la atención de los observadores que no está incluido
ningún militante o simpatizante de Familias Lavalas.
Esa fuerza política, creada por
Aristide y sus seguidores, es considerada la más importante del
país, y su exclusión del gobierno interino de transición podría
ser la fuente de nuevos enfrentamientos políticos, desavenencias y
desobediencia civil.
Al respecto se ha pronunciado el ex
ministro del depuesto presidente Leslie Voltaire, quien dijo que los
ex colaboradores están siendo amenazados, los integrantes de
Familia Lavalas no se pueden reunir y están sometidos a una
verdadera cacería de brujas.
También quedó fuera la coalición
Convergencia Democrática, cuyos voceros dijeron que esa actuación
de Latortue es nociva y no contribuye al saneamiento de la compleja
situación del país.
Como es evidente, no siempre los
elogios desde fuera coinciden con la realidad nacional, algo que los
amigos de ultramar de las nuevas autoridades deberían tener en
cuenta.